/ domingo 2 de agosto de 2020

Pandemia de desconfianza

Todo indica que esta crisis se ha llevado este año por delante y apenas veremos la luz al final del túnel hasta muy cerca de que termine el 2020. Es decir, la contingencia y las medidas sanitarias, con el riesgo de un rebrote o de nuevos periodos de confinamiento, seguirán presentes hasta que no tomemos una decisión social, generalizada, de cuidar y cuidarnos entre todas y todos.

Lo que al inicio de esta inédita crisis se veía como una oportunidad única para mejorar como sociedad, hoy provoca enormes dudas sobre la manera en que nos solidarizamos y podemos organizarnos para enfrentar lo desconocido. Por los resultados hasta el momento de contagios y la velocidad con la que disminuye la pandemia, parece que nos hemos puesto el pie solos.

Con una estrategia federal para no saturar hospitales y hacer voluntarias las acciones que podían confinar el virus y romper su cadena de transmisión, las y los mexicanos tuvimos que quedarnos en nuestros hogares a inicio de un marzo que se ve lejano, ahora que ya entramos en agosto, y -a pesar de ello- las recomendaciones de no salir y no estar en grupo siguen siendo las principales peticiones para tratar de evitar el crecimiento de los contagios.

Incluso el uso de cubrebocas, un debate más político que científico en estos momentos, es una sugerencia que, tristemente, se ha tenido que reforzar todo el tiempo, ante la inútil discusión de si es o no efectivo. Aquí, la ciudadanía ya podría (podríamos) tomar una determinación y usarlo no sólo como medida de higiene, sino de ejemplo para regular a otros que lo siguen empleando como una especie de molesto babero o, de plano, no consideran llevarlo puesto.

De la misma forma en que condenamos socialmente a quien fuma en un lugar cerrado, bien podríamos impulsar los hábitos que nos ayudarían a sobrellevar un año que será recordado durante mucho tiempo por sus estragos, por la pérdida de vidas y por la debilidad de nuestros sistemas de salud a manos de malas políticas públicas y de la corrupción.

No debemos olvidar que también esta crisis nos pegó de frente por ocupar varios de los primeros lugares en el mundo en enfermedades crónicas, obesidad, diabetes y demás padecimientos, que permiten a este virus ensañarse con quienes se nutren mal o abusan de los azúcares y carbohidratos, omnipresentes en la dieta actual de nuestra población.

Esta mezcla de condiciones nos tiene en una curva que no se achata y que mantiene un ascenso; de nuevo, todavía podemos hacer muchas cosas, pero antes debemos vencer la otra pandemia, la de falta de confianza, que impide colaborar con las instituciones que tenemos, entre nosotros mismos, y hasta adoptar nuevos hábitos de manera personal.

Porque en el mundo de la desconfianza nada es cierto y todo puede ponerse en duda (cuando no nos consideramos expertos en cualquier tema y decidimos con base en información parcial o falsa que nos llega por redes sociales) en ese escenario, los llamados de las autoridades sanitarias cada vez tendrán menos impacto en una población adicionalmente cansada, bajo mucha presión económica y sin recursos disponibles para aguantar otra temporada de aislamiento voluntario.

Apenas tuvimos los números sobre la caída del PIB y el panorama es poco alentador. Esperemos que la estrategia gubernamental dé los resultados esperados y los segmentos de la población que están recibiendo recursos, en lugar de otros sectores económicos como se había hecho en otras crisis, puedan mantenerse a flote y resistan durante el último cuatrimestre de este complejo año.

Sin embargo, estamos ya en un terreno donde el control lo debemos tomar desde nuestros hogares, buscando la colaboración con familiares, vecinos y colegas. Estamos en una situación donde la pandemia de salud se complica por nuestra enfermedad nacional que es la falta de confianza, que se nutre por la ausencia de credibilidad en casi todas nuestras instituciones.

Revertir esta desconfianza es vital para aminorar el impacto de las crisis sanitaria y económica, al menos hasta que la mayor parte de la población tenga acceso a una vacuna o a un tratamiento efectivo contra la enfermedad Covid-19 y para eso faltan muchos meses. Actuemos.




