/ sábado 6 de junio de 2020

Qumrán: piedra angular del cristianismo

Todo empezó una mañana cualquiera del mes de abril de 1947, hace más de 73 años. Fue una mañana normal con un cielo ni más claro ni más oscuro que otros días en el árido paisaje de la rivera noroeste del Mar Muerto. Se inició cuando un pastor de cabras, un beduino de la tribu de los Ta’amireh, llegó casualmente a una oscura caverna situada en la terraza de Wadi Qumrán en busca de uno de sus animales que se habría extraviado. Cuando tiraba piedras hacia las cuevas de la pared rocosa, el ruido que produjo le pareció el de la cerámica al romperse.

Así descubrió unas jarras de barro que contenían legajos de cuero cubiertos de una pequeña caligrafía hebraica. Eran unos cilindros en extremo vetustos y polvorientos. Era como si al sacarlos a la luz del día tras dos milenios de reclusión – dice el historiador y periodista británico Paul Johnson (n.1928) – los pergaminos se sacudieran la ceniza fuliginosa de su sepulcro y se levantaran, solemnes y frágiles, para iniciar la cadenciosa marcha de los resucitados. Allí se encontraron decenas de testamentos antiguos que modificaron la historia del cristianismo.

Por su parte, el historiador Flavio Josefo (37-100 d.C.), en su libro La Guerra de los Judíos, establece que los judíos tienen tres tipos de filosofía: los seguidores de la primera son los fariseos, los de la segunda son los saduceos, y los de la tercera, que tienen fama de cultivar la santidad, se llaman esenios.

Los Esenios estaban unidos entre ellos por un afecto mayor que el de los demás. Rechazaban los placeres como si fueran males, y consideran como virtud el dominio de sí mismo y la no sumisión a las pasiones.

Los Esenios fueron una secta judía que se formó, creció y se manifestó a las orillas del Mar Muerto. Algunos autores fijan su origen en Essen, hijo adoptivo del patriarca Moisés, unos mil 500 años antes de la era actual. Precisamente el descubrimiento de los rollos hizo que los historiadores empezaran a investigarlos, ya que hasta entonces solo habían sido mencionados escuetamente por los cronistas viejos como los Plinios, Flavio Josefo, y Filón.

Los Esenios eran una secta de costumbres ortodoxas para su época. En su conducta respondían a una alta moralidad, lo que los hacía altamente respetables en la región, aunque su moralidad no fuese bien vista por la comunidad judía del oriente medio. Esta debe ser una de las razones por las cuales los Esenios tienen una o dos menciones en la Biblia, y fueron escasamente reconocidos.

Vivían en una congregación monástica, alejados de cualquier costumbre que vulnerase su integridad física y anímica. Salían muy temprano a hacer trabajo en el campo y tenían estrictamente prohibida la utilización de aceites y bálsamos para proteger su piel; contaban con grandes tinas para bañarse varias veces al día, actividad de la cual posiblemente deriva, también, su denominación de Esenios; celebraban solemnemente la toma de sus alimentos y el dirigente de la secta, apodado el Maestro de la Luz, dividía el pan de la misma forma que lo hizo Jesús en la última cena. Los cronistas no evangélicos están seguros de que Jesús y Juan el Bautista vivieron algún tiempo en Qumrán. Alguno afirma que el Cristo llegó a encabezar la secta como Maestro de la Luz, en constante lucha contra el Maestro de las Tinieblas.

Antes de salir el sol no decían ninguna palabra profana, sino que rezaban algunas oraciones aprendidas de sus antepasados como si suplicaran a este astro para que aparezca. Cada uno era enviado por los encargados a trabajar en lo que sabía. Después de haber hecho su tarea diligentemente hasta la quinta hora, se reunían de nuevo en un mismo lugar, se ceñían un paño de lino y de esta manera se lavaban el cuerpo con agua fría.

Moderaban muy bien su ira, controlaban sus impulsos, guardaban fidelidad y colaboraban con la paz. Todas sus palabras tenían más valor que un juramento, pero trataban de no jurar, pues creían que esto es peor que el perjurio. Ellos decían que ya está condenada toda persona que no pueda ser creída sin invocar a Dios con un juramento.

En los rollos de Qumrán cada letra constituye un mundo y cada palabra un universo. No se comprendería la historia moderna de la humanidad sin esos manuscritos que no se dejaron vencer por el tiempo ni por las transacciones oscuras y tramposas de los mercaderes ni por las maniobras de quienes frenaron su rápida publicación.

Hay quienes aseguran que esos manuscritos fueron el legado de una comunidad de hombres piadosos, los Esenios, que en el siglo II antes de Cristo, dieron su propia interpretación a los cinco libros de Moisés, a sus leyes y mandamientos. Ciento diez tumbas en el cementerio de Khibert Qumrán, así lo acreditan.

Qumrán, sabiduría y máxima creación humana plasmada en un gesto desprovisto de todo interés personal para ofrendarlo generosamente a la humanidad entera, dos mil años más tarde.


