/ miércoles 6 de julio de 2022

Puebla mi reflejo

Durante las últimas semanas, he adquirido hábitos de escritura para bien y para mal. Por los días, paseo entre calles; admiro fachadas. Tomo fotos para referencia postrera y hago notas mentales del paisaje citadino. Al caer la noche, regreso al hotel o posada de aquel entonces; saco mi computadora, empiezo a teclear. En mi cabeza, he formado alguna historia del deambular. Basta con un par de horas para escribirla toda; una más para editar. Siempre tengo dos propósitos sin importar del lugar: reflejar aquello que he sentido al encontrarme con sus relieves y, a su vez, contar una realidad más profunda. Esto último me aquieta y me excita. Es el sueño de todo autor. Tomar la ciudad como herramienta para dejar al lector con enseñanzas de vida. Hacer filosofía de mis visitas; encontrar poesía en trastiendas y casonas.

Mas hoy quiero ser honesto; la realidad me impide contar cuentos. Por más que lo quiero, las palabras quedan cortas. La ciudad me ha dejado sin historias magnánimas. Impresiones fueron muchas; mensajes muy pocos. Solo tengo un reflejo propio. Pienso, pienso y pienso; no veo coherencia fuera de ello. Aún siendo una gran metrópoli, Puebla es la ciudad de los espejos. En ella veo mi escritura y en ella entiendo sus portentos. Cual cazador esperanzado, salí a tus calles listo para encontrar un ensayo nuevo. Me temo el flechazo ha caído en mi lomo. El aleccionado fui yo mismo; el viaje me encontró desprovisto. No sé si el lector ganará de estas páginas, pero al menos sé que son sinceras. En ellas habita una crítica honesta. Espero otros también lo vean.

Ay, Puebla, te pareces tanto a mis textos. Paseando por tu Zócalo entretejes realidad con cuento. No son solo arbustos los que presumes; pones árboles frondosos que crean la ilusión de nubes. Macetas y banquillos van haciendo perímetro; un par de callejuelas dirigen a tu centro. Ahí se encuentra tu gloriosa fuente. Esa misma que presentas con orgullo. Sus chorros brincan desde una base plagada de curvas para llegar a un segundo piso de alturas. Una cascada inversa que se levanta lentamente para deleite del espectador. Lluvia que sube en eterno vaivén. La decoran estatuas de infantes; la corona San Miguel Arcángel pisando bestias. Por todos lados, su composición va creando belleza. Saco mi teléfono sin pensarlo. Tomo un par de fotos y, a los que me acompañan digo de inmediato: «¡Qué impresión!»; admiro los detalles de su tallado.

Sin embargo, Puebla amiga, ¿qué quieres decirme? ¿qué importa aquella fuente? Es el inicio de mi frustración. Dondequiera que camine, pareces hecha a la medida. Tus calles se ordenan en cuadriculas perfectas; tus casas se decoran con pintura nueva y detalles en talavera. Todo ha sido medido en tu centro. Hasta las aceras mismas son de piedras bien talladas con patrones definidos. ¿Por qué lo haces, Puebla hermana? ¿Qué tiene de importancia? Tanta hermosura, tanta coherencia y no puedo ver su historia. Intento encontrar ese hilo que me una a tu pasado; admirarte para que otros puedan hacerlo. Quiero plasmarte con palabras, pero no veo cómo. La ansiedad me invade al quedarme sin un cuento.

Cada paso me acerca a la tarde donde he de alabarte en prosa. Mas no tengo una estructura y mucho menos una historia. Controlo mis nervios; esto apenas empieza. Vamos mejor a tu catedral. Ahí encontraré milagros y seguramente algo que contar. Entro por un costado pegado al Zócalo; me cautivo con sus altares. Es tan blanca, llena de detalles. Cada pintura fue hecha para venerar a lo divino; fluyen devotos como el agua corre por los ríos. Cuántas cúpulas adornadas de oro. Van generando el efecto de un universo girando en las bases de candelabros. Es hermosa, como todo en esta ciudad; sigo sin ver su enseñanza primordial. Algo habrá de la dedicación humana a un ideal mayor. Quizá se una con la ciudad entera en una harmonía de creación. Pero no lo siento; solo lo supongo. No lo creo; solo lo especulo.

