/ miércoles 24 de junio de 2020

Pandemia y terremoto: flagelos de la Humanidad

En México, el martes 23 de junio a las 10.33 horas la tierra tembló, se movió, se quejó. Y nosotros, pequeños seres humanos que vivimos en su corteza, nos asustamos. Los científicos asignaron el número 7.1 a la magnitud del movimiento, de acuerdo a la escala del estadounidense Charles Francis Richter. Oaxaca fue la entidad de origen, y repercutió en varios estados del pacífico y del centro del país. La Ciudad de México, por su gran población, sufrió de gran alarma.

Este sismo tiene especial significación en la vida de nuestro país porque estamos transcurriendo por un fenómeno llamado pandemia, que azota a la humanidad entera desde diciembre de 2019. Esta plaga se ha extendido por toda la tierra, y en México ya ha causado más de 185 mil contagiados, y más de 22 mil fallecidos.

Por ello, conjuntar y soportar dos grandes calamidades supone un gran esfuerzo para nuestro pueblo y un gran pesar para nuestras almas.

Aun cuando en el campo científico se comente que conocemos mejor los procesos que tienen lugar en la superficie de la Luna que lo que sucede a escasos centenares de metros por debajo de nuestros pies, lo cierto es que, desde su aparición en este planeta, la especie humana ha estado acompañada de una vibración destructiva producida por la Madre Naturaleza.

La sabiduría milenaria aconseja mantener el ánimo sereno ante las sacudidas telúricas, repentinas, bruscas y aterradoras. Pero el recuerdo amargo permanece cuando la experiencia personal nos ata a un destino imprevisible.

Los sabios insisten en la advertencia: ninguna precaución es exagerada cuando el peligro de los fenómenos meteorológicos toca todas las puertas. ¿Cómo buscar el equilibrio interno -digo yo- si la confusión brumosa y el desconcierto total impiden la claridad del pensamiento y la tranquilidad espiritual?

Según se dice, hace mucho tiempo un continente completo -la Atlántida, su vida, su cultura, sus proyectos y realizaciones, sus expectativas- desapareció en las profundidades del océano. Entonces, los griegos incorporaron al lenguaje -la sangre de la cultura- la palabra CATÁSTROFE (katastrophé) la expresión de la máxima violencia, lo funesto generalizado, la desgracia y el desastre total provocado por el poder abrumador de la naturaleza: el CATACLISMO.

Haroun Tazieff (1914-1998) renombrado geólogo francés de origen polaco, nos hizo ver la hipótesis de que los actuales continentes provienen de una gran y única masa de tierra emergida (pangaea o pangea), que ha ido disgregándose gradualmente en bloques que se alejan unos de otros. Ante los efectos de un terremoto, las cifras adquieren un significado siniestro. Magnitud e intensidad son parámetros que miden la violencia intrínseca de un terremoto, desde daños leves hasta el colapso total.

Como lo mencioné, Charles Richter, junto con el italiano Giuseppe Mercalli son los nombres de los dos científicos que están asociados a las escalas de la destrucción. ¿Cómo no prestar atención a los daños causados por los terremotos recientes en varias partes del mundo, citando los 9 grados en Japón y Haití, y en México el de los dos días 19 de septiembre (1985 y 2017) con sus grados sísmicos?

Para nosotros, quienes vivimos 1985 fue un terrible recuerdo, una regresión a un estado mental; retrocedimos inconsciente y psicológicamente a las escenas dantescas de una ciudad destruida en grandes zonas y con pérdidas de más de 10 mil vidas. Las tan traídas y llevadas alarmas valieron, como se dice, sombrilla.

Personalmente recuerdo la TOTAL oscuridad de la avenida Juárez en las noches del 19, 20 y 21 de septiembre. Me desempeñaba en la Procuraduría General de la República, y mi oficina estaba en la calle de López, casi esquina con la avenida Juárez. Salir y otear aquella oscuridad estremecía. No había luminarias. Toda la avenida estaba colapsada por lo cual no había circulación de vehículos. A lo lejos se divisaban los destellos de las linternas de quienes intentaban rescatar personas entre los escombros. Negritud. Tampoco sonidos, sólo el ulular de una ambulancia en alguna calle aledaña. Parecía una ciudad bombardeada. Esos recuerdos los llevo profundamente grabados en la mente porque son experiencias únicas.

Actualmente hay sismógrafos en las costas del Estado de Guerrero que alertan, con 50 segundos de anticipación, que se ha iniciado un sismo. Lo que es imperdonable es que no haya muchos más sensores que alerten lo que viene y que repercute en la gran Ciudad de México.

Pero por décadas fue imperdonable la burla descarada al Reglamento de Construcciones modificado después de 1985. En estos 35 años se han levantado cientos de edificios que no solo jalan agua, energía eléctrica, espacios públicos del resto de la población, sino que han puesto en peligro mortal a sus nuevos inquilinos.

Debemos mantener la cordura y cobrar más paciencia. Es muy importante que, ante estos dos grandes flagelos seamos tranquilos y racionales. La mente superior del hombre debe guiar nuestras acciones con pensamientos armoniosos y positivos.

No debemos hundirnos en la desesperanza. El año 2020 apenas llega a su mitad. Tenemos que alcanzar el fin para ver un nuevo año y un nuevo sol. Nuestra vida seguirá limpia y serena siempre y cuando seamos capaces de mirar al cielo y pedir un deseo.

pacofonn@yahoo.com.mx

En México, el martes 23 de junio a las 10.33 horas la tierra tembló, se movió, se quejó. Y nosotros, pequeños seres humanos que vivimos en su corteza, nos asustamos. Los científicos asignaron el número 7.1 a la magnitud del movimiento, de acuerdo a la escala del estadounidense Charles Francis Richter. Oaxaca fue la entidad de origen, y repercutió en varios estados del pacífico y del centro del país. La Ciudad de México, por su gran población, sufrió de gran alarma.

