/ sábado 17 de octubre de 2020

Mi pasión por la comunicación (VI)

Aprendí pues, que tener un periódico escolar es muy importante, ya que motiva a los compañeros a sentirse parte activa del Colegio, además de fomentar diversas prácticas necesarias para el ser humano como son el trabajo en equipo, la responsabilidad, la creatividad, la capacidad de redacción y la síntesis. A quienes más se dedican, también los prepara para la rutina y dinámica de un trabajo, puesto que les permite desarrollar habilidades nuevas como la escritura y la investigación.

Nosotros hacíamos nuestro periodiquillo y ya. Ni quien supiera que era un artículo, una crónica, una noticia, un reportaje, una entrevista.

Pero mensualmente LA VOZ QUE RUGE siguió saliendo. Había verdaderos amigos que sí se interesaban en la publicación: Gustavo Mora, Pepe Lomas, Adolfo Lati, Pepe Núñez, Fermín Espinosa, Javier Díaz Cevallos, Juan José del Villar, y otros que se me escapan. Otros compañeros de salón ofrecieron su ayuda, que mucho agradecí, pero sí hubiera sido una revoltura.

Siguieron publicándose las secciones de anécdotas, películas, cuentos, etc. Y los amigos del salón escribían principalmente sobre actividades deportivas. Allí en el Colegio se jugaba futbol, voleibol, basketbol, frontón, y eventualmente beisbol.

Nuestro maestro de deportes Constancio Córdoba fue un destacado dirigente nacional de basketbol y nos tenía bien entrenados, y si nos portábamos mal, nos quitaba los zapatos tenis y nos hacía caminar sobre charcos de agua. No era muy agradable con alumnos que no podían cumplir al pie de la letra sus instrucciones; llegó a tener actitudes que nos llamaron la atención, algo grosero, digamos. De todo ello hubo constancia en el periódico. Trabajamos bien con él, trabajamos fuerte. Y como dije antes, años después dirigió magistralmente a la selección nacional de basketbol.

El periodiquito interesó. Varios compañeros me entregaban sus textos, pequeños o discretos, o grandes y extensos. Alguien escribió que cuando salíamos a recreo, en el centro del patio había un gran árbol con una grande caja de madera llena de balones y pelotas; la mayoría tomaba las pelotas para jugar, pero a veces un grupo de malvados metía a mi amigo Adolfo Lati a la caja vacía; se sentaban encima, y no lo dejaban salir hasta finalizado el descanso. Al término, el pobre Adolfo levantaba la tapa y le caían encima todas las bolas y pelotas que regresaban a su lugar de resguardo. Quise mucho a Adolfo, buen amigo, muy tranquilo y cumplido en su labor. Falleció hace unas semanas, y no me queda más que desearle buen camino.

La VOZ QUE RUGE también registró el día que la tienda de la escuela empezó a vender, a la hora de recreo, unos exquisitos panes nuevos, hoy muy conocidos, pero que entonces fueron la gran novedad, no solo en la escuela, sino en la ciudad: las trenzas. Qué ricura, salir corriendo a comprar una trenza y devorarla en menos de 5 minutos. Han pasado casi 70 años y las trenzas siguen siendo ricas, no como entonces porque en esos años todo lo nuevo se disfruta y de deleita más.

En algún número del periódico recuerdo que alguien escribió sobre un partido de fútbol que el Colegio México disputó contra su aguerrido enemigo el Instituto México, allá en las instalaciones del rival. En el equipo contrario jugaba un muchacho grandote y fuerte, un año menor que yo, Plácido Domingo. Jugamos y ganamos. Y recuerdo que al ir al baño para lavarnos la cara y las manos, ya que la cancha era de tierra, sin pasto, Plácido no lo hizo y le corría el lodo por la cara y el cuello, pero no le importó, así se fue. Nos produjo una mala imagen. Alguien le gritó: ¡baturro!

Gustavo Mora, quien fuera durante su vida un extraordinario periodista, además de muy buen amigo mío, aconsejado por José Luis del Villar, me dio un día una lista de los apodos de los profesores, porque debo decir que una escuela sin apodos de profesores no funciona. No incluiré sus nombres porque rompería el afectuoso sentimiento por ellos. Registró a “La Calaca”, “Cacama”, “Saturno”, “El Tarasco”, “El Caganotas”, “El Encolado”, “El Robachicos”, “El Ovaciones”, “El Mandril”, “Elena Conde”, “Lorenzo Garza”. Y hay más, pero en este momento no vienen a mi memoria. Si se hubieran sabido estos apodos en aquellos días, nuestro Director, don Gabriel Moulin Valle nos hubiera fulminado.

Como ocurre con muchos medios de comunicación, La VOZ QUE RUGE tuvo sus altas y bajas, es decir, a veces salía con regularidad, a veces no. Las épocas de exámenes, la falta de información, el poco interés al acercarse los períodos vacacionales, la natural flojera mía y de algunos compañeros, pero allí siguió, dando tumbos, pero no se extinguió. Siguió saliendo en segundo y tercer año de secundaria, infrecuentemente.

