/ domingo 9 de junio de 2019

México ¿soberanía inexistente?

En el marco de la posmodernidad, hay un concepto en vertiginoso proceso transformador: el de soberanía, producto del reacomodo y translocación de las relaciones agentes-territorio en sus diferentes escalas, como consecuencia del impacto globalizador tanto en el ámbito territorial como en el de la soberanía de los Estados.

Para algunos autores como G. Jellinek, dicho concepto surgió en el siglo XII, vinculado tanto a la soberanía divina como a la del poder humano que no admitía a uno superior a él (souvränetät). En el Renacimiento, Marsilio de Padua reconoció que toda comunidad política era autosuficiente y Maquiavelo, que una cualidad suya era ser su propia soberana -absoluta y perpetua- y creadora de su orden e historia. Elementos que permitieron a Bodino definirla como “el poder absoluto y perpetuo de una República”, por radicar su esencia en el poder supremo y cohesionador “de hacer y de abolir las leyes”.

Más tarde, Grocio, Gentili, Vatel, Vitoria, Loyseau y Le Bret extenderán su conceptualización al ámbito internacional. Vitoria, destacando que un Estado soberano es el dotado de supremacía de poder (summa potestas) y competencia (plenitudo potestatis) y Grocio, definiendo que toda Nación al autogobernarse se convierte en Estado soberano. A su vez, Althussius considerará al rey como delegado del pueblo y Hobbes justificará que, así como los hombres han dado la soberanía a quien representa su persona, en caso de deponer a éste, tomarán “de él lo que es suyo”. “Soberanía popular” que Rousseau afinará al reconocer como verdadero y originario soberano al pueblo y a todo ciudadano: soberano y súbdito a la vez.

Con el nacimiento de los Estados Unidos de América, a finales del siglo XVIII se impone un nuevo principio: la supremacía de la ley encarnada en el pacto constitucional. Elemento que habría de delimitar las competencias entre los estados unionistas y la ahora integrada confederación, sirviendo de modelo inspirador lo mismo a países latinoamericanos en proceso de independencia -comprendido México-, que a otros europeos en proceso de unificación, como la República Federal Alemana, gestada bajo el marco del ordenamiento federal emanado de la Ley Fundamental de Bonn a partir de antiguos estados (Länder) –cada uno dotado de su propia soberanía popular-, dando lugar a un estado unitario (Bund).

No obstante, cuando más apuntalado estaba el concepto de soberanía, comenzó a resquebrajarse y aún sigue en revisión. Y es que, al entrar en decadencia el poder estatal hegemónico, arrastró consigo a la soberanía como concepto secular sintetizador de la identificación de poder y derecho, de ser y deber ser, porque frente a las nuevas formas de poder -tanto en la práctica como en la teoría-, el concepto tradicional de soberanía quedó rebasado y en estado crítico.

Crisis emanada del declive del Estado moderno que ve surgir, incesantemente, nuevos paradigmas de soberanía: efectiva, disminuida, teórica, política, económica, etc., hasta llegar a la soberanía “compartida” y “no compartida”, como ocurrió con la Declaración de Asunción en 1971, al introducirse la figura de la “consulta previa” para resolver temas como el de los ríos internacionales contiguos. A partir de ahora, la soberanía como concepto ideal debería adecuarse a los nuevos principios reconocidos por el derecho internacional.

Por eso mismo, la tragedia humanitaria que encara México es una de las problemáticas más llenas de aristas y difíciles de resolver de su historia independiente. No solo se trata de la tragedia humanitaria interna que desde décadas padece. Es un drama regional con un alcance internacional que hace de nuestra frontera política sur, la virtual, la olvidada, uno de los territorios de paso más complejos del orbe, cuya explicación está en la historia.

Nuestra frontera sur es una frontera artificial: Mesoamérica no la conoció, el dominio colonial la estableció e integró, pero durante el Primer Imperio (1821-1823) fue borrada desde el momento en que del territorio imperial formaron parte, además de las actuales entidades federativas de la República Mexicana y las entonces provincias de Alta California, Nuevo México y Texas, también las de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica, lo que nos hizo a todos ser algún día compatriotas.

Sí, en el devenir de su historia, México ha tenido que pagar altos costos por estar enclavado su territorio en una posición geopolítica estratégica: por un lado, no supo ni pudo conservar sus provincias y las perdió. Por otro, el abandono estructural al que fueron condenados nuestros pueblos hermanos continentales y transcontinentales, tanto o más grave que el nuestro, terminó por estallar y hoy nuestras dos fronteras terrestres enfrentan una extrema y desafiante vulnerabilidad mientras la soberanía está en vilo.

