/ jueves 25 de julio de 2019

Modelos de desarrollo para la incertidumbre

El arranque del nuevo régimen ha traído sobre la mesa nuevamente, el tema de los modelos de desarrollo, en función del fracaso evidente de los sistemas económicos nacionales y globales enfocados en el crecimiento, sectores estratégicos y el Estado de bienestar.

Los ciclos económicos cuentan con largos periodos de estabilidad, con magros periodos de expansión, breves periodos de contracción y recesión. Las crisis industriales de producción cedieron el paso a las crisis monetarias y financieras. La más reciente crisis, combinó todas las demás con un nuevo componente institucional; gobiernos, empresas, bancos, ahorradores fueron víctimas de la corrupción con enormes consecuencias en diversos ámbitos.

El retorno al nacionalismo, los populismos y el extremismo, es el resultado del fracaso subyacente de un modelo de desarrollo que fomentó la concentración, la desigualdad y el fuete endeudamiento de los Estados Nación, que paradójicamente se debaten en mantener el Estado de Bienestar o desmantelarlo de manera progresiva.

Paralelamente a un modelo de desarrollo socialmente inviable, se le suma la depredación ambiental derivada de los patrones de producción y consumo que han degradado los ecosistemas, contaminado los océanos, el suelo y los cuerpos de agua dulce. El patrón energético, a su vez ha sobrecargado de gases de efecto invernadero que están calentando de manera alarmante el planeta con severas consecuencias para nosotros.

La reforma de las Naciones Unidas en el 2015 planteó la agenda 2030 como mapa de ruta para sincronizar los objetivos del desarrollo sostenible, articular agendas y desarrollar indicadores de desempeño que permitan guiar a las naciones, las organizaciones, las empresas, los sectores sociales y los pueblos originarios en una transformación institucional, social y económica.

Organizaciones, Agencias, Comisiones y otros brazos institucionales se alinearon en esta reforma institucional y toda su parafernalia de seguimiento, que es bastante compleja, con múltiples actores incidiendo con propuestas, buenas prácticas, inventarios de políticas públicas, modelos de coordinación global de las organizaciones sociales, foros especializados y eventos paralelos a los cónclaves de los gobiernos en mesas multitemáticas de discusión y seguimiento.

Paralelamente, los problemas globales se agudizan y se establecen hegemonías que debilitan el multilateralismo, focalizan los problemas regionales y agudizan la fragilidad financiera e incertidumbre global. La guerra comercial, la migración, las tensiones nucleares y el bajo crecimiento global son la expresión fáctica de este proceso de deterioro.

En este escenario México está envuelto en al menos dos dimensiones de la turbulencia global. Por un lado, es víctima de la guerra comercial de EU y también es país de tránsito en una migración creciente hacia ese país. Bajo la hegemonía del más fuerte y por razones estratégicas, México atiende el problema migratorio y busca consolidar el T MEC para poder estabilizar sus expectativas y se reactiven los planes de inversión de largo plazo, asumiendo el potencial manufacturero del país y su considerable mercado interno.

Al igual que EU, México busca establecer soberanías nacionales para reducir la vulnerabilidad en el entono internacional incierto y depender menos de las importaciones con base en una renovada producción nacional.

Este es el caso de los combustibles y el enfoque de soberanía energética, el cual va más allá de la propiedad de los recursos y el régimen de mercado, significa equiparar con otras economías los inventarios logísticos y aumentar el porcentaje de producción nacional de combustibles cercano al 80%. La soberanía alimentaria es otra dimensión de esta política nacionalista, la cual implica reactivar la producción agropecuaria y ser “autosuficientes” en alimentos.

El combate a la corrupción política, administrativa y económica es también un fenómeno global ante la crisis institucional de los países y los sistemas que catalizan los procesos económicos y sociales. La falta de acuerdo en el BREXIT es un claro ejemplo de la crisis institucional o los amagues autoritarios en EU en materia migratoria mediante órdenes ejecutivas. La persecución de ex presidentes en América del Sur y la crispación política que ello supone, mina las expectativas y genera incertidumbre sobre el futuro político de esas naciones.

En el caso de México, el combate a la corrupción es el eje de acción y reorganización institucional del Estado. Un cambio estructural de enfoque y de modelos operacionales, que poco a poco, desmantelan sistemas completos de desfalco y saqueo como el huachicol, de sistemas concentrados y de alta rentabilidad en la logística de distribución de medicinas y material de curación con ahorros y economías importantes para el gobierno, así como las medidas de austeridad que progresivamente desmantelan las estructuras de gobierno.

“Disculpe usted por las molestias generadas por el combate a la corrupción”, señala el presidente de México por el evidente frenón que le dio a la economía del país, por lo que le toca a la orientación del gasto público y su manera de ejercerlo. Sin detallar las bases de la “economía moral” como modelo de desarrollo, el presidente insiste que “ya nada es igual”, que se trata de un nuevo régimen que al menos ha logrado un cambio en la distribución del ingreso y que perfila proyectos compensatorios para disminuir la desigualdad regional y configurar un modelo de progreso con bienestar desde abajo, desde la base de la pirámide.