En el segundo año, el Doctor Agustín Lemus Talavera nos enseñaba la clase de Historia Universal, y en tercero la clase de Biología, en el grande laboratorio al fondo de la escuela. (continuaré)

Fundador de Notimex

Medalla Ricardo Flores Magón

pacofonn@yahoo.com.mx

Aprendí pues, que tener un periódico escolar es muy importante, ya que motiva a los compañeros a sentirse parte activa del Colegio, además de fomentar diversas prácticas necesarias para el ser humano como son el trabajo en equipo, la responsabilidad, la creatividad, la capacidad de redacción y la síntesis. A quienes más se dedican, también los prepara para la rutina y dinámica de un trabajo, puesto que les permite desarrollar habilidades nuevas como la escritura y la investigación.

Nosotros hacíamos nuestro periodiquillo y ya. Ni quien supiera que era un artículo, una crónica, una noticia, un reportaje, una entrevista.

Pero mensualmente LA VOZ QUE RUGE siguió saliendo. Había verdaderos amigos que sí se interesaban en la publicación: Gustavo Mora, Pepe Lomas, Adolfo Lati, Pepe Núñez, Fermín Espinosa, Javier Díaz Cevallos, Juan José del Villar, y otros que se me escapan. Otros compañeros de salón ofrecieron su ayuda, que mucho agradecí, pero sí hubiera sido una revoltura.

Siguieron publicándose las secciones de anécdotas, películas, cuentos, etc. Y los amigos del salón escribían principalmente sobre actividades deportivas. Allí en el Colegio se jugaba futbol, voleibol, basketbol, frontón, y eventualmente beisbol.

Nuestro maestro de deportes Constancio Córdoba fue un destacado dirigente nacional de basketbol y nos tenía bien entrenados, y si nos portábamos mal, nos quitaba los zapatos tenis y nos hacía caminar sobre charcos de agua. No era muy agradable con alumnos que no podían cumplir al pie de la letra sus instrucciones; llegó a tener actitudes que nos llamaron la atención, algo grosero, digamos. De todo ello hubo constancia en el periódico. Trabajamos bien con él, trabajamos fuerte. Y como dije antes, años después dirigió magistralmente a la selección nacional de basketbol.

El periodiquito interesó. Varios compañeros me entregaban sus textos, pequeños o discretos, o grandes y extensos. Alguien escribió que cuando salíamos a recreo, en el centro del patio había un gran árbol con una grande caja de madera llena de balones y pelotas; la mayoría tomaba las pelotas para jugar, pero a veces un grupo de malvados metía a mi amigo Adolfo Lati a la caja vacía; se sentaban encima, y no lo dejaban salir hasta finalizado el descanso. Al término, el pobre Adolfo levantaba la tapa y le caían encima todas las bolas y pelotas que regresaban a su lugar de resguardo. Quise mucho a Adolfo, buen amigo, muy tranquilo y cumplido en su labor. Falleció hace unas semanas, y no me queda más que desearle buen camino.

La VOZ QUE RUGE también registró el día que la tienda de la escuela empezó a vender, a la hora de recreo, unos exquisitos panes nuevos, hoy muy conocidos, pero que entonces fueron la gran novedad, no solo en la escuela, sino en la ciudad: las trenzas. Qué ricura, salir corriendo a comprar una trenza y devorarla en menos de 5 minutos. Han pasado casi 70 años y las trenzas siguen siendo ricas, no como entonces porque en esos años todo lo nuevo se disfruta y de deleita más.

En algún número del periódico recuerdo que alguien escribió sobre un partido de fútbol que el Colegio México disputó contra su aguerrido enemigo el Instituto México, allá en las instalaciones del rival. En el equipo contrario jugaba un muchacho grandote y fuerte, un año menor que yo, Plácido Domingo. Jugamos y ganamos. Y recuerdo que al ir al baño para lavarnos la cara y las manos, ya que la cancha era de tierra, sin pasto, Plácido no lo hizo y le corría el lodo por la cara y el cuello, pero no le importó, así se fue. Nos produjo una mala imagen. Alguien le gritó: ¡baturro!

Gustavo Mora, quien fuera durante su vida un extraordinario periodista, además de muy buen amigo mío, aconsejado por José Luis del Villar, me dio un día una lista de los apodos de los profesores, porque debo decir que una escuela sin apodos de profesores no funciona. No incluiré sus nombres porque rompería el afectuoso sentimiento por ellos. Registró a “La Calaca”, “Cacama”, “Saturno”, “El Tarasco”, “El Caganotas”, “El Encolado”, “El Robachicos”, “El Ovaciones”, “El Mandril”, “Elena Conde”, “Lorenzo Garza”. Y hay más, pero en este momento no vienen a mi memoria. Si se hubieran sabido estos apodos en aquellos días, nuestro Director, don Gabriel Moulin Valle nos hubiera fulminado.

Como ocurre con muchos medios de comunicación, La VOZ QUE RUGE tuvo sus altas y bajas, es decir, a veces salía con regularidad, a veces no. Las épocas de exámenes, la falta de información, el poco interés al acercarse los períodos vacacionales, la natural flojera mía y de algunos compañeros, pero allí siguió, dando tumbos, pero no se extinguió. Siguió saliendo en segundo y tercer año de secundaria, infrecuentemente.

En el segundo año, el Doctor Agustín Lemus Talavera nos enseñaba la clase de Historia Universal, y en tercero la clase de Biología, en el grande laboratorio al fondo de la escuela. (continuaré)

Fundador de Notimex

Medalla Ricardo Flores Magón

pacofonn@yahoo.com.mx