/ viernes 28 de febrero de 2020

¿Qué más tiene que pasar?

El creciente número de feminicidios, así como la brutalidad con que éstos se cometen, debería ser más que suficiente para que, de una vez por todas, el gobierno nos diga cómo va a resolver este problema.


Por respeto a todas las víctimas, no particularizaré en nombres y edades, pues todos conocemos bien cada uno de los lamentables hechos. Sin embargo, con estas líneas intento sumar mi voz al legítimo reclamo social para que se detenga la ola de violencia en contra de las mujeres mexicanas y no sólo se haga justicia; sino también, para que se proteja, se respete y se devuelva un poco de tranquilidad a quienes hoy temen ser violentadas.


Está claro que al Presidente López Obrador no le agradan en lo más mínimo las voces que cuestionan la falta de resultados tanto en materia de seguridad y como en otros más de la agenda nacional; por citar otro ejemplo, está la falta de medicinas, que no sólo sigue atorado, sino que se ha vuelto más complejo por la incertidumbre que ahora enfrentan cientos de pacientes con cáncer.


Volviendo al tema de la violencia, desde la narrativa presidencial, los responsables de esta descontrolada crisis que vivimos lo mismo se encuentran en la mafia del poder, el conservadurismo, la derecha y, por si fuera poco, el neoliberalismo.


La verdad es que en estos momentos, los mexicanos esperamos que AMLO se apropie de su papel como líder de un país; que asuma su responsabilidad como Presidente.


Queremos que ya deje de lado sus desafortunadas declaraciones y que, de una forma directa, práctica y clara nos diga: qué va a hacer, cuál es su plan y qué acciones concretas se van a poner en marcha. Así de sencillo es lo que necesitamos escuchar. El feminicidio se ha convertido en un problema muy serio y esa misma seriedad esperamos de quienes nos gobiernan.


Esto es lo que en realidad necesitamos y no que el Presidente suba a la tribuna “mañanera” a señalar culpables, a recetarnos un decálogo improvisado, a confrontar, a desvirtuar la lucha feminista, a machacar una y otra vez que todo es resultado del periodo neoliberal o peor aún, a decirnos que este año tendremos cuatro informes de gobierno; esto último, dicho sea de paso, no nos resuelve absolutamente nada.


Para AMLO, aquellos que difieren de sus puntos de vista, que presentan otras cifras, que se movilizan o que exigen respuestas, automáticamente son considerados como orquestadores de un “complot” o “golpistas”. Es tanta la recurrencia a este tipo de “argumentos” que lo único que provocan es, por una parte, alentar la irritación social y, por la otra, exhibir una absoluta falta de sensibilidad, ya sea frente al dolor que embarga a las familias de las víctimas, o bien, ante la indignación que nos invade a todos.


Al asumir este tipo de posiciones, lo único que consigue es alentar un nivel tal de polarización y pobreza del debate que, lamentablemente, los feminicidios literalmente son utilizados para el golpeteo político entre dos bandos: de una parte, la 4T y su legión de simpatizantes; por la otra, los críticos y opositores, que tampoco se quedan atrás en su ofensiva. Uno de los saldos de esta disputa es que, las redes sociales, prácticamente se han convertido en su principal campo de batalla, en donde imperan el odio y la ofensa, sin límite alguno.


No es posible que, de uno y otro lado, se lucre con la tragedia humana de esa manera. Debemos superar este impasse de insensibilidad, de división y encono. Por lo menos, lo que debería prevalecer es la mesura y el respeto al dolor ajeno.


El Presidente insiste en que frente a la ola de violencia es necesario que prevalezca el amor al prójimo y que se supere el individualismo; en realidad no nos está diciendo nada nuevo. Aquí mismo, en esta columna más de una vez he enfatizado en que, ante el fenómeno de deshumanización y desvalorización que invade a las sociedades contemporáneas, cada uno de nosotros debe contribuir a la construcción de un entorno más unido y solidario, que debemos ser mejores ciudadanos y fortalecer nuestros valores.


Lo anterior es esencial, pero no lo es todo, existe otro componente que es determinante. Estamos ante un problema mucho más grave, pues cada feminicidio pone al descubierto una larga cadena de omisiones, irresponsabilidad y negligencia, que va desde el nivel máximo de autoridad hasta aquellos servidores que constituyen el primer contacto con los familiares de las víctimas, llámese fiscales, ministerios públicos, policías, etc.


La situación se torna más complicada al constatar la parálisis gubernamental, la desarticulación e impericia para operar ante situaciones de crisis.


Qué bueno que se investigue y se castigue la corrupción, pero el Presidente y los recursos institucionales no pueden estar concentrados únicamente en este tema; porque mientras esto sucede se pierde algo más valioso: la vida de mujeres y niñas inocentes, que son asesinadas con tal saña, que es imposible que México guarde silencio.


