/ martes 19 de mayo de 2020

Política energética nacionalista

Mientras en todo el mundo se plantea la necesidad de que los Estados nacionales aseguren su autosuficiencia en diversas materias, en nuestro país una oleada de neoliberalismo se ha lanzado contra el gobierno por el acuerdo que busca proteger nuestro sistema eléctrico porque ven desvanecerse sus expectativas de ganancias fabulosas basadas en la colonización de los sistemas energéticos de los países en desarrollo.


Si estos tienen que dejar de lado los compromisos para combatir el cambio climático —del que por cierto no son responsables, como sí lo han sido aquellos países que llegaron antes a la industrialización— e incluso, considerar el posible abandono del Acuerdo de París, eso se justificaría, ya que lo más importante es asegurar el autoabastecimiento energético.

México, dispone de las bases para alcanzarlo; si es preciso quemar el combustóleo producido en nuestras refinerías para generar energía eléctrica, lo ilógico sería no hacerlo y desperdiciar un insumo disponible. Todavía hay quien se deslumbra con los espejitos que nos ofrecen desde fuera para quedarse con nuestros tesoros y mantenernos luego bajo el yugo de su capacidad de control.


La defensa de la energía limpia esconde el interés de la inversión extranjera. Se pregona que tal energía sería más barata, cuando la realidad demuestra que la generación privada busca la obtención de dividendos para los accionistas, no abaratar el precio y menos cuando otorga a los generadores el dominio del mercado. Habría que preguntar a los chilenos qué piensan de su sector eléctrico totalmente privatizado que les hace pagar una de las tarifas más caras de Latinoamérica.


Cualquiera que sea la fuente energética utilizada, el abastecimiento por empresas privadas siempre tratará de obtener los máximos beneficios a costa de los consumidores. Así sucedió con el gas natural que se introdujo como la panacea para obtener ahorros en el consumo del gas doméstico y lo que ha generado es una dependencia absoluta de las instalaciones del gas natural que operan como un verdadero monopolio imponiendo sus condiciones a los consumidores que ya no pueden fácilmente echarse para atrás.


México hace bien defendiendo su soberanía energética; es la mejor política que se debió aplicar desde hace muchos año y, sin embargo, se abandonó. La Constitución estableció indebidamente una apertura a la inversión privada en el sector energético pero no la obligación de continuar aplicando esa política de entrega de nuestros recursos. A nadie debe sorprender la contención de la reforma energética. El Presidente López Obrador desde su campaña anunció su oposición a la mentada reforma. Evidentemente no es fácil echar atrás los preceptos constitucionales en esta materia pero sí es posible frenar la ocupación de nuestro sector energético por el capital extranjero.


Las pretensiones de este se encuentran tras las cartas de los embajadores que se quejan porque las expectativas de ganancias en inversiones que todavía no han hecho se les vienen abajo. Inversiones, por cierto ventajosas, pues se basan en aprovechar las líneas ya instaladas con recursos públicos para la distribución de la energía que producirá ganancias privadas. Los propósitos de esta embestida neoliberal no parecen responder a la reversión de esa tendencia. El número de esta semana de la de revista The Economist plantea como la globalización va en retirada. Los gobiernos nacionales han vuelto a tomar la conducción de sus políticas y entre ellas está, por una parte, la posibilidad de emitir su propio dinero para cubrir las necesidades de financiamiento y por otra, los países que tienen la fortuna de contar con fuentes energéticas propias, como México, lo mejor que pueden hacer es defenderlas, preservarlas y utilizarlas.


El círculo virtuoso de la extracción de combustibles y la producción de energía eléctrica es algo que no debemos perder. Bienvenida incluso la posibilidad de desarrollar nuestras propias energías limpias pero siempre a partir de la acción monopólica del sector público. Así se diseñó desde los mejores momentos de los gobiernos revolucionarios. La energía debe estar controlada por el Estado nacional para asegurar la provisión de un elemento sustancial, indispensable y estratégico, evitando nuestra dependencia del exterior. Al respecto habría que pensar también en que la industria farmacéutica debería ser controlada mundialmente por una instancia intergubernamental y manejada de manera tal que nos asegure para el futuro frente a amenazas como el coronavirus. Las generaciones formadas en la educación basada en el nacionalismo, sabemos que estas ideas, a las que se pretende descalificar como pasadas de moda, nos dieron resultados: la expropiación de la industria petrolera por Cárdenas y la nacionalización de la eléctrica impulsada por Adolfo López Mateos fueron de utilidad para el país y se les ha querido desmontar para fines privados. Es hora de recuperar la visión nacionalista en bien de Mexico.



eduardoandrade1948@gmail.com

Mientras en todo el mundo se plantea la necesidad de que los Estados nacionales aseguren su autosuficiencia en diversas materias, en nuestro país una oleada de neoliberalismo se ha lanzado contra el gobierno por el acuerdo que busca proteger nuestro sistema eléctrico porque ven desvanecerse sus expectativas de ganancias fabulosas basadas en la colonización de los sistemas energéticos de los países en desarrollo.