No puedo negártelo Puebla: eres preciosa. Paseo por el Parian y admiro sus pisos coloridos; llego al callejón de los Sapos para ver la paz previo al tianguis. Hasta el contorno de la ciudad al verte desde miradores es hermoso. Intentas tanto convencerme de tus méritos, ¿cuál es el propósito? Tu primera biblioteca lo representa. La Palafoxiana, tan cuidada e irónica. Repleta de libros que nadie puede leer; con grabados antiguos que no se pueden tocar. Puebla mía, seamos sinceros. Salgo cantando maravillas de tus colores y poemas épicos de tus fachadas. Mas no he cambiado en el proceso. Al terminar mis andares, soy el mismo que fui al llegar. Solo tengo admiración por tus trazos y respeto por tus intentos. Me temo no hay más. Superficies de oro para minas que poco han de enseñar.

Es aquí donde comienzo a temblar Puebla. Ya no por el ensayo que he de escribir; sino por la revelación que me llega al sentarme y analizar. Tenemos el mismo problema; ciudad hermana. Creamos tanto y olvidamos lo que queríamos lograr. Tan convencidos estamos de brindar belleza; lo hacemos sin pensar. Nadie podrá decir que tus iglesias son horrendas como nadie ha de negar las rimas que oculto entre cada oración. Mas Puebla, en el proceso hemos perdido la atención. Arte solo por el propósito del arte; cuentos por querer contárselos a un pueblo. Me encuentro en tu recuerdo con mi mayor temor. Esos mensajes que imagino corren riesgo de ser excusas sin pretensión. Obsesionado con ciudades, dejo al público sin cuidado; lo he olvidado entre metáforas y literatura. Me vuelvo el barroco de las letras, como tus iglesias y plazas. Preciosos; excéntricos, pero con mensajes superficiales.

Sentado sobre una cama deshecha, al caer las últimas horas de la noche, pienso en cuanto nos parecemos. Puebla mía, no me has dicho nada al pasear por tus calles y, a su vez, todo me has confesado. Eres brutal conmigo; son siglos de experiencia que transfieres. Me adviertes que la belleza poco importa; algo he de decir en el proceso. No puedo forzarlo, vendrá a su tiempo. Pero esperar historias solo por hermosura es insensato. Las descripciones son herramientas; la vida misma es el propósito. Por eso hoy digo lo que siento Puebla; te confieso mi ansiedad y admito mis desperfectos. Solo entonces podré encontrarme con otras ciudades como espero tu encuentres tan ansiados cuentos. Habré de escribir con sinceridad, Puebla amiga. Algún día, estoy seguro, encontraras también tus sueños.


Durante las últimas semanas, he adquirido hábitos de escritura para bien y para mal. Por los días, paseo entre calles; admiro fachadas. Tomo fotos para referencia postrera y hago notas mentales del paisaje citadino. Al caer la noche, regreso al hotel o posada de aquel entonces; saco mi computadora, empiezo a teclear. En mi cabeza, he formado alguna historia del deambular. Basta con un par de horas para escribirla toda; una más para editar. Siempre tengo dos propósitos sin importar del lugar: reflejar aquello que he sentido al encontrarme con sus relieves y, a su vez, contar una realidad más profunda. Esto último me aquieta y me excita. Es el sueño de todo autor. Tomar la ciudad como herramienta para dejar al lector con enseñanzas de vida. Hacer filosofía de mis visitas; encontrar poesía en trastiendas y casonas.

Mas hoy quiero ser honesto; la realidad me impide contar cuentos. Por más que lo quiero, las palabras quedan cortas. La ciudad me ha dejado sin historias magnánimas. Impresiones fueron muchas; mensajes muy pocos. Solo tengo un reflejo propio. Pienso, pienso y pienso; no veo coherencia fuera de ello. Aún siendo una gran metrópoli, Puebla es la ciudad de los espejos. En ella veo mi escritura y en ella entiendo sus portentos. Cual cazador esperanzado, salí a tus calles listo para encontrar un ensayo nuevo. Me temo el flechazo ha caído en mi lomo. El aleccionado fui yo mismo; el viaje me encontró desprovisto. No sé si el lector ganará de estas páginas, pero al menos sé que son sinceras. En ellas habita una crítica honesta. Espero otros también lo vean.

Ay, Puebla, te pareces tanto a mis textos. Paseando por tu Zócalo entretejes realidad con cuento. No son solo arbustos los que presumes; pones árboles frondosos que crean la ilusión de nubes. Macetas y banquillos van haciendo perímetro; un par de callejuelas dirigen a tu centro. Ahí se encuentra tu gloriosa fuente. Esa misma que presentas con orgullo. Sus chorros brincan desde una base plagada de curvas para llegar a un segundo piso de alturas. Una cascada inversa que se levanta lentamente para deleite del espectador. Lluvia que sube en eterno vaivén. La decoran estatuas de infantes; la corona San Miguel Arcángel pisando bestias. Por todos lados, su composición va creando belleza. Saco mi teléfono sin pensarlo. Tomo un par de fotos y, a los que me acompañan digo de inmediato: «¡Qué impresión!»; admiro los detalles de su tallado.

