/ martes 26 de mayo de 2020

Low Touch Economy: llegó para quedarse

No vamos a volver a la normalidad. El mundo, como lo conocimos, habrá cambiado sustancialmente cuando podamos volver a salir a la calle: evitaremos el contacto cercano con otras personas, habrá mayores restricciones en parques de diversiones, cines, restaurantes, salones de belleza, gimnasios, aeropuertos, tiendas, oficinas y demás sitios donde solíamos estar en multitud, incluido el espacio público; la forma en la que consumimos y los bienes y servicios que vamos a demandar, serán distintos.

En otras palabras, estamos ingresando plenamente a lo que los expertos llaman low touch economy o “economía de baja interacción”, que se caracteriza por evitar el contacto directo entre consumidor y comprador, incluir mayores medidas de higiene y demandar cambios permanentes en las industrias. Estamos aprendiendo a coexistir con el nuevo virus, hasta que haya cura o vacuna probada y de acceso masivo.

Esta nueva tendencia, ya ha alcanzado varios aspectos de nuestras vidas: en el contexto profesional vemos que las fábricas están rediseñando sus protocolos con base en nuevas medidas de higiene y distanciamiento; todos hemos tenido al menos una reunión de trabajo en plataformas virtuales; en países tecnológicamente más avanzados, son robots los que están reemplazando actividades de alto contacto como patrullar parques, recibir enfermos en hospitales y brindar informes en edificios. En el contexto social y familiar, vemos que servicios como las consultas médicas, el cuidado de menores y la educación han migrado casi por completo a esquemas a distancia; las plataformas de reparto a domicilio han incrementado su actividad e incluso, los servicios de entretenimiento como conciertos y obras de teatro, están buscando la forma de adaptarse para ofrecer sus contenidos y no quedarse atrás frente al streaming (servicios como Netflix o Amazon Prime).

Esta tendencia a disminuir las interacciones humanas ya iniciaba en países asiáticos, pero la pandemia de COVID-19 la ha acelerado incorporando medidas de higiene y cambiando la experiencia del usuario. Estos cambios permanentes, tanto en la sociedad como en la economía mundial, están trayendo oportunidades para nuevos desarrollos tecnológicos pero imponiendo el reto de cambiar los modelos de negocio tradicionales.

Para el sector secundario (aquel que transforma las materias primas), la palabra “disrupción” no había sido tan imperativa desde el cambio al mundo digital; tenemos muchas interrogantes que resolver: las más inmediatas son las relacionadas con salud en el trabajo y cómo cuidaremos a nuestro personal en planta; pero de forma paralela, debemos trabajar en adaptarnos a los “negocios de baja interacción” o low touch business, que son aquellos capaces de mantener las operaciones pese a las restricciones de viajes, sin grandes concentraciones de personas, con un uso más intensivo de tecnología y navegando entre los shocks económicos globales.

El reto para una economía como la mexicana estriba en cómo incluir a las mipymes en esta ecuación, tanto las que participan en encadenamientos productivos, como aquellas que no. Ya que mientras las primeras son la columna vertebral de los clusters y la manufactura más avanzada, las segundas emplean a muchas personas y no podemos dejarlas atrás en esta nueva realidad, que va a redefinir la vida en los siguientes 1 o 2 años, al menos.

Pero, por dónde empezamos, ¿deberíamos acortar la cadena de comercialización, en el caso de los bienes finales?, ¿deberíamos disminuir la dependencia de insumos importados con acceso restringido en las fronteras?, ¿es momento de pensar en la fabricación distribuida en diferentes niveles?, ¿es momento de pensar en procesos más automatizados y de control remoto? No tengo certezas porque las soluciones no son evidentes en este momento en ningún sector económico; sin embargo, es una conversación que debemos tener desde los espacios de liderazgo que tenemos en la iniciativa privada. Cuanto más pronto, mejor.

No quiero cerrar esta participación sin recordarles, amables lectores, que la inteligencia es la capacidad de adaptarse al cambio y el cambio, será la constante en los siguientes años; piénsenlo así: hoy enfrentamos una pandemia, pero mañana puede ser la crisis del agua, la resistencia a los antibióticos, el propio cambio climático… En fin, asimilemos que la época de relativa estabilidad que conoció la humanidad después de la Segunda Guerra Mundial y hasta principios del siglo XXI, es historia. Hoy hay que pensar el largo plazo a partir de variables económicas, poblacionales, climáticas, tecnológicas y geopolíticas que no siempre podemos controlar, que de hecho, serán bastante impredecibles. Estamos en la víspera de una nueva era.

No vamos a volver a la normalidad. El mundo, como lo conocimos, habrá cambiado sustancialmente cuando podamos volver a salir a la calle: evitaremos el contacto cercano con otras personas, habrá mayores restricciones en parques de diversiones, cines, restaurantes, salones de belleza, gimnasios, aeropuertos, tiendas, oficinas y demás sitios donde solíamos estar en multitud, incluido el espacio público; la forma en la que consumimos y los bienes y servicios que vamos a demandar, serán distintos.

En otras palabras, estamos ingresando plenamente a lo que los expertos llaman low touch economy o “economía de baja interacción”, que se caracteriza por evitar el contacto directo entre consumidor y comprador, incluir mayores medidas de higiene y demandar cambios permanentes en las industrias. Estamos aprendiendo a coexistir con el nuevo virus, hasta que haya cura o vacuna probada y de acceso masivo.

Esta nueva tendencia, ya ha alcanzado varios aspectos de nuestras vidas: en el contexto profesional vemos que las fábricas están rediseñando sus protocolos con base en nuevas medidas de higiene y distanciamiento; todos hemos tenido al menos una reunión de trabajo en plataformas virtuales; en países tecnológicamente más avanzados, son robots los que están reemplazando actividades de alto contacto como patrullar parques, recibir enfermos en hospitales y brindar informes en edificios. En el contexto social y familiar, vemos que servicios como las consultas médicas, el cuidado de menores y la educación han migrado casi por completo a esquemas a distancia; las plataformas de reparto a domicilio han incrementado su actividad e incluso, los servicios de entretenimiento como conciertos y obras de teatro, están buscando la forma de adaptarse para ofrecer sus contenidos y no quedarse atrás frente al streaming (servicios como Netflix o Amazon Prime).

Esta tendencia a disminuir las interacciones humanas ya iniciaba en países asiáticos, pero la pandemia de COVID-19 la ha acelerado incorporando medidas de higiene y cambiando la experiencia del usuario. Estos cambios permanentes, tanto en la sociedad como en la economía mundial, están trayendo oportunidades para nuevos desarrollos tecnológicos pero imponiendo el reto de cambiar los modelos de negocio tradicionales.

Para el sector secundario (aquel que transforma las materias primas), la palabra “disrupción” no había sido tan imperativa desde el cambio al mundo digital; tenemos muchas interrogantes que resolver: las más inmediatas son las relacionadas con salud en el trabajo y cómo cuidaremos a nuestro personal en planta; pero de forma paralela, debemos trabajar en adaptarnos a los “negocios de baja interacción” o low touch business, que son aquellos capaces de mantener las operaciones pese a las restricciones de viajes, sin grandes concentraciones de personas, con un uso más intensivo de tecnología y navegando entre los shocks económicos globales.

El reto para una economía como la mexicana estriba en cómo incluir a las mipymes en esta ecuación, tanto las que participan en encadenamientos productivos, como aquellas que no. Ya que mientras las primeras son la columna vertebral de los clusters y la manufactura más avanzada, las segundas emplean a muchas personas y no podemos dejarlas atrás en esta nueva realidad, que va a redefinir la vida en los siguientes 1 o 2 años, al menos.

Pero, por dónde empezamos, ¿deberíamos acortar la cadena de comercialización, en el caso de los bienes finales?, ¿deberíamos disminuir la dependencia de insumos importados con acceso restringido en las fronteras?, ¿es momento de pensar en la fabricación distribuida en diferentes niveles?, ¿es momento de pensar en procesos más automatizados y de control remoto? No tengo certezas porque las soluciones no son evidentes en este momento en ningún sector económico; sin embargo, es una conversación que debemos tener desde los espacios de liderazgo que tenemos en la iniciativa privada. Cuanto más pronto, mejor.

No quiero cerrar esta participación sin recordarles, amables lectores, que la inteligencia es la capacidad de adaptarse al cambio y el cambio, será la constante en los siguientes años; piénsenlo así: hoy enfrentamos una pandemia, pero mañana puede ser la crisis del agua, la resistencia a los antibióticos, el propio cambio climático… En fin, asimilemos que la época de relativa estabilidad que conoció la humanidad después de la Segunda Guerra Mundial y hasta principios del siglo XXI, es historia. Hoy hay que pensar el largo plazo a partir de variables económicas, poblacionales, climáticas, tecnológicas y geopolíticas que no siempre podemos controlar, que de hecho, serán bastante impredecibles. Estamos en la víspera de una nueva era.

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