/ domingo 28 de febrero de 2021

Reclamos

Cada semana el ruido electoral se mezcla con las urgencias que tenemos las y los ciudadanos, creando una ola de confusión que no ayuda en nada, mientras estamos tratando de vencer a la pandemia.

Pero los intereses que han prevalecido durante tantos años en el país no responden a ninguna lógica sanitaria o bien común; calculan con base en rendimientos de poder y esos no le aplican a la mayoría de nosotros.

Nuestra única defensa ante ese motor de la desigualdad, que nos divide y nos atemoriza artificialmente, es aumentar la participación civil que nos corresponde. El destino del país no se juega solo en las votaciones, sino en ejercicio cotidiano de estar pendiente de las decisiones que toman las autoridades