/ martes 2 de junio de 2020

Mi vida sin el deporte | El dinero, los deportes y la pandemia

Por: José Ángel Rueda

Detrás de los deportes, de los goles, de los grandes futbolistas, de los touchdowns, de los cuadrangulares, de los ponches, de los puntos en la arcilla, en el césped y en las canchas duras, de las canastas, de las banderas rojas y a cuadros, de las verónicas, de los nocauts y esas tardes y esas noches en las que todo lo demás encuentra sentido y nos abrazamos con los amigos y con la familia y que enaltecen el simple hecho de mirar por mirar aquello que nos apasiona, se encuentra escondido el negocio. Y detrás del negocio se esconde, también, el dinero, ese que mueve al mundo, y los grandes deportes y las grandes ligas no se escapan de su fuego. No es un secreto, por supuesto. Con los años, el aficionado comprendió su papel, aunque no necesariamente lo acepte y lo disfrute, por eso va por la vida buscando entre una mina de oro algo que le recuerde que detrás del brillo hay sensaciones. Las sensaciones, esas que son el motor de la industria y que quedaron suspendidas.

Cuando pensamos que el negocio de los deportes era invencible, descubrimos con pesar su vulnerabilidad. Como si el mundo, acostumbrado a girar eternamente, un buen día se detuviera por completo. Aunque es cierto que con el paso de las semanas esa misma industria se encargó de idear millones de planes para volver a funcionar, pese a todas las limitaciones, porque la prisa no daba tregua, y los aficionados nos abandonamos a esa idea, que todo regrese pronto, da igual cómo.

En algunos casos, como en la Bundesliga, el negocio de las sensaciones pudo más y rehabilitó cuanto antes su torneo. Y aunque no hay gente en los estadios, los contratos televisivos respiran. Por el mismo camino van España, Inglaterra e Italia. En otros, víctimas de la ironía de la vida, ha sido el propio dinero el culpable de retrasarlo todo. Como las Grandes Ligas, que entre otras cosas, además de reprogramar un calendario que luce imposible, tienen que ajustar los temas salariales, en una lucha que enfrenta los partidos a disputarse con las altas pretensiones de los peloteros. Y en esa incomprensión se les va el tiempo. O la NBA, con su postemporada a la vista, y la imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre los partidos que restan de la temporada regular.

En otros deportes, como el tenis, hay torneos que se niegan a morir, como Roland Garros, dispuesto a agendar las veces que sean necesarias. O la Fórmula 1, que ve cómo los Grandes Premios se escapan a la velocidad de sus bólidos, y con ellos los millones de dólares. O los casinos en Las Vegas, sin sus peleas de box.

En este mundo loco de cifras estratosféricas, muchos se preguntan qué será del futbol y los grandes fichajes. ¿Qué será de Mbappé, por ejemplo, y su cláusula impagable? ¿De Lautaro Martínez y los más de 100 millones que le pide el Inter al Barcelona? ¿Qué pasará con Morelia, despojada de su futbol por un mejor postor?

¿Qué pasará con Tokio y sus Juegos Olímpicos si un rebrote nos roba también el 2021? ¿Qué será de sus patrocinadores? El negocio de las sensaciones busca, pero no encuentra respuestas.

Por: José Ángel Rueda

Detrás de los deportes, de los goles, de los grandes futbolistas, de los touchdowns, de los cuadrangulares, de los ponches, de los puntos en la arcilla, en el césped y en las canchas duras, de las canastas, de las banderas rojas y a cuadros, de las verónicas, de los nocauts y esas tardes y esas noches en las que todo lo demás encuentra sentido y nos abrazamos con los amigos y con la familia y que enaltecen el simple hecho de mirar por mirar aquello que nos apasiona, se encuentra escondido el negocio. Y detrás del negocio se esconde, también, el dinero, ese que mueve al mundo, y los grandes deportes y las grandes ligas no se escapan de su fuego. No es un secreto, por supuesto. Con los años, el aficionado comprendió su papel, aunque no necesariamente lo acepte y lo disfrute, por eso va por la vida buscando entre una mina de oro algo que le recuerde que detrás del brillo hay sensaciones. Las sensaciones, esas que son el motor de la industria y que quedaron suspendidas.

Cuando pensamos que el negocio de los deportes era invencible, descubrimos con pesar su vulnerabilidad. Como si el mundo, acostumbrado a girar eternamente, un buen día se detuviera por completo. Aunque es cierto que con el paso de las semanas esa misma industria se encargó de idear millones de planes para volver a funcionar, pese a todas las limitaciones, porque la prisa no daba tregua, y los aficionados nos abandonamos a esa idea, que todo regrese pronto, da igual cómo.

En algunos casos, como en la Bundesliga, el negocio de las sensaciones pudo más y rehabilitó cuanto antes su torneo. Y aunque no hay gente en los estadios, los contratos televisivos respiran. Por el mismo camino van España, Inglaterra e Italia. En otros, víctimas de la ironía de la vida, ha sido el propio dinero el culpable de retrasarlo todo. Como las Grandes Ligas, que entre otras cosas, además de reprogramar un calendario que luce imposible, tienen que ajustar los temas salariales, en una lucha que enfrenta los partidos a disputarse con las altas pretensiones de los peloteros. Y en esa incomprensión se les va el tiempo. O la NBA, con su postemporada a la vista, y la imposibilidad de ponerse de acuerdo sobre los partidos que restan de la temporada regular.

En otros deportes, como el tenis, hay torneos que se niegan a morir, como Roland Garros, dispuesto a agendar las veces que sean necesarias. O la Fórmula 1, que ve cómo los Grandes Premios se escapan a la velocidad de sus bólidos, y con ellos los millones de dólares. O los casinos en Las Vegas, sin sus peleas de box.

En este mundo loco de cifras estratosféricas, muchos se preguntan qué será del futbol y los grandes fichajes. ¿Qué será de Mbappé, por ejemplo, y su cláusula impagable? ¿De Lautaro Martínez y los más de 100 millones que le pide el Inter al Barcelona? ¿Qué pasará con Morelia, despojada de su futbol por un mejor postor?

¿Qué pasará con Tokio y sus Juegos Olímpicos si un rebrote nos roba también el 2021? ¿Qué será de sus patrocinadores? El negocio de las sensaciones busca, pero no encuentra respuestas.