/ sábado 23 de diciembre de 2023

¿Puede la polarización tener consecuencias positivas para la democracia?

En un artículo muy interesante titulado “Una revisión y una provocación: sobre polarización y plataformas” (2023), los autores Daniel Kreiss y Shanon McGregor plantean que, de hecho, la polarización puede fortalecer a la democracia. Los autores señalan que, para gran parte de quienes han escrito acerca de la polarización, lo que ésta pone en riesgo es un piso mínimo de cohesión social necesario para el funcionamiento de una democracia. Sin embargo, critican que, a pesar de que la literatura establece diferentes tipos de polarización (la política, la afectiva, la social, entre otras), para la mayor parte de quienes estudian estos temas todas resultan ser igualmente perniciosas para la democracia, lo que impide ver matices importantes en términos de dónde se gestan los agravios, las identidades, y las formas en que se reta un orden democrático determinado.

En el caso de Estados Unidos, Kreiss y McGregor argumentan que mucho del trabajo sobre polarización se enfoca en su variante afectiva, a la que ven, sin matices, como una amenaza para las normas democráticas, sin reparar en que este tipo de polarización está anclado en un contexto de desigualdad de poder en donde el tema racial es clave. De este modo, al argumentar sin más que esta polarización amenaza a la democracia, se pasa por alto que los “grupos polarizados” están en realidad insertos en un contexto de distribución de poder muy desigual –es el caso, por ejemplo, de la población afroamericana en el sureste estadounidense, en donde no sólo las normas sociales, los usos y costumbres y la propia legalidad funciona en favor de una población blanca… y del racismo. Por tanto, echar en el mismo saco todo tipo de polarización, termina por privilegiar un discurso que nos pide que no hagamos evidentes “las diferencias” en favor de mantener el orden; un orden que no beneficia a todo mundo por igual y que, de hecho, mantiene las divisiones. En cambio, hacer esto evidente –a través de visibilizar la polarización—puede detonar cambios que terminen por fortalecer a la propia democracia.

El argumento de Kreiss y McGregor resulta muy interesante, sobre todo cuando hablamos de polarización social, aquella que surge cuando existen grandes desigualdades –en ingresos, accesos, derechos efectivos, etc.—entre sectores de la población, como en México. Tienen, me parece, un gran acierto al señalar que es necesario mirar el contexto de distribución de poder al estudiar la polarización. Y otro más cuando proponen, entonces, distinguir entre tipos de polarización en términos del “reclamo” que se hace para poder entender si puede, o no, abonar en favor de la democracia.

Pero, ¿cómo distinguir entre tipos de polarización, positivos y negativos, para la convivencia democrática? La clave, me parece, está en el uso de los términos. Propongo distinguir entre polarización y conflicto. En el campo de la Comunicación, hay cada vez más consenso en referirse a la polarización, como el resultado de simplificar la diversidad de ideas, pensamiento, expresiones y formas de ser en una sociedad a una sola dimensión caracterizada por dos extremos opuestos y permanentemente enfrentados como enemigos: nosotros contra ellos.

Es innegable que en toda sociedad existen temas sensibles sobre los que no sólo hay posiciones muy distintas, sino también conflicto. El conflicto y las divisiones no sólo son naturales, sino que deben reconocerse como legítimas en una sociedad democrática. Y es justamente la visibilización de estas divisiones conflictivas lo que permite la posibilidad –como dicen Kreiss y McGregor— de resolverlas mediante la negociación y la concesión; mediante la política, pues. La polarización en el discurso normalmente es azuzada por actores e intereses que buscan exacerbar el conflicto sobre las divisiones al grado de desconocer la legitimidad de la diferencia e impedir la posibilidad de negociar y resolver. La polarización en el discurso, bajo la lógica de “nosotros contra ellos” implica, al final, una derrota de la política.

Por tanto, la distinción a la que se refieren Kreiss y McGregor no es entre diferentes tipos de polarización –unas positivas y otras nocivas para la democracia--, sino entre polarización y conflicto. Mientras la primera exacerba las divisiones e impide la negociación, el segundo los visibiliza y genera la posibilidad de acuerdos.