*Presidente de la Academia Mexicana de Educación.

El creciente número de feminicidios, así como la brutalidad con que éstos se cometen, debería ser más que suficiente para que, de una vez por todas, el gobierno nos diga cómo va a resolver este problema.


Por respeto a todas las víctimas, no particularizaré en nombres y edades, pues todos conocemos bien cada uno de los lamentables hechos. Sin embargo, con estas líneas intento sumar mi voz al legítimo reclamo social para que se detenga la ola de violencia en contra de las mujeres mexicanas y no sólo se haga justicia; sino también, para que se proteja, se respete y se devuelva un poco de tranquilidad a quienes hoy temen ser violentadas.


Está claro que al Presidente López Obrador no le agradan en lo más mínimo las voces que cuestionan la falta de resultados tanto en materia de seguridad y como en otros más de la agenda nacional; por citar otro ejemplo, está la falta de medicinas, que no sólo sigue atorado, sino que se ha vuelto más complejo por la incertidumbre que ahora enfrentan cientos de pacientes con cáncer.


Volviendo al tema de la violencia, desde la narrativa presidencial, los responsables de esta descontrolada crisis que vivimos lo mismo se encuentran en la mafia del poder, el conservadurismo, la derecha y, por si fuera poco, el neoliberalismo.


La verdad es que en estos momentos, los mexicanos esperamos que AMLO se apropie de su papel como líder de un país; que asuma su responsabilidad como Presidente.


Queremos que ya deje de lado sus desafortunadas declaraciones y que, de una forma directa, práctica y clara nos diga: qué va a hacer, cuál es su plan y qué acciones concretas se van a poner en marcha. Así de sencillo es lo que necesitamos escuchar. El feminicidio se ha convertido en un problema muy serio y esa misma seriedad esperamos de quienes nos gobiernan.


Esto es lo que en realidad necesitamos y no que el Presidente suba a la tribuna “mañanera” a señalar culpables, a recetarnos un decálogo improvisado, a confrontar, a desvirtuar la lucha feminista, a machacar una y otra vez que todo es resultado del periodo neoliberal o peor aún, a decirnos que este año tendremos cuatro informes de gobierno; esto último, dicho sea de paso, no nos resuelve absolutamente nada.


Para AMLO, aquellos que difieren de sus puntos de vista, que presentan otras cifras, que se movilizan o que exigen respuestas, automáticamente son considerados como orquestadores de un “complot” o “golpistas”. Es tanta la recurrencia a este tipo de “argumentos” que lo único que provocan es, por una parte, alentar la irritación social y, por la otra, exhibir una absoluta falta de sensibilidad, ya sea frente al dolor que embarga a las familias de las víctimas, o bien, ante la indignación que nos invade a todos.


Al asumir este tipo de posiciones, lo único que consigue es alentar un nivel tal de polarización y pobreza del debate que, lamentablemente, los feminicidios literalmente son utilizados para el golpeteo político entre dos bandos: de una parte, la 4T y su legión de simpatizantes; por la otra, los críticos y opositores, que tampoco se quedan atrás en su ofensiva. Uno de los saldos de esta disputa es que, las redes sociales, prácticamente se han convertido en su principal campo de batalla, en donde imperan el odio y la ofensa, sin límite alguno.


No es posible que, de uno y otro lado, se lucre con la tragedia humana de esa manera. Debemos superar este impasse de insensibilidad, de división y encono. Por lo menos, lo que debería prevalecer es la mesura y el respeto al dolor ajeno.


El Presidente insiste en que frente a la ola de violencia es necesario que prevalezca el amor al prójimo y que se supere el individualismo; en realidad no nos está diciendo nada nuevo. Aquí mismo, en esta columna más de una vez he enfatizado en que, ante el fenómeno de deshumanización y desvalorización que invade a las sociedades contemporáneas, cada uno de nosotros debe contribuir a la construcción de un entorno más unido y solidario, que debemos ser mejores ciudadanos y fortalecer nuestros valores.


Lo anterior es esencial, pero no lo es todo, existe otro componente que es determinante. Estamos ante un problema mucho más grave, pues cada feminicidio pone al descubierto una larga cadena de omisiones, irresponsabilidad y negligencia, que va desde el nivel máximo de autoridad hasta aquellos servidores que constituyen el primer contacto con los familiares de las víctimas, llámese fiscales, ministerios públicos, policías, etc.


La situación se torna más complicada al constatar la parálisis gubernamental, la desarticulación e impericia para operar ante situaciones de crisis.


Qué bueno que se investigue y se castigue la corrupción, pero el Presidente y los recursos institucionales no pueden estar concentrados únicamente en este tema; porque mientras esto sucede se pierde algo más valioso: la vida de mujeres y niñas inocentes, que son asesinadas con tal saña, que es imposible que México guarde silencio.


*Presidente de la Academia Mexicana de Educación.

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