/ viernes 15 de julio de 2022

Que la sombra del árbol te acompañe

Uno no puede más que sentir una enorme admiración a la vista del gran árbol. El enorme sabino que adorna el atrio de la iglesia de Santa María del Tule, en el estado de Oaxaca, México. Es un ahuehuete que en lengua náhuatl significa “un árbol viejo de agua” pues crece donde hay mucha agua, es decir cerca de los ríos o pozos.

Es tan alto que ni 20 personas paradas, una encima de otra llegarían a su copa. Y es tan ancho que ni 30 personas tomadas de las manos y rodeándolo con los brazos completamente extendidos lo alcanza. Se calcula que tiene aproximadamente 2 mil años de antigüedad y la leyenda dice que lo plantó un sacerdote del dios del viento (Ehécatl).

Visto a lo lejos parece un enorme ramo florido; visto de cerca es la expresión más evidente de la portentosa naturaleza que es capaz de otorgarnos el regalo de la vida ahí, a la vista, en un árbol que por siglos nos ve, nos sonríe, nos cubre con su enorme sombra y nos regala confianza y sabiduría: luego de conocerlo y estar a su tallo uno puede estar seguro de que la vida tiene un sentido más intenso y perdurable que el paso del tiempo.

Un árbol es el mejor amigo de cada uno de nosotros. Esto es así porque a diferencia de la mascota que nos acompaña y nos acaricia con su mirada y su presencia, el árbol también nos otorga su afecto, su mirada tranquila y cercana; nos escucha en silencio y nos otorga su caricia si nos aproximamos a él, a nuestro árbol, a nuestros árboles.

Es por esto que cada uno de nosotros debiera tener un árbol amigo. Cuidarlo. Prodigarse en él. Estar alerta de sus señales con las que nos pide agua, poda, atención...Y sentir su presencia amorosa y agradecida; él siempre corresponde a nuestro afecto.

Y nos da frondosidad, fortaleza, confianza, salud… eso… salud, porque se ha dicho hasta el cansancio que el árbol, cada árbol y todos juntos, nos dan vida porque cumple funciones ambientales insustituibles para los seres humanos y para la preservación de nuestro planeta.

Un árbol, los árboles, producen el oxígeno vital para vivir; amortiguan las altas temperaturas; absorben el monóxido de carbono y gases nocivos para la salud; viabilizan la evaporación de las aguas, de ahí que haya nubes y lluvias; retienen las aguas de las lluvias para liberarlas progresivamente, de ahí que existan arroyos, quebradas, manantiales.

Nos cobijan en horas tempestuosas; protegen al suelo pues evitan la erosión por las fuertes precipitaciones; sirven de hábitat a las aves en cuyas ramas anidan y se protegen, como también otras especies animales que se refugian en su follaje; nutren al suelo, ornamentan el paisaje, brindan una sombra refrescante, sus frutos alimentan a las aves y mamíferos, lo que incluye a los seres humanos.

Por ejemplo, se sabe que las cuencas hidrográficas y humedales forestales suministran el 75 por ciento del agua dulce accesible en el mundo para satisfacer las necesidades domésticas, agrícolas, industriales y ecológicas. De igual forma, los bosques actúan como filtros naturales del agua.

Y hay una infinidad de especies de árboles en el planeta tierra. Según la Universidad Nacional Autónoma de México, en nuestro país existen 160 especies de árboles de las 500 que se encuentran en el mundo y tiene una superficie total de 195 millones de hectáreas arboladas. Es el cuarto país con mayor diversidad de flora en el mundo, por lo que existe una gran variedad de árboles endémicos, lo que significa que nada más existen en México.

A la vista, del centro y hacia el sur y sureste del país, miles de árboles cubren los cerros, montañas y cordilleras mexicanas. Si bien permanece la arboleda en forma de bosques y selvas durante todo el año, es en tiempos de lluvias cuando esta vegetación se convierte en exuberante y majestuosa.

Y hay de distintas especies a la vista: lo mismo ahuehuetes, como pinos, cedros, encinos, oyameles, enebros, con frutos o floresta, de todo hay en el camino mexicano. Por supuesto, en el norte del país existe la arboleda propia de la zona, como son los pinares, sobre todo. Pero árboles los hay en todo el país, en los bosques, en las selvas, en las ciudades al paso, en las calles, en los patios de las casas.