En un artículo muy interesante titulado “Una revisión y una provocación: sobre polarización y plataformas” (2023), los autores Daniel Kreiss y Shanon McGregor plantean que, de hecho, la polarización puede fortalecer a la democracia. Los autores señalan que, para gran parte de quienes han escrito acerca de la polarización, lo que ésta pone en riesgo es un piso mínimo de cohesión social necesario para el funcionamiento de una democracia. Sin embargo, critican que, a pesar de que la literatura establece diferentes tipos de polarización (la política, la afectiva, la social, entre otras), para la mayor parte de quienes estudian estos temas todas resultan ser igualmente perniciosas para la democracia, lo que impide ver matices importantes en términos de dónde se gestan los agravios, las identidades, y las formas en que se reta un orden democrático determinado.

En el caso de Estados Unidos, Kreiss y McGregor argumentan que mucho del trabajo sobre polarización se enfoca en su variante afectiva, a la que ven, sin matices, como una amenaza para las normas democráticas, sin reparar en que este tipo de polarización está anclado en un contexto de desigualdad de poder en donde el tema racial es clave. De este modo, al argumentar sin más que esta polarización amenaza a la democracia, se pasa por alto que los “grupos polarizados” están en realidad insertos en un contexto de distribución de poder muy desigual –es el caso, por ejemplo, de la población afroamericana en el sureste estadounidense, en donde no sólo las normas sociales, los usos y costumbres y la propia legalidad funciona en favor de una población blanca… y del racismo. Por tanto, echar en el mismo saco todo tipo de polarización, termina por privilegiar un discurso que nos pide que no hagamos evidentes “las diferencias” en favor de mantener el orden; un orden que no beneficia a todo mundo por igual y que, de hecho, mantiene las divisiones. En cambio, hacer esto evidente –a través de visibilizar la polarización—puede detonar cambios que terminen por fortalecer a la propia democracia.

El argumento de Kreiss y McGregor resulta muy interesante, sobre todo cuando hablamos de polarización social, aquella que surge cuando existen grandes desigualdades –en ingresos, accesos, derechos efectivos, etc.—entre sectores de la población, como en México. Tienen, me parece, un gran acierto al señalar que es necesario mirar el contexto de distribución de poder al estudiar la polarización. Y otro más cuando proponen, entonces, distinguir entre tipos de polarización en términos del “reclamo” que se hace para poder entender si puede, o no, abonar en favor de la democracia.

Pero, ¿cómo distinguir entre tipos de polarización, positivos y negativos, para la convivencia democrática? La clave, me parece, está en el uso de los términos. Propongo distinguir entre polarización y conflicto. En el campo de la Comunicación, hay cada vez más consenso en referirse a la polarización, como el resultado de simplificar la diversidad de ideas, pensamiento, expresiones y formas de ser en una sociedad a una sola dimensión caracterizada por dos extremos opuestos y permanentemente enfrentados como enemigos: nosotros contra ellos.

Es innegable que en toda sociedad existen temas sensibles sobre los que no sólo hay posiciones muy distintas, sino también conflicto. El conflicto y las divisiones no sólo son naturales, sino que deben reconocerse como legítimas en una sociedad democrática. Y es justamente la visibilización de estas divisiones conflictivas lo que permite la posibilidad –como dicen Kreiss y McGregor— de resolverlas mediante la negociación y la concesión; mediante la política, pues. La polarización en el discurso normalmente es azuzada por actores e intereses que buscan exacerbar el conflicto sobre las divisiones al grado de desconocer la legitimidad de la diferencia e impedir la posibilidad de negociar y resolver. La polarización en el discurso, bajo la lógica de “nosotros contra ellos” implica, al final, una derrota de la política.

Por tanto, la distinción a la que se refieren Kreiss y McGregor no es entre diferentes tipos de polarización –unas positivas y otras nocivas para la democracia--, sino entre polarización y conflicto. Mientras la primera exacerba las divisiones e impide la negociación, el segundo los visibiliza y genera la posibilidad de acuerdos.