Sin embargo, Puebla amiga, ¿qué quieres decirme? ¿qué importa aquella fuente? Es el inicio de mi frustración. Dondequiera que camine, pareces hecha a la medida. Tus calles se ordenan en cuadriculas perfectas; tus casas se decoran con pintura nueva y detalles en talavera. Todo ha sido medido en tu centro. Hasta las aceras mismas son de piedras bien talladas con patrones definidos. ¿Por qué lo haces, Puebla hermana? ¿Qué tiene de importancia? Tanta hermosura, tanta coherencia y no puedo ver su historia. Intento encontrar ese hilo que me una a tu pasado; admirarte para que otros puedan hacerlo. Quiero plasmarte con palabras, pero no veo cómo. La ansiedad me invade al quedarme sin un cuento.

Cada paso me acerca a la tarde donde he de alabarte en prosa. Mas no tengo una estructura y mucho menos una historia. Controlo mis nervios; esto apenas empieza. Vamos mejor a tu catedral. Ahí encontraré milagros y seguramente algo que contar. Entro por un costado pegado al Zócalo; me cautivo con sus altares. Es tan blanca, llena de detalles. Cada pintura fue hecha para venerar a lo divino; fluyen devotos como el agua corre por los ríos. Cuántas cúpulas adornadas de oro. Van generando el efecto de un universo girando en las bases de candelabros. Es hermosa, como todo en esta ciudad; sigo sin ver su enseñanza primordial. Algo habrá de la dedicación humana a un ideal mayor. Quizá se una con la ciudad entera en una harmonía de creación. Pero no lo siento; solo lo supongo. No lo creo; solo lo especulo.

No puedo negártelo Puebla: eres preciosa. Paseo por el Parian y admiro sus pisos coloridos; llego al callejón de los Sapos para ver la paz previo al tianguis. Hasta el contorno de la ciudad al verte desde miradores es hermoso. Intentas tanto convencerme de tus méritos, ¿cuál es el propósito? Tu primera biblioteca lo representa. La Palafoxiana, tan cuidada e irónica. Repleta de libros que nadie puede leer; con grabados antiguos que no se pueden tocar. Puebla mía, seamos sinceros. Salgo cantando maravillas de tus colores y poemas épicos de tus fachadas. Mas no he cambiado en el proceso. Al terminar mis andares, soy el mismo que fui al llegar. Solo tengo admiración por tus trazos y respeto por tus intentos. Me temo no hay más. Superficies de oro para minas que poco han de enseñar.

Es aquí donde comienzo a temblar Puebla. Ya no por el ensayo que he de escribir; sino por la revelación que me llega al sentarme y analizar. Tenemos el mismo problema; ciudad hermana. Creamos tanto y olvidamos lo que queríamos lograr. Tan convencidos estamos de brindar belleza; lo hacemos sin pensar. Nadie podrá decir que tus iglesias son horrendas como nadie ha de negar las rimas que oculto entre cada oración. Mas Puebla, en el proceso hemos perdido la atención. Arte solo por el propósito del arte; cuentos por querer contárselos a un pueblo. Me encuentro en tu recuerdo con mi mayor temor. Esos mensajes que imagino corren riesgo de ser excusas sin pretensión. Obsesionado con ciudades, dejo al público sin cuidado; lo he olvidado entre metáforas y literatura. Me vuelvo el barroco de las letras, como tus iglesias y plazas. Preciosos; excéntricos, pero con mensajes superficiales.

Sentado sobre una cama deshecha, al caer las últimas horas de la noche, pienso en cuanto nos parecemos. Puebla mía, no me has dicho nada al pasear por tus calles y, a su vez, todo me has confesado. Eres brutal conmigo; son siglos de experiencia que transfieres. Me adviertes que la belleza poco importa; algo he de decir en el proceso. No puedo forzarlo, vendrá a su tiempo. Pero esperar historias solo por hermosura es insensato. Las descripciones son herramientas; la vida misma es el propósito. Por eso hoy digo lo que siento Puebla; te confieso mi ansiedad y admito mis desperfectos. Solo entonces podré encontrarme con otras ciudades como espero tu encuentres tan ansiados cuentos. Habré de escribir con sinceridad, Puebla amiga. Algún día, estoy seguro, encontraras también tus sueños.