Hay mucho que saber de nuestros árboles vitales. Por ejemplo, que la mayor parte de los árboles es el tronco, que en realidad –dicen los sabios-- consiste principalmente de material muerto. El único tejido vivo en el tronco de un árbol es una capa delgada justo debajo de la corteza. El interior del tronco consiste en un tejido duro y muerto que soporta el crecimiento vertical del árbol.

Y que la razón principal por la que los árboles pueden crecer tan grandes es su capacidad para crear tejido leñoso a medida que crecen. Este proceso se llama crecimiento secundario de la planta –sigue hablando la ciencia--. La madera contiene una sustancia química llamada lignina. Es un componente de la mayoría de las paredes celulares de las plantas, que proporciona rigidez y forma.

Pero siempre hay un árbol especial. Uno muy querido. O dos… o tres acaso. Uno de ellos es el viejo laurel plantado por madre en el patio de la casa que nos da cobijo y seguridad y amor. Otro es el viejo y enorme aguacatal en el patio de la casa en donde se recogen las sonrisas, las risas, los afectos, la cordialidad y la felicidad que es el amor fraterno.

Y otro más: muy querido, amorosamente amigo de todos. Es el sabino nuestro que está ahí antes de la llegada de mis abuelos y de sus abuelos. ¿Quién lo sembró en el centro de la población? ¿Quién tuvo el amor de ponerlo ahí para deleite de quienes habitamos San Sebastián Tutla en Oaxaca, México? Es el padre árbol. El patriarca. El testigo de todo lo que se ha construido y de los avatares de quienes han vivido y viven en el lugar.

Nos mira cariñoso y complaciente. Quieto. En silencio. Vital. Poderoso. A su sombra nos refugiamos todos para convivir, para el encuentro familiar y amistoso. Para la vendimia de tiempo en tiempo; para la fiesta anual en enero. Para el paso cuando nos dirigimos al punto final. Es un sabino- ahuehuete frondoso, orgulloso de sí y nosotros orgullosos de él. Cabellera tupida de ramas que hacen una copa celestial y maravillada.

Y ahí mismo, tan cerca, tan hermano está el luminoso Cacalosúchil, frondoso él, cargado de flores que son rosadas casi rojas. Y hojas maravillosas de un verde intenso y brillante. Es nuestro árbol. Uno que fue declarado Patrimonio Natural de la Humanidad, según la Unesco. Y está bien. Son estos dos árboles que se acompañan a lo lejos de nuestros huertos y jardines y solares.

Árboles que nos dan frutos: aguacates, mangales, toronjiles, nogales, nísperos… De todo ahí, para consumo y para convivencia, grandeza, recuerdo, nostalgia, solaz, aroma y refugio.

El nuestro es un pueblo arbolado y florido, aromático a sus frutos y sus flores y grandioso porque ahí está, en cada uno de nuestros árboles, el recuerdo de lo que fue esta comunidad y su construcción paso a paso, con esfuerzos enormes, con reciedumbre y con ganas de ser y estar en el lugar escogido para nuestra grandeza oaxaqueña: San Sebastián Tutla no es un pueblo cualquiera. Es el pueblo más querido. Amado. Pródigo. Cordial. Iluminado. Bañado de ternura y de agua en tiempo de lluvias y cubierto de solaz cuando es tiempo de soles interminables. Es así. Y nuestro árbol central-sabino-ahuehuete, y nuestro Cacalosúchil y nuestro refugio en cada una de las especies que nos alimentan.

Pero todo árbol tiene enemigos que son humanos: son víctimas de la tala inmoderada por razones de expansión agrícola o de cambio de vida de su suelo, por la deforestación criminal, por el cambio climático, por la avaricia de muchos que le ven como un producto, no como un árbol, y del cual obtienen beneficios ilegales en la venta de su madera, de su ramaje, de su flora y su fruta. Nadie parece contener esta masacre.

Y todo esto viene al caso porque el 14 de este mes, es el Día Nacional del Árbol. Una fecha instituida desde 1959, por un decreto del entonces presidente Adolfo López Mateos. Qué bueno celebrarlo entonces y siempre. Nuestros árboles son parte de nuestra esencia y de nuestra vida, de nuestra compañía y seguridad. De su pródigo y amoroso follaje estamos hechos.

