/ miércoles 21 de julio de 2021

Mover el abanico

Preocupado como se confiesa por el crédito o descrédito de su administración ante la historia, Andrés Manuel López Obrador acude a uno de sus recursos preferidos, la distracción de la realidad ante la opinión pública, abriendo anticipadamente el abanico de supuestos prospectos para la sucesión presidencial en artificial sujeción al logro o fracaso de la pacificación del país y el abatimiento de la delincuencia. Los efectos de esa maniobra eminentemente mediática pueden ser lesivos a la política y a los resultados de la autollamada cuarta transformación. De aquí en adelante todo lo que hagan o dejen de hacer los precandidatos del partido Morena, sus seguidores o sus adversarios, tendrá ante la opinión pública el cariz de campaña o de ataque al contendiente en un escenario agitado que en nada beneficia al desarrollo y a la solución de los graves problemas que enfrenta la sociedad.

La revelación de un catálogo de aspirantes a la presidencia no es una novedad en la política mexicana. La diferencia ahora es que se hace a destiempo, sin medir las divisiones y los conflictos entre grupos que la apertura del abanico provocará. No fue sino hasta el cuarto año del gobierno de Luis Echeverría cuando Leandro Rovirosa Wade, secretario de Recursos Hidráulicos, cumplió la encomienda de ser el destapador de siete precandidatos del PRI; José López Portillo se declaró el fiel de la balanza en la contienda por la candidatura que como ocurrió entonces, y sin duda se resolverá en el proceso para 2024 por una decisión personal del presidente de la República. A finales del gobierno de Miguel de la Madrid se organizó el desfile de precandidatos, bautizado como pasarela, en sesiones de presentación en la Cámara de Diputados. Los de antes, como el de ahora, fueron recursos para disfrazar lo que finalmente sería la designación, no del futuro presidente sino del candidato que dadas las circunstancias era considerado como el seguro ganador postulado por el partido mayoritario. Otra diferencia con el pasado es que la anticipación del destape de aspirantes la hace el propio presidente de la República y que no surge de manera natural frente a la expectación inevitable de la opinión pública. Que el presidente tiene decidido a quién corresponderá la candidatura de Morena en la próxima elección es un hecho incontrovertible que en procesos similares del pasado se mantuvo como una incógnita sólo resuelta en el momento del destape a cargo de alguno de los sectores del partido. López Obrador repite, sin en apariencia manifestarlo, el camino que lo condujo a la candidatura del partido del que es fundador. La decisión provocará no sólo inquietud prematura en la política del país, sino que está generando desde ahora rupturas y divisiones que provocarán rebeliones en más de uno de los precandidatos que optará por el camino de otros partidos en su aspiración política.

El recurso de distracción de López Obrador se antoja equivocado para los fines que persigue. Tantos años de marquesa y no saber mover el abanico, dice un gracioso y metafórico adagio para significar la incapacidad que se revela no obstante una aparente experiencia acumulada en el tiempo. Aun los críticos de López Obrador convienen en lo que sería extraordinaria sagacidad del presidente en materia política que lo situaría como un maestro de las maniobras en ese campo. La apertura del abanico de aspirantes a la candidatura de Morena desmiente desde ahora esa supuesta sabiduría en el manejo de la política. El distractor buscado con la temprana aparición del catálogo de aspirantes no esconderá los fracasos que hasta ahora ha tenido la política de abrazos y no balazos frente a la delincuencia. El crédito o descrédito previstos por López Obrador no dependen del escamoteo de la realidad del creciente fenómeno del crimen organizado, que no puede ocultarse ni disfrazarse ante los ojos de la nación.

sdelrio1934@gmail.com

Preocupado como se confiesa por el crédito o descrédito de su administración ante la historia, Andrés Manuel López Obrador acude a uno de sus recursos preferidos, la distracción de la realidad ante la opinión pública, abriendo anticipadamente el abanico de supuestos prospectos para la sucesión presidencial en artificial sujeción al logro o fracaso de la pacificación del país y el abatimiento de la delincuencia. Los efectos de esa maniobra eminentemente mediática pueden ser lesivos a la política y a los resultados de la autollamada cuarta transformación. De aquí en adelante todo lo que hagan o dejen de hacer los precandidatos del partido Morena, sus seguidores o sus adversarios, tendrá ante la opinión pública el cariz de campaña o de ataque al contendiente en un escenario agitado que en nada beneficia al desarrollo y a la solución de los graves problemas que enfrenta la sociedad.

La revelación de un catálogo de aspirantes a la presidencia no es una novedad en la política mexicana. La diferencia ahora es que se hace a destiempo, sin medir las divisiones y los conflictos entre grupos que la apertura del abanico provocará. No fue sino hasta el cuarto año del gobierno de Luis Echeverría cuando Leandro Rovirosa Wade, secretario de Recursos Hidráulicos, cumplió la encomienda de ser el destapador de siete precandidatos del PRI; José López Portillo se declaró el fiel de la balanza en la contienda por la candidatura que como ocurrió entonces, y sin duda se resolverá en el proceso para 2024 por una decisión personal del presidente de la República. A finales del gobierno de Miguel de la Madrid se organizó el desfile de precandidatos, bautizado como pasarela, en sesiones de presentación en la Cámara de Diputados. Los de antes, como el de ahora, fueron recursos para disfrazar lo que finalmente sería la designación, no del futuro presidente sino del candidato que dadas las circunstancias era considerado como el seguro ganador postulado por el partido mayoritario. Otra diferencia con el pasado es que la anticipación del destape de aspirantes la hace el propio presidente de la República y que no surge de manera natural frente a la expectación inevitable de la opinión pública. Que el presidente tiene decidido a quién corresponderá la candidatura de Morena en la próxima elección es un hecho incontrovertible que en procesos similares del pasado se mantuvo como una incógnita sólo resuelta en el momento del destape a cargo de alguno de los sectores del partido. López Obrador repite, sin en apariencia manifestarlo, el camino que lo condujo a la candidatura del partido del que es fundador. La decisión provocará no sólo inquietud prematura en la política del país, sino que está generando desde ahora rupturas y divisiones que provocarán rebeliones en más de uno de los precandidatos que optará por el camino de otros partidos en su aspiración política.

El recurso de distracción de López Obrador se antoja equivocado para los fines que persigue. Tantos años de marquesa y no saber mover el abanico, dice un gracioso y metafórico adagio para significar la incapacidad que se revela no obstante una aparente experiencia acumulada en el tiempo. Aun los críticos de López Obrador convienen en lo que sería extraordinaria sagacidad del presidente en materia política que lo situaría como un maestro de las maniobras en ese campo. La apertura del abanico de aspirantes a la candidatura de Morena desmiente desde ahora esa supuesta sabiduría en el manejo de la política. El distractor buscado con la temprana aparición del catálogo de aspirantes no esconderá los fracasos que hasta ahora ha tenido la política de abrazos y no balazos frente a la delincuencia. El crédito o descrédito previstos por López Obrador no dependen del escamoteo de la realidad del creciente fenómeno del crimen organizado, que no puede ocultarse ni disfrazarse ante los ojos de la nación.

sdelrio1934@gmail.com