Resolver el tema de la migración transfronteriza requerirá gran firmeza y enormes esfuerzos de todos los involucrados, propios y extraños, pero sobre todo de voluntad y humanidad.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

En el marco de la posmodernidad, hay un concepto en vertiginoso proceso transformador: el de soberanía, producto del reacomodo y translocación de las relaciones agentes-territorio en sus diferentes escalas, como consecuencia del impacto globalizador tanto en el ámbito territorial como en el de la soberanía de los Estados.

Para algunos autores como G. Jellinek, dicho concepto surgió en el siglo XII, vinculado tanto a la soberanía divina como a la del poder humano que no admitía a uno superior a él (souvränetät). En el Renacimiento, Marsilio de Padua reconoció que toda comunidad política era autosuficiente y Maquiavelo, que una cualidad suya era ser su propia soberana -absoluta y perpetua- y creadora de su orden e historia. Elementos que permitieron a Bodino definirla como “el poder absoluto y perpetuo de una República”, por radicar su esencia en el poder supremo y cohesionador “de hacer y de abolir las leyes”.

Más tarde, Grocio, Gentili, Vatel, Vitoria, Loyseau y Le Bret extenderán su conceptualización al ámbito internacional. Vitoria, destacando que un Estado soberano es el dotado de supremacía de poder (summa potestas) y competencia (plenitudo potestatis) y Grocio, definiendo que toda Nación al autogobernarse se convierte en Estado soberano. A su vez, Althussius considerará al rey como delegado del pueblo y Hobbes justificará que, así como los hombres han dado la soberanía a quien representa su persona, en caso de deponer a éste, tomarán “de él lo que es suyo”. “Soberanía popular” que Rousseau afinará al reconocer como verdadero y originario soberano al pueblo y a todo ciudadano: soberano y súbdito a la vez.

Con el nacimiento de los Estados Unidos de América, a finales del siglo XVIII se impone un nuevo principio: la supremacía de la ley encarnada en el pacto constitucional. Elemento que habría de delimitar las competencias entre los estados unionistas y la ahora integrada confederación, sirviendo de modelo inspirador lo mismo a países latinoamericanos en proceso de independencia -comprendido México-, que a otros europeos en proceso de unificación, como la República Federal Alemana, gestada bajo el marco del ordenamiento federal emanado de la Ley Fundamental de Bonn a partir de antiguos estados (Länder) –cada uno dotado de su propia soberanía popular-, dando lugar a un estado unitario (Bund).

No obstante, cuando más apuntalado estaba el concepto de soberanía, comenzó a resquebrajarse y aún sigue en revisión. Y es que, al entrar en decadencia el poder estatal hegemónico, arrastró consigo a la soberanía como concepto secular sintetizador de la identificación de poder y derecho, de ser y deber ser, porque frente a las nuevas formas de poder -tanto en la práctica como en la teoría-, el concepto tradicional de soberanía quedó rebasado y en estado crítico.

Crisis emanada del declive del Estado moderno que ve surgir, incesantemente, nuevos paradigmas de soberanía: efectiva, disminuida, teórica, política, económica, etc., hasta llegar a la soberanía “compartida” y “no compartida”, como ocurrió con la Declaración de Asunción en 1971, al introducirse la figura de la “consulta previa” para resolver temas como el de los ríos internacionales contiguos. A partir de ahora, la soberanía como concepto ideal debería adecuarse a los nuevos principios reconocidos por el derecho internacional.

Por eso mismo, la tragedia humanitaria que encara México es una de las problemáticas más llenas de aristas y difíciles de resolver de su historia independiente. No solo se trata de la tragedia humanitaria interna que desde décadas padece. Es un drama regional con un alcance internacional que hace de nuestra frontera política sur, la virtual, la olvidada, uno de los territorios de paso más complejos del orbe, cuya explicación está en la historia.

Nuestra frontera sur es una frontera artificial: Mesoamérica no la conoció, el dominio colonial la estableció e integró, pero durante el Primer Imperio (1821-1823) fue borrada desde el momento en que del territorio imperial formaron parte, además de las actuales entidades federativas de la República Mexicana y las entonces provincias de Alta California, Nuevo México y Texas, también las de Guatemala, Honduras, El Salvador, Nicaragua y Costa Rica, lo que nos hizo a todos ser algún día compatriotas.

Sí, en el devenir de su historia, México ha tenido que pagar altos costos por estar enclavado su territorio en una posición geopolítica estratégica: por un lado, no supo ni pudo conservar sus provincias y las perdió. Por otro, el abandono estructural al que fueron condenados nuestros pueblos hermanos continentales y transcontinentales, tanto o más grave que el nuestro, terminó por estallar y hoy nuestras dos fronteras terrestres enfrentan una extrema y desafiante vulnerabilidad mientras la soberanía está en vilo.

Resolver el tema de la migración transfronteriza requerirá gran firmeza y enormes esfuerzos de todos los involucrados, propios y extraños, pero sobre todo de voluntad y humanidad.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

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