“Han nacido en mi rancho dos arbolitos; dos arbolitos que parecen gemelos… y con sus mismas ramas se hacen caricias, como si fueran novios que se quisieran…”


Uno no puede más que sentir una enorme admiración a la vista del gran árbol. El enorme sabino que adorna el atrio de la iglesia de Santa María del Tule, en el estado de Oaxaca, México. Es un ahuehuete que en lengua náhuatl significa “un árbol viejo de agua” pues crece donde hay mucha agua, es decir cerca de los ríos o pozos.

Es tan alto que ni 20 personas paradas, una encima de otra llegarían a su copa. Y es tan ancho que ni 30 personas tomadas de las manos y rodeándolo con los brazos completamente extendidos lo alcanza. Se calcula que tiene aproximadamente 2 mil años de antigüedad y la leyenda dice que lo plantó un sacerdote del dios del viento (Ehécatl).

Visto a lo lejos parece un enorme ramo florido; visto de cerca es la expresión más evidente de la portentosa naturaleza que es capaz de otorgarnos el regalo de la vida ahí, a la vista, en un árbol que por siglos nos ve, nos sonríe, nos cubre con su enorme sombra y nos regala confianza y sabiduría: luego de conocerlo y estar a su tallo uno puede estar seguro de que la vida tiene un sentido más intenso y perdurable que el paso del tiempo.

Un árbol es el mejor amigo de cada uno de nosotros. Esto es así porque a diferencia de la mascota que nos acompaña y nos acaricia con su mirada y su presencia, el árbol también nos otorga su afecto, su mirada tranquila y cercana; nos escucha en silencio y nos otorga su caricia si nos aproximamos a él, a nuestro árbol, a nuestros árboles.

Es por esto que cada uno de nosotros debiera tener un árbol amigo. Cuidarlo. Prodigarse en él. Estar alerta de sus señales con las que nos pide agua, poda, atención...Y sentir su presencia amorosa y agradecida; él siempre corresponde a nuestro afecto.

Y nos da frondosidad, fortaleza, confianza, salud… eso… salud, porque se ha dicho hasta el cansancio que el árbol, cada árbol y todos juntos, nos dan vida porque cumple funciones ambientales insustituibles para los seres humanos y para la preservación de nuestro planeta.

Un árbol, los árboles, producen el oxígeno vital para vivir; amortiguan las altas temperaturas; absorben el monóxido de carbono y gases nocivos para la salud; viabilizan la evaporación de las aguas, de ahí que haya nubes y lluvias; retienen las aguas de las lluvias para liberarlas progresivamente, de ahí que existan arroyos, quebradas, manantiales.

Nos cobijan en horas tempestuosas; protegen al suelo pues evitan la erosión por las fuertes precipitaciones; sirven de hábitat a las aves en cuyas ramas anidan y se protegen, como también otras especies animales que se refugian en su follaje; nutren al suelo, ornamentan el paisaje, brindan una sombra refrescante, sus frutos alimentan a las aves y mamíferos, lo que incluye a los seres humanos.

Por ejemplo, se sabe que las cuencas hidrográficas y humedales forestales suministran el 75 por ciento del agua dulce accesible en el mundo para satisfacer las necesidades domésticas, agrícolas, industriales y ecológicas. De igual forma, los bosques actúan como filtros naturales del agua.

Y hay una infinidad de especies de árboles en el planeta tierra. Según la Universidad Nacional Autónoma de México, en nuestro país existen 160 especies de árboles de las 500 que se encuentran en el mundo y tiene una superficie total de 195 millones de hectáreas arboladas. Es el cuarto país con mayor diversidad de flora en el mundo, por lo que existe una gran variedad de árboles endémicos, lo que significa que nada más existen en México.

A la vista, del centro y hacia el sur y sureste del país, miles de árboles cubren los cerros, montañas y cordilleras mexicanas. Si bien permanece la arboleda en forma de bosques y selvas durante todo el año, es en tiempos de lluvias cuando esta vegetación se convierte en exuberante y majestuosa.

Y hay de distintas especies a la vista: lo mismo ahuehuetes, como pinos, cedros, encinos, oyameles, enebros, con frutos o floresta, de todo hay en el camino mexicano. Por supuesto, en el norte del país existe la arboleda propia de la zona, como son los pinares, sobre todo. Pero árboles los hay en todo el país, en los bosques, en las selvas, en las ciudades al paso, en las calles, en los patios de las casas.