Experto en segurida pública

Todo indica que esta crisis se ha llevado este año por delante y apenas veremos la luz al final del túnel hasta muy cerca de que termine el 2020. Es decir, la contingencia y las medidas sanitarias, con el riesgo de un rebrote o de nuevos periodos de confinamiento, seguirán presentes hasta que no tomemos una decisión social, generalizada, de cuidar y cuidarnos entre todas y todos.

Lo que al inicio de esta inédita crisis se veía como una oportunidad única para mejorar como sociedad, hoy provoca enormes dudas sobre la manera en que nos solidarizamos y podemos organizarnos para enfrentar lo desconocido. Por los resultados hasta el momento de contagios y la velocidad con la que disminuye la pandemia, parece que nos hemos puesto el pie solos.

Con una estrategia federal para no saturar hospitales y hacer voluntarias las acciones que podían confinar el virus y romper su cadena de transmisión, las y los mexicanos tuvimos que quedarnos en nuestros hogares a inicio de un marzo que se ve lejano, ahora que ya entramos en agosto, y -a pesar de ello- las recomendaciones de no salir y no estar en grupo siguen siendo las principales peticiones para tratar de evitar el crecimiento de los contagios.

Incluso el uso de cubrebocas, un debate más político que científico en estos momentos, es una sugerencia que, tristemente, se ha tenido que reforzar todo el tiempo, ante la inútil discusión de si es o no efectivo. Aquí, la ciudadanía ya podría (podríamos) tomar una determinación y usarlo no sólo como medida de higiene, sino de ejemplo para regular a otros que lo siguen empleando como una especie de molesto babero o, de plano, no consideran llevarlo puesto.

De la misma forma en que condenamos socialmente a quien fuma en un lugar cerrado, bien podríamos impulsar los hábitos que nos ayudarían a sobrellevar un año que será recordado durante mucho tiempo por sus estragos, por la pérdida de vidas y por la debilidad de nuestros sistemas de salud a manos de malas políticas públicas y de la corrupción.

No debemos olvidar que también esta crisis nos pegó de frente por ocupar varios de los primeros lugares en el mundo en enfermedades crónicas, obesidad, diabetes y demás padecimientos, que permiten a este virus ensañarse con quienes se nutren mal o abusan de los azúcares y carbohidratos, omnipresentes en la dieta actual de nuestra población.

Esta mezcla de condiciones nos tiene en una curva que no se achata y que mantiene un ascenso; de nuevo, todavía podemos hacer muchas cosas, pero antes debemos vencer la otra pandemia, la de falta de confianza, que impide colaborar con las instituciones que tenemos, entre nosotros mismos, y hasta adoptar nuevos hábitos de manera personal.

Porque en el mundo de la desconfianza nada es cierto y todo puede ponerse en duda (cuando no nos consideramos expertos en cualquier tema y decidimos con base en información parcial o falsa que nos llega por redes sociales) en ese escenario, los llamados de las autoridades sanitarias cada vez tendrán menos impacto en una población adicionalmente cansada, bajo mucha presión económica y sin recursos disponibles para aguantar otra temporada de aislamiento voluntario.

Apenas tuvimos los números sobre la caída del PIB y el panorama es poco alentador. Esperemos que la estrategia gubernamental dé los resultados esperados y los segmentos de la población que están recibiendo recursos, en lugar de otros sectores económicos como se había hecho en otras crisis, puedan mantenerse a flote y resistan durante el último cuatrimestre de este complejo año.

Sin embargo, estamos ya en un terreno donde el control lo debemos tomar desde nuestros hogares, buscando la colaboración con familiares, vecinos y colegas. Estamos en una situación donde la pandemia de salud se complica por nuestra enfermedad nacional que es la falta de confianza, que se nutre por la ausencia de credibilidad en casi todas nuestras instituciones.

Revertir esta desconfianza es vital para aminorar el impacto de las crisis sanitaria y económica, al menos hasta que la mayor parte de la población tenga acceso a una vacuna o a un tratamiento efectivo contra la enfermedad Covid-19 y para eso faltan muchos meses. Actuemos.




Experto en segurida pública

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