/ miércoles 1 de septiembre de 2021

Parque Sí, Banco No

Durante 8 años viví en la Colonia Mirador, de Coyoacán. A unos metros de mi domicilio había una pequeña área verde, 3,500 metros cuadrados, completamente abierta, árboles y pasto. Poco a poco llegó una cancha de piso duro, dos edificaciones, un templete y sus caminos de acceso. Es un área útil para la comunidad, pero no podemos decir que se trate de un parque. Cuando repasamos lo que ha ocurrido en la ciudad con espacios similares, descubrimos que esta historia se repite.

Hace unos días, vecinos de la colonia San Diego Churubusco protestaron por la construcción de una sucursal del Banco de Bienestar, en el perímetro de un parque que lleva cerrado casi el mismo tiempo que la pandemia. Sólo abrió para que le tumbaran la barda, aún cuando el uso de suelo es “Espacio Abierto”, en el que sólo podría edificarse una caseta de vigilancia.

Los casos de Mirador y de San Diego Churubusco no son aislados. En realidad, poco a poco todos los parques han recibido instalaciones que reducen las áreas verdes. Quizá no todas provienen de decisiones gubernamentales, a veces también de programas como presupuesto participativo. No somos capaces de considerar como sagrados estos espacios, a la vez que no existen muchas alternativas para que los vecinos propongan instalaciones, como foros y espacios comunitarios, que no reduzcan las áreas verdes.

Sin duda deberíamos repasar las posibilidades de este instrumento para que dejemos de tocar las áreas verdes y las edificaciones de servicio a la comunidad se puedan hacer en espacios adicionales a los parques existentes y no en ellos.

Está claro que ciertos lugares como los viveros no darían cabida a canchas o templetes. Al ser entendidos como Zonas Federales, sabemos que no se pueden tocar, y eso es bueno. Pero no tenemos la misma percepción en la mayoría de los parques urbanos, así que poco a poco los saturamos de instalaciones, aunque de por sí sean pequeños e insuficientes. Deberíamos establecer reglas más estrictas para no permitir nuevas instalaciones al interior de los parques, a la vez que se facilite que en los espacios aledaños se le gane terreno al automóvil.

Quien debería velar por los parques, plazas y jardines, frente a cualquier planteamiento de instalaciones en su interior son las alcaldías y el gobierno central. El hecho de que, sin tener el uso de suelo, cuando están por entrar las nuevas alcaldías, se plantee reemplazar una cancha de basquetbol en el Parque Xicoténcatl por una sucursal de un banco que naturalmente podría estar en mil lugares más adecuados que ese, marca no sólo prepotencia e insensibilidad de quienes hayan dado autorizaciones o instrucciones, sino que en realidad carecemos de elementos regulatorios e institucionales para proteger la integridad de los espacios públicos.

De esta forma, mediante procesos institucionales, no sólo evitaremos que un burócrata, desde la genialidad de su escritorio mande construir un banco en donde hay parque, sino que también las necesidades de la comunidad se armonicen con la preservación de los espacios recreativos. Necesitamos reglas de carácter general para que todos los parques urbanos pongan límites, y que establezcan consecuencias cuando servidores públicos no respeten las áreas verdes y recreativas, como acaba de suceder en el Parque Xicoténcatl.


Durante 8 años viví en la Colonia Mirador, de Coyoacán. A unos metros de mi domicilio había una pequeña área verde, 3,500 metros cuadrados, completamente abierta, árboles y pasto. Poco a poco llegó una cancha de piso duro, dos edificaciones, un templete y sus caminos de acceso. Es un área útil para la comunidad, pero no podemos decir que se trate de un parque. Cuando repasamos lo que ha ocurrido en la ciudad con espacios similares, descubrimos que esta historia se repite.

Hace unos días, vecinos de la colonia San Diego Churubusco protestaron por la construcción de una sucursal del Banco de Bienestar, en el perímetro de un parque que lleva cerrado casi el mismo tiempo que la pandemia. Sólo abrió para que le tumbaran la barda, aún cuando el uso de suelo es “Espacio Abierto”, en el que sólo podría edificarse una caseta de vigilancia.

Los casos de Mirador y de San Diego Churubusco no son aislados. En realidad, poco a poco todos los parques han recibido instalaciones que reducen las áreas verdes. Quizá no todas provienen de decisiones gubernamentales, a veces también de programas como presupuesto participativo. No somos capaces de considerar como sagrados estos espacios, a la vez que no existen muchas alternativas para que los vecinos propongan instalaciones, como foros y espacios comunitarios, que no reduzcan las áreas verdes.

Sin duda deberíamos repasar las posibilidades de este instrumento para que dejemos de tocar las áreas verdes y las edificaciones de servicio a la comunidad se puedan hacer en espacios adicionales a los parques existentes y no en ellos.

Está claro que ciertos lugares como los viveros no darían cabida a canchas o templetes. Al ser entendidos como Zonas Federales, sabemos que no se pueden tocar, y eso es bueno. Pero no tenemos la misma percepción en la mayoría de los parques urbanos, así que poco a poco los saturamos de instalaciones, aunque de por sí sean pequeños e insuficientes. Deberíamos establecer reglas más estrictas para no permitir nuevas instalaciones al interior de los parques, a la vez que se facilite que en los espacios aledaños se le gane terreno al automóvil.

Quien debería velar por los parques, plazas y jardines, frente a cualquier planteamiento de instalaciones en su interior son las alcaldías y el gobierno central. El hecho de que, sin tener el uso de suelo, cuando están por entrar las nuevas alcaldías, se plantee reemplazar una cancha de basquetbol en el Parque Xicoténcatl por una sucursal de un banco que naturalmente podría estar en mil lugares más adecuados que ese, marca no sólo prepotencia e insensibilidad de quienes hayan dado autorizaciones o instrucciones, sino que en realidad carecemos de elementos regulatorios e institucionales para proteger la integridad de los espacios públicos.

De esta forma, mediante procesos institucionales, no sólo evitaremos que un burócrata, desde la genialidad de su escritorio mande construir un banco en donde hay parque, sino que también las necesidades de la comunidad se armonicen con la preservación de los espacios recreativos. Necesitamos reglas de carácter general para que todos los parques urbanos pongan límites, y que establezcan consecuencias cuando servidores públicos no respeten las áreas verdes y recreativas, como acaba de suceder en el Parque Xicoténcatl.


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