Hay mucho que saber de nuestros árboles vitales. Por ejemplo, que la mayor parte de los árboles es el tronco, que en realidad –dicen los sabios-- consiste principalmente de material muerto. El único tejido vivo en el tronco de un árbol es una capa delgada justo debajo de la corteza. El interior del tronco consiste en un tejido duro y muerto que soporta el crecimiento vertical del árbol.

Y que la razón principal por la que los árboles pueden crecer tan grandes es su capacidad para crear tejido leñoso a medida que crecen. Este proceso se llama crecimiento secundario de la planta –sigue hablando la ciencia--. La madera contiene una sustancia química llamada lignina. Es un componente de la mayoría de las paredes celulares de las plantas, que proporciona rigidez y forma.

Pero siempre hay un árbol especial. Uno muy querido. O dos… o tres acaso. Uno de ellos es el viejo laurel plantado por madre en el patio de la casa que nos da cobijo y seguridad y amor. Otro es el viejo y enorme aguacatal en el patio de la casa en donde se recogen las sonrisas, las risas, los afectos, la cordialidad y la felicidad que es el amor fraterno.

Y otro más: muy querido, amorosamente amigo de todos. Es el sabino nuestro que está ahí antes de la llegada de mis abuelos y de sus abuelos. ¿Quién lo sembró en el centro de la población? ¿Quién tuvo el amor de ponerlo ahí para deleite de quienes habitamos San Sebastián Tutla en Oaxaca, México? Es el padre árbol. El patriarca. El testigo de todo lo que se ha construido y de los avatares de quienes han vivido y viven en el lugar.

Nos mira cariñoso y complaciente. Quieto. En silencio. Vital. Poderoso. A su sombra nos refugiamos todos para convivir, para el encuentro familiar y amistoso. Para la vendimia de tiempo en tiempo; para la fiesta anual en enero. Para el paso cuando nos dirigimos al punto final. Es un sabino- ahuehuete frondoso, orgulloso de sí y nosotros orgullosos de él. Cabellera tupida de ramas que hacen una copa celestial y maravillada.

Y ahí mismo, tan cerca, tan hermano está el luminoso Cacalosúchil, frondoso él, cargado de flores que son rosadas casi rojas. Y hojas maravillosas de un verde intenso y brillante. Es nuestro árbol. Uno que fue declarado Patrimonio Natural de la Humanidad, según la Unesco. Y está bien. Son estos dos árboles que se acompañan a lo lejos de nuestros huertos y jardines y solares.

Árboles que nos dan frutos: aguacates, mangales, toronjiles, nogales, nísperos… De todo ahí, para consumo y para convivencia, grandeza, recuerdo, nostalgia, solaz, aroma y refugio.

El nuestro es un pueblo arbolado y florido, aromático a sus frutos y sus flores y grandioso porque ahí está, en cada uno de nuestros árboles, el recuerdo de lo que fue esta comunidad y su construcción paso a paso, con esfuerzos enormes, con reciedumbre y con ganas de ser y estar en el lugar escogido para nuestra grandeza oaxaqueña: San Sebastián Tutla no es un pueblo cualquiera. Es el pueblo más querido. Amado. Pródigo. Cordial. Iluminado. Bañado de ternura y de agua en tiempo de lluvias y cubierto de solaz cuando es tiempo de soles interminables. Es así. Y nuestro árbol central-sabino-ahuehuete, y nuestro Cacalosúchil y nuestro refugio en cada una de las especies que nos alimentan.

Pero todo árbol tiene enemigos que son humanos: son víctimas de la tala inmoderada por razones de expansión agrícola o de cambio de vida de su suelo, por la deforestación criminal, por el cambio climático, por la avaricia de muchos que le ven como un producto, no como un árbol, y del cual obtienen beneficios ilegales en la venta de su madera, de su ramaje, de su flora y su fruta. Nadie parece contener esta masacre.

Y todo esto viene al caso porque el 14 de este mes, es el Día Nacional del Árbol. Una fecha instituida desde 1959, por un decreto del entonces presidente Adolfo López Mateos. Qué bueno celebrarlo entonces y siempre. Nuestros árboles son parte de nuestra esencia y de nuestra vida, de nuestra compañía y seguridad. De su pródigo y amoroso follaje estamos hechos.

“Han nacido en mi rancho dos arbolitos; dos arbolitos que parecen gemelos… y con sus mismas ramas se hacen caricias, como si fueran novios que se quisieran…”