El arranque del nuevo régimen ha traído sobre la mesa nuevamente, el tema de los modelos de desarrollo, en función del fracaso evidente de los sistemas económicos nacionales y globales enfocados en el crecimiento, sectores estratégicos y el Estado de bienestar.

Los ciclos económicos cuentan con largos periodos de estabilidad, con magros periodos de expansión, breves periodos de contracción y recesión. Las crisis industriales de producción cedieron el paso a las crisis monetarias y financieras. La más reciente crisis, combinó todas las demás con un nuevo componente institucional; gobiernos, empresas, bancos, ahorradores fueron víctimas de la corrupción con enormes consecuencias en diversos ámbitos.

El retorno al nacionalismo, los populismos y el extremismo, es el resultado del fracaso subyacente de un modelo de desarrollo que fomentó la concentración, la desigualdad y el fuete endeudamiento de los Estados Nación, que paradójicamente se debaten en mantener el Estado de Bienestar o desmantelarlo de manera progresiva.

Paralelamente a un modelo de desarrollo socialmente inviable, se le suma la depredación ambiental derivada de los patrones de producción y consumo que han degradado los ecosistemas, contaminado los océanos, el suelo y los cuerpos de agua dulce. El patrón energético, a su vez ha sobrecargado de gases de efecto invernadero que están calentando de manera alarmante el planeta con severas consecuencias para nosotros.

La reforma de las Naciones Unidas en el 2015 planteó la agenda 2030 como mapa de ruta para sincronizar los objetivos del desarrollo sostenible, articular agendas y desarrollar indicadores de desempeño que permitan guiar a las naciones, las organizaciones, las empresas, los sectores sociales y los pueblos originarios en una transformación institucional, social y económica.

Organizaciones, Agencias, Comisiones y otros brazos institucionales se alinearon en esta reforma institucional y toda su parafernalia de seguimiento, que es bastante compleja, con múltiples actores incidiendo con propuestas, buenas prácticas, inventarios de políticas públicas, modelos de coordinación global de las organizaciones sociales, foros especializados y eventos paralelos a los cónclaves de los gobiernos en mesas multitemáticas de discusión y seguimiento.

Paralelamente, los problemas globales se agudizan y se establecen hegemonías que debilitan el multilateralismo, focalizan los problemas regionales y agudizan la fragilidad financiera e incertidumbre global. La guerra comercial, la migración, las tensiones nucleares y el bajo crecimiento global son la expresión fáctica de este proceso de deterioro.

En este escenario México está envuelto en al menos dos dimensiones de la turbulencia global. Por un lado, es víctima de la guerra comercial de EU y también es país de tránsito en una migración creciente hacia ese país. Bajo la hegemonía del más fuerte y por razones estratégicas, México atiende el problema migratorio y busca consolidar el T MEC para poder estabilizar sus expectativas y se reactiven los planes de inversión de largo plazo, asumiendo el potencial manufacturero del país y su considerable mercado interno.

Al igual que EU, México busca establecer soberanías nacionales para reducir la vulnerabilidad en el entono internacional incierto y depender menos de las importaciones con base en una renovada producción nacional.

Este es el caso de los combustibles y el enfoque de soberanía energética, el cual va más allá de la propiedad de los recursos y el régimen de mercado, significa equiparar con otras economías los inventarios logísticos y aumentar el porcentaje de producción nacional de combustibles cercano al 80%. La soberanía alimentaria es otra dimensión de esta política nacionalista, la cual implica reactivar la producción agropecuaria y ser “autosuficientes” en alimentos.

El combate a la corrupción política, administrativa y económica es también un fenómeno global ante la crisis institucional de los países y los sistemas que catalizan los procesos económicos y sociales. La falta de acuerdo en el BREXIT es un claro ejemplo de la crisis institucional o los amagues autoritarios en EU en materia migratoria mediante órdenes ejecutivas. La persecución de ex presidentes en América del Sur y la crispación política que ello supone, mina las expectativas y genera incertidumbre sobre el futuro político de esas naciones.

En el caso de México, el combate a la corrupción es el eje de acción y reorganización institucional del Estado. Un cambio estructural de enfoque y de modelos operacionales, que poco a poco, desmantelan sistemas completos de desfalco y saqueo como el huachicol, de sistemas concentrados y de alta rentabilidad en la logística de distribución de medicinas y material de curación con ahorros y economías importantes para el gobierno, así como las medidas de austeridad que progresivamente desmantelan las estructuras de gobierno.

“Disculpe usted por las molestias generadas por el combate a la corrupción”, señala el presidente de México por el evidente frenón que le dio a la economía del país, por lo que le toca a la orientación del gasto público y su manera de ejercerlo. Sin detallar las bases de la “economía moral” como modelo de desarrollo, el presidente insiste que “ya nada es igual”, que se trata de un nuevo régimen que al menos ha logrado un cambio en la distribución del ingreso y que perfila proyectos compensatorios para disminuir la desigualdad regional y configurar un modelo de progreso con bienestar desde abajo, desde la base de la pirámide.

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