Presea Ricardo Flores Magón

Fundador de Notimex

pacofonn@yahoo.com.mx


Todo empezó una mañana cualquiera del mes de abril de 1947, hace más de 73 años. Fue una mañana normal con un cielo ni más claro ni más oscuro que otros días en el árido paisaje de la rivera noroeste del Mar Muerto. Se inició cuando un pastor de cabras, un beduino de la tribu de los Ta’amireh, llegó casualmente a una oscura caverna situada en la terraza de Wadi Qumrán en busca de uno de sus animales que se habría extraviado. Cuando tiraba piedras hacia las cuevas de la pared rocosa, el ruido que produjo le pareció el de la cerámica al romperse.

Así descubrió unas jarras de barro que contenían legajos de cuero cubiertos de una pequeña caligrafía hebraica. Eran unos cilindros en extremo vetustos y polvorientos. Era como si al sacarlos a la luz del día tras dos milenios de reclusión – dice el historiador y periodista británico Paul Johnson (n.1928) – los pergaminos se sacudieran la ceniza fuliginosa de su sepulcro y se levantaran, solemnes y frágiles, para iniciar la cadenciosa marcha de los resucitados. Allí se encontraron decenas de testamentos antiguos que modificaron la historia del cristianismo.

Por su parte, el historiador Flavio Josefo (37-100 d.C.), en su libro La Guerra de los Judíos, establece que los judíos tienen tres tipos de filosofía: los seguidores de la primera son los fariseos, los de la segunda son los saduceos, y los de la tercera, que tienen fama de cultivar la santidad, se llaman esenios.

Los Esenios estaban unidos entre ellos por un afecto mayor que el de los demás. Rechazaban los placeres como si fueran males, y consideran como virtud el dominio de sí mismo y la no sumisión a las pasiones.

Los Esenios fueron una secta judía que se formó, creció y se manifestó a las orillas del Mar Muerto. Algunos autores fijan su origen en Essen, hijo adoptivo del patriarca Moisés, unos mil 500 años antes de la era actual. Precisamente el descubrimiento de los rollos hizo que los historiadores empezaran a investigarlos, ya que hasta entonces solo habían sido mencionados escuetamente por los cronistas viejos como los Plinios, Flavio Josefo, y Filón.

Los Esenios eran una secta de costumbres ortodoxas para su época. En su conducta respondían a una alta moralidad, lo que los hacía altamente respetables en la región, aunque su moralidad no fuese bien vista por la comunidad judía del oriente medio. Esta debe ser una de las razones por las cuales los Esenios tienen una o dos menciones en la Biblia, y fueron escasamente reconocidos.

Vivían en una congregación monástica, alejados de cualquier costumbre que vulnerase su integridad física y anímica. Salían muy temprano a hacer trabajo en el campo y tenían estrictamente prohibida la utilización de aceites y bálsamos para proteger su piel; contaban con grandes tinas para bañarse varias veces al día, actividad de la cual posiblemente deriva, también, su denominación de Esenios; celebraban solemnemente la toma de sus alimentos y el dirigente de la secta, apodado el Maestro de la Luz, dividía el pan de la misma forma que lo hizo Jesús en la última cena. Los cronistas no evangélicos están seguros de que Jesús y Juan el Bautista vivieron algún tiempo en Qumrán. Alguno afirma que el Cristo llegó a encabezar la secta como Maestro de la Luz, en constante lucha contra el Maestro de las Tinieblas.

Antes de salir el sol no decían ninguna palabra profana, sino que rezaban algunas oraciones aprendidas de sus antepasados como si suplicaran a este astro para que aparezca. Cada uno era enviado por los encargados a trabajar en lo que sabía. Después de haber hecho su tarea diligentemente hasta la quinta hora, se reunían de nuevo en un mismo lugar, se ceñían un paño de lino y de esta manera se lavaban el cuerpo con agua fría.

Moderaban muy bien su ira, controlaban sus impulsos, guardaban fidelidad y colaboraban con la paz. Todas sus palabras tenían más valor que un juramento, pero trataban de no jurar, pues creían que esto es peor que el perjurio. Ellos decían que ya está condenada toda persona que no pueda ser creída sin invocar a Dios con un juramento.

En los rollos de Qumrán cada letra constituye un mundo y cada palabra un universo. No se comprendería la historia moderna de la humanidad sin esos manuscritos que no se dejaron vencer por el tiempo ni por las transacciones oscuras y tramposas de los mercaderes ni por las maniobras de quienes frenaron su rápida publicación.

Hay quienes aseguran que esos manuscritos fueron el legado de una comunidad de hombres piadosos, los Esenios, que en el siglo II antes de Cristo, dieron su propia interpretación a los cinco libros de Moisés, a sus leyes y mandamientos. Ciento diez tumbas en el cementerio de Khibert Qumrán, así lo acreditan.

Qumrán, sabiduría y máxima creación humana plasmada en un gesto desprovisto de todo interés personal para ofrendarlo generosamente a la humanidad entera, dos mil años más tarde.


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Fundador de Notimex

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