Si estos tienen que dejar de lado los compromisos para combatir el cambio climático —del que por cierto no son responsables, como sí lo han sido aquellos países que llegaron antes a la industrialización— e incluso, considerar el posible abandono del Acuerdo de París, eso se justificaría, ya que lo más importante es asegurar el autoabastecimiento energético.

México, dispone de las bases para alcanzarlo; si es preciso quemar el combustóleo producido en nuestras refinerías para generar energía eléctrica, lo ilógico sería no hacerlo y desperdiciar un insumo disponible. Todavía hay quien se deslumbra con los espejitos que nos ofrecen desde fuera para quedarse con nuestros tesoros y mantenernos luego bajo el yugo de su capacidad de control.


La defensa de la energía limpia esconde el interés de la inversión extranjera. Se pregona que tal energía sería más barata, cuando la realidad demuestra que la generación privada busca la obtención de dividendos para los accionistas, no abaratar el precio y menos cuando otorga a los generadores el dominio del mercado. Habría que preguntar a los chilenos qué piensan de su sector eléctrico totalmente privatizado que les hace pagar una de las tarifas más caras de Latinoamérica.


Cualquiera que sea la fuente energética utilizada, el abastecimiento por empresas privadas siempre tratará de obtener los máximos beneficios a costa de los consumidores. Así sucedió con el gas natural que se introdujo como la panacea para obtener ahorros en el consumo del gas doméstico y lo que ha generado es una dependencia absoluta de las instalaciones del gas natural que operan como un verdadero monopolio imponiendo sus condiciones a los consumidores que ya no pueden fácilmente echarse para atrás.


México hace bien defendiendo su soberanía energética; es la mejor política que se debió aplicar desde hace muchos año y, sin embargo, se abandonó. La Constitución estableció indebidamente una apertura a la inversión privada en el sector energético pero no la obligación de continuar aplicando esa política de entrega de nuestros recursos. A nadie debe sorprender la contención de la reforma energética. El Presidente López Obrador desde su campaña anunció su oposición a la mentada reforma. Evidentemente no es fácil echar atrás los preceptos constitucionales en esta materia pero sí es posible frenar la ocupación de nuestro sector energético por el capital extranjero.


Las pretensiones de este se encuentran tras las cartas de los embajadores que se quejan porque las expectativas de ganancias en inversiones que todavía no han hecho se les vienen abajo. Inversiones, por cierto ventajosas, pues se basan en aprovechar las líneas ya instaladas con recursos públicos para la distribución de la energía que producirá ganancias privadas. Los propósitos de esta embestida neoliberal no parecen responder a la reversión de esa tendencia. El número de esta semana de la de revista The Economist plantea como la globalización va en retirada. Los gobiernos nacionales han vuelto a tomar la conducción de sus políticas y entre ellas está, por una parte, la posibilidad de emitir su propio dinero para cubrir las necesidades de financiamiento y por otra, los países que tienen la fortuna de contar con fuentes energéticas propias, como México, lo mejor que pueden hacer es defenderlas, preservarlas y utilizarlas.


El círculo virtuoso de la extracción de combustibles y la producción de energía eléctrica es algo que no debemos perder. Bienvenida incluso la posibilidad de desarrollar nuestras propias energías limpias pero siempre a partir de la acción monopólica del sector público. Así se diseñó desde los mejores momentos de los gobiernos revolucionarios. La energía debe estar controlada por el Estado nacional para asegurar la provisión de un elemento sustancial, indispensable y estratégico, evitando nuestra dependencia del exterior. Al respecto habría que pensar también en que la industria farmacéutica debería ser controlada mundialmente por una instancia intergubernamental y manejada de manera tal que nos asegure para el futuro frente a amenazas como el coronavirus. Las generaciones formadas en la educación basada en el nacionalismo, sabemos que estas ideas, a las que se pretende descalificar como pasadas de moda, nos dieron resultados: la expropiación de la industria petrolera por Cárdenas y la nacionalización de la eléctrica impulsada por Adolfo López Mateos fueron de utilidad para el país y se les ha querido desmontar para fines privados. Es hora de recuperar la visión nacionalista en bien de Mexico.



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