Este sismo tiene especial significación en la vida de nuestro país porque estamos transcurriendo por un fenómeno llamado pandemia, que azota a la humanidad entera desde diciembre de 2019. Esta plaga se ha extendido por toda la tierra, y en México ya ha causado más de 185 mil contagiados, y más de 22 mil fallecidos.

Por ello, conjuntar y soportar dos grandes calamidades supone un gran esfuerzo para nuestro pueblo y un gran pesar para nuestras almas.

Aun cuando en el campo científico se comente que conocemos mejor los procesos que tienen lugar en la superficie de la Luna que lo que sucede a escasos centenares de metros por debajo de nuestros pies, lo cierto es que, desde su aparición en este planeta, la especie humana ha estado acompañada de una vibración destructiva producida por la Madre Naturaleza.

La sabiduría milenaria aconseja mantener el ánimo sereno ante las sacudidas telúricas, repentinas, bruscas y aterradoras. Pero el recuerdo amargo permanece cuando la experiencia personal nos ata a un destino imprevisible.

Los sabios insisten en la advertencia: ninguna precaución es exagerada cuando el peligro de los fenómenos meteorológicos toca todas las puertas. ¿Cómo buscar el equilibrio interno -digo yo- si la confusión brumosa y el desconcierto total impiden la claridad del pensamiento y la tranquilidad espiritual?

Según se dice, hace mucho tiempo un continente completo -la Atlántida, su vida, su cultura, sus proyectos y realizaciones, sus expectativas- desapareció en las profundidades del océano. Entonces, los griegos incorporaron al lenguaje -la sangre de la cultura- la palabra CATÁSTROFE (katastrophé) la expresión de la máxima violencia, lo funesto generalizado, la desgracia y el desastre total provocado por el poder abrumador de la naturaleza: el CATACLISMO.

Haroun Tazieff (1914-1998) renombrado geólogo francés de origen polaco, nos hizo ver la hipótesis de que los actuales continentes provienen de una gran y única masa de tierra emergida (pangaea o pangea), que ha ido disgregándose gradualmente en bloques que se alejan unos de otros. Ante los efectos de un terremoto, las cifras adquieren un significado siniestro. Magnitud e intensidad son parámetros que miden la violencia intrínseca de un terremoto, desde daños leves hasta el colapso total.

Como lo mencioné, Charles Richter, junto con el italiano Giuseppe Mercalli son los nombres de los dos científicos que están asociados a las escalas de la destrucción. ¿Cómo no prestar atención a los daños causados por los terremotos recientes en varias partes del mundo, citando los 9 grados en Japón y Haití, y en México el de los dos días 19 de septiembre (1985 y 2017) con sus grados sísmicos?

Para nosotros, quienes vivimos 1985 fue un terrible recuerdo, una regresión a un estado mental; retrocedimos inconsciente y psicológicamente a las escenas dantescas de una ciudad destruida en grandes zonas y con pérdidas de más de 10 mil vidas. Las tan traídas y llevadas alarmas valieron, como se dice, sombrilla.

Personalmente recuerdo la TOTAL oscuridad de la avenida Juárez en las noches del 19, 20 y 21 de septiembre. Me desempeñaba en la Procuraduría General de la República, y mi oficina estaba en la calle de López, casi esquina con la avenida Juárez. Salir y otear aquella oscuridad estremecía. No había luminarias. Toda la avenida estaba colapsada por lo cual no había circulación de vehículos. A lo lejos se divisaban los destellos de las linternas de quienes intentaban rescatar personas entre los escombros. Negritud. Tampoco sonidos, sólo el ulular de una ambulancia en alguna calle aledaña. Parecía una ciudad bombardeada. Esos recuerdos los llevo profundamente grabados en la mente porque son experiencias únicas.

Actualmente hay sismógrafos en las costas del Estado de Guerrero que alertan, con 50 segundos de anticipación, que se ha iniciado un sismo. Lo que es imperdonable es que no haya muchos más sensores que alerten lo que viene y que repercute en la gran Ciudad de México.

Pero por décadas fue imperdonable la burla descarada al Reglamento de Construcciones modificado después de 1985. En estos 35 años se han levantado cientos de edificios que no solo jalan agua, energía eléctrica, espacios públicos del resto de la población, sino que han puesto en peligro mortal a sus nuevos inquilinos.

Debemos mantener la cordura y cobrar más paciencia. Es muy importante que, ante estos dos grandes flagelos seamos tranquilos y racionales. La mente superior del hombre debe guiar nuestras acciones con pensamientos armoniosos y positivos.

No debemos hundirnos en la desesperanza. El año 2020 apenas llega a su mitad. Tenemos que alcanzar el fin para ver un nuevo año y un nuevo sol. Nuestra vida seguirá limpia y serena siempre y cuando seamos capaces de mirar al cielo y pedir un deseo.

pacofonn@yahoo.com.mx

sábado 08 de agosto de 2020

Los brazos inmensos de la vida

sábado 01 de agosto de 2020

Una lección de heroísmo

viernes 31 de julio de 2020

El diente frío

martes 28 de julio de 2020

Julio de 1811: La muerte de Hidalgo

sábado 25 de julio de 2020

Los ojos del tiempo

sábado 18 de julio de 2020

Una fábula de Esopo

sábado 11 de julio de 2020

El Rey Midas vive

sábado 04 de julio de 2020

Cultura: La única opción

sábado 27 de junio de 2020

Atentado

Cargar Más