/ viernes 18 de septiembre de 2020

“¡Pues estos qué se creen!”

Por: Mauricio González Lara

A principios de esta semana, la unidad de análisis de la Harvard Business School publicó un análisis de los correos electrónicos y reuniones de alrededor de 3.1 millones de personas en 16 ciudades globales que demuestra con rigor y datos duros lo que todos ya sabíamos de manera intuitiva: los ejecutivos del orbe nunca habían trabajado tanto en su vida.

De acuerdo con la Harvard Business School, la jornada laboral promedio aumentó durante las primeras semanas de la pandemia en un 8.2 por ciento. El cambio al home office ha eliminado lo que quedaba del escurridizo día hábil de ocho horas para reemplazarlo con un flujo continuo de videoconferencias y "trabajo asincrónico". Se podría argumentar, incluso, que como resultado de la COVID-19 varios viven esclavizados por aplicaciones como Zoom y Microsoft Teams. El papel de una oficina es fomentar la productividad, gestionar conflictos y ayudar a las personas a trabajar juntas. ¿Qué sucede cuando ya no se cuenta con ese espacio físico? Los días laborales son más largos y la cantidad de interacciones es mayor, ¿pero realmente somos más productivos?

No existe una respuesta categórica para ninguna de estas interrogantes. Un ejecutivo que vive en una casa de amplios espacios va a experimentar un costo mental menor que alguien obligado a convertir su dormitorio en oficina. En términos de eficiencia organizacional, empero, el futuro no luce prometedor. El agotamiento comienza a provocar estragos. Las reuniones virtuales, irónicamente, demandan más atención que las físicas. La pantalla es ahora un vampiro que succiona energía todo el tiempo. Al inicio de la pandemia, el deseo de ser útil en tiempos difíciles jugó un papel decisivo en la forma en que la comunidad ejecutiva aceptó los cambios. Esa buena voluntad está a punto de desaparecer.

En materia de manejo de capital humano, la discusión para responder a la COVID-19 se ha centrado en la resiliencia. Aunque bienintencionada, la narrativa de construir fortaleza parte del hecho de que eventualmente habrá un regreso a la normalidad. El trance del coronavirus, sin embargo, dista de ser un momento de excepción. A seis meses de haber iniciado la pandemia, el pronto retorno a las oficinas físicas es un escenario cada vez más improbable para buena parte de los corporativos del mundo. El discurso no puede consistir en pedir resiliencia hasta que la crisis termine. La estrategia organizacional debe contemplar esquemas más realistas en torno a cómo define las dinámicas de trabajo. De lo contrario, se corre el riesgo de que algunos empresarios asuman que el mero hecho de proveer empleo en tiempos pandémicos los absuelve de ser acusados de dureza e inflexibilidad. La arrogancia define a buena parte del universo corporativo. Muchos líderes tienden a visualizarse a sí mismos como personas “generosas” a las que el ejecutivo les debe “gratitud” por el simple hecho de conservar el empleo. No vaya a ser que nuestros empresarios terminen asemejándose a las señoras adineradas que suelen quejarse con un despectivo “¡pues estos qué se creen!” cada vez que el personal de servicio demanda mejores condiciones laborales. Cuidado ahí. @mauroforever mauricio@altaempresa.com

Por: Mauricio González Lara

A principios de esta semana, la unidad de análisis de la Harvard Business School publicó un análisis de los correos electrónicos y reuniones de alrededor de 3.1 millones de personas en 16 ciudades globales que demuestra con rigor y datos duros lo que todos ya sabíamos de manera intuitiva: los ejecutivos del orbe nunca habían trabajado tanto en su vida.

De acuerdo con la Harvard Business School, la jornada laboral promedio aumentó durante las primeras semanas de la pandemia en un 8.2 por ciento. El cambio al home office ha eliminado lo que quedaba del escurridizo día hábil de ocho horas para reemplazarlo con un flujo continuo de videoconferencias y "trabajo asincrónico". Se podría argumentar, incluso, que como resultado de la COVID-19 varios viven esclavizados por aplicaciones como Zoom y Microsoft Teams. El papel de una oficina es fomentar la productividad, gestionar conflictos y ayudar a las personas a trabajar juntas. ¿Qué sucede cuando ya no se cuenta con ese espacio físico? Los días laborales son más largos y la cantidad de interacciones es mayor, ¿pero realmente somos más productivos?

No existe una respuesta categórica para ninguna de estas interrogantes. Un ejecutivo que vive en una casa de amplios espacios va a experimentar un costo mental menor que alguien obligado a convertir su dormitorio en oficina. En términos de eficiencia organizacional, empero, el futuro no luce prometedor. El agotamiento comienza a provocar estragos. Las reuniones virtuales, irónicamente, demandan más atención que las físicas. La pantalla es ahora un vampiro que succiona energía todo el tiempo. Al inicio de la pandemia, el deseo de ser útil en tiempos difíciles jugó un papel decisivo en la forma en que la comunidad ejecutiva aceptó los cambios. Esa buena voluntad está a punto de desaparecer.

En materia de manejo de capital humano, la discusión para responder a la COVID-19 se ha centrado en la resiliencia. Aunque bienintencionada, la narrativa de construir fortaleza parte del hecho de que eventualmente habrá un regreso a la normalidad. El trance del coronavirus, sin embargo, dista de ser un momento de excepción. A seis meses de haber iniciado la pandemia, el pronto retorno a las oficinas físicas es un escenario cada vez más improbable para buena parte de los corporativos del mundo. El discurso no puede consistir en pedir resiliencia hasta que la crisis termine. La estrategia organizacional debe contemplar esquemas más realistas en torno a cómo define las dinámicas de trabajo. De lo contrario, se corre el riesgo de que algunos empresarios asuman que el mero hecho de proveer empleo en tiempos pandémicos los absuelve de ser acusados de dureza e inflexibilidad. La arrogancia define a buena parte del universo corporativo. Muchos líderes tienden a visualizarse a sí mismos como personas “generosas” a las que el ejecutivo les debe “gratitud” por el simple hecho de conservar el empleo. No vaya a ser que nuestros empresarios terminen asemejándose a las señoras adineradas que suelen quejarse con un despectivo “¡pues estos qué se creen!” cada vez que el personal de servicio demanda mejores condiciones laborales. Cuidado ahí. @mauroforever mauricio@altaempresa.com