/ martes 30 de abril de 2019

María de los Ángeles Moreno, política ejemplar

El sábado pasado perdió nuestro país a una de las figuras más brillantes de la actividad política nacional de las ultimas décadas. En el encabezado pensé poner “mujer ejemplar”, pero me pareció que caería en un encasillamiento que la propia María habría rechazado. Si bien siempre fue solidaria con las causas de las mujeres, a muchas de las cuales ayudó a abrirse paso siguiendo el camino trazado por ella, su brillante carrera política y administrativa no tenía que ver con su condición femenina, sino con una demostrada capacidad en cualquier responsabilidad que ejerciera.

Ciertamente fue la primera mujer en presidir el Partido Revolucionario Institucional, la primera en presidir la Gran Comisión del Senado de la República y la única persona que ha conducido los trabajos de las dos Cámaras del Congreso de la Unión y del órgano legislativo de la capital de la República, pero esos logros surgían como producto natural de los méritos y habilidades desplegadas por una persona dedicada profesionalmente a la política con independencia de su género.

María de los Ángeles Moreno trascendía todos los conceptos diferenciadores, lo mismo el de género, que el generacional y el partidista. Una prueba evidente de esto último es el amplio reconocimiento que respecto de ella expresó el Presidente López Obrador con motivo de su fallecimiento. Justamente lo que más honra a un político de cualquier tendencia ideológica, es el reconocimiento y admiración que despierta no solo entre sus correligionarios, sino particularmente entre sus adversarios. Pocos logran conseguir un respeto generalizado y ello deriva de la honradez personal, la honestidad intelectual, la prudencia para afrontar situaciones críticas y el trato comedido y cortés dispensado a todos aquellos con los que se relaciona, aunque esa relación implique la confrontación. Mi querida amiga, a quien dedico estas líneas, conjuntaba todas esas virtudes a las que unía una amplia cultura; una sólida preparación profesional y una decidida vocación de servicio público y justicia social. Fue una reconocida economista que brilló en la Subsecretaría de Programación y Presupuesto y luego llegó al gabinete presidencial para hacerse cargo de la Secretaría de Pesca.

En ese cargo la conocí y desde entonces mantuve con ella una entrañable amistad. En 1989 debí tratarle un asunto relacionado con la protección ecológica de ciertas áreas y especies que competían a la entonces Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología de la cual yo era Director General Jurídico; esa protección incidía en la actividad productiva pesquera que a ella correspondía alentar. Enseguida percibí su aguda inteligencia, su preocupación por la gente y su sentido común; como tantas otras cuestiones que involucran áreas burocráticas con tendencia al conflicto, la solución estaba en el justo medio entre el proteccionismo extremo e irracional por una parte y la explotación depredadora de los recursos naturales por otra; así la construimos y la pusimos en práctica. A partir de entonces mantuvimos contacto por diversos asuntos derivados de nuestras respectivas tareas políticas y administrativas, hasta que coincidimos ambos como Senadores de la República en el periodo 1994-2000.

Ahí consolidamos una amistad personal y una alianza política para enfrentar con sentido social progresista las dificultades que se nos presentaban. Su capacidad de trabajo y su sensibilidad la condujeron a la Vicepresidencia de la Gran Comisión que era por entonces el órgano de gobierno del Senado. A la salida de Genovevo Figueroa de la presidencia de dicho órgano, María asumió la presidencia y alentó un procedimiento democrático interno que me permitió alcanzar por medio del voto de mis compañeros senadores, la vicepresidencia que ella había dejado vacante. Siempre le he guardado un gran agradecimiento por esa oportunidad que me dio, la cual me permitió tener la invaluable experiencia de trabajar bajo su mando directo en la conducción de la Cámara de Senadores a la que transformamos mediante un proceso de cambio que dio origen a la Junta de Coordinación Política en la que continuamos en nuestros respectivos cargos acompañados en la Secretaría por Sami David, entonces Senador por Chiapas.

Tanto en la dirección de las tareas legislativas, como en las de partido durante cuya presidencia también tuve el privilegio de colaborar con ella, María ejercía el mando con firmeza en el fondo y suavidad en la forma. En el Senado transitamos por situaciones complejas que abarcaron la superación de la crisis de 1994; los acontecimientos de Aguas Blancas y los enfrentamientos magisteriales que incluyeron la toma del Senado. Nunca la vi perder los estribos, siempre conservaba la calma y con serenidad abordaba las situaciones más tirantes. Hoy la hemos perdido, pero su recuerdo y su ejemplo inspirador seguirán influyendo sobre quienes la tratamos y la quisimos.

eduardoandrade1948@gmail.com

El sábado pasado perdió nuestro país a una de las figuras más brillantes de la actividad política nacional de las ultimas décadas. En el encabezado pensé poner “mujer ejemplar”, pero me pareció que caería en un encasillamiento que la propia María habría rechazado. Si bien siempre fue solidaria con las causas de las mujeres, a muchas de las cuales ayudó a abrirse paso siguiendo el camino trazado por ella, su brillante carrera política y administrativa no tenía que ver con su condición femenina, sino con una demostrada capacidad en cualquier responsabilidad que ejerciera.

Ciertamente fue la primera mujer en presidir el Partido Revolucionario Institucional, la primera en presidir la Gran Comisión del Senado de la República y la única persona que ha conducido los trabajos de las dos Cámaras del Congreso de la Unión y del órgano legislativo de la capital de la República, pero esos logros surgían como producto natural de los méritos y habilidades desplegadas por una persona dedicada profesionalmente a la política con independencia de su género.

María de los Ángeles Moreno trascendía todos los conceptos diferenciadores, lo mismo el de género, que el generacional y el partidista. Una prueba evidente de esto último es el amplio reconocimiento que respecto de ella expresó el Presidente López Obrador con motivo de su fallecimiento. Justamente lo que más honra a un político de cualquier tendencia ideológica, es el reconocimiento y admiración que despierta no solo entre sus correligionarios, sino particularmente entre sus adversarios. Pocos logran conseguir un respeto generalizado y ello deriva de la honradez personal, la honestidad intelectual, la prudencia para afrontar situaciones críticas y el trato comedido y cortés dispensado a todos aquellos con los que se relaciona, aunque esa relación implique la confrontación. Mi querida amiga, a quien dedico estas líneas, conjuntaba todas esas virtudes a las que unía una amplia cultura; una sólida preparación profesional y una decidida vocación de servicio público y justicia social. Fue una reconocida economista que brilló en la Subsecretaría de Programación y Presupuesto y luego llegó al gabinete presidencial para hacerse cargo de la Secretaría de Pesca.

En ese cargo la conocí y desde entonces mantuve con ella una entrañable amistad. En 1989 debí tratarle un asunto relacionado con la protección ecológica de ciertas áreas y especies que competían a la entonces Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología de la cual yo era Director General Jurídico; esa protección incidía en la actividad productiva pesquera que a ella correspondía alentar. Enseguida percibí su aguda inteligencia, su preocupación por la gente y su sentido común; como tantas otras cuestiones que involucran áreas burocráticas con tendencia al conflicto, la solución estaba en el justo medio entre el proteccionismo extremo e irracional por una parte y la explotación depredadora de los recursos naturales por otra; así la construimos y la pusimos en práctica. A partir de entonces mantuvimos contacto por diversos asuntos derivados de nuestras respectivas tareas políticas y administrativas, hasta que coincidimos ambos como Senadores de la República en el periodo 1994-2000.

Ahí consolidamos una amistad personal y una alianza política para enfrentar con sentido social progresista las dificultades que se nos presentaban. Su capacidad de trabajo y su sensibilidad la condujeron a la Vicepresidencia de la Gran Comisión que era por entonces el órgano de gobierno del Senado. A la salida de Genovevo Figueroa de la presidencia de dicho órgano, María asumió la presidencia y alentó un procedimiento democrático interno que me permitió alcanzar por medio del voto de mis compañeros senadores, la vicepresidencia que ella había dejado vacante. Siempre le he guardado un gran agradecimiento por esa oportunidad que me dio, la cual me permitió tener la invaluable experiencia de trabajar bajo su mando directo en la conducción de la Cámara de Senadores a la que transformamos mediante un proceso de cambio que dio origen a la Junta de Coordinación Política en la que continuamos en nuestros respectivos cargos acompañados en la Secretaría por Sami David, entonces Senador por Chiapas.

Tanto en la dirección de las tareas legislativas, como en las de partido durante cuya presidencia también tuve el privilegio de colaborar con ella, María ejercía el mando con firmeza en el fondo y suavidad en la forma. En el Senado transitamos por situaciones complejas que abarcaron la superación de la crisis de 1994; los acontecimientos de Aguas Blancas y los enfrentamientos magisteriales que incluyeron la toma del Senado. Nunca la vi perder los estribos, siempre conservaba la calma y con serenidad abordaba las situaciones más tirantes. Hoy la hemos perdido, pero su recuerdo y su ejemplo inspirador seguirán influyendo sobre quienes la tratamos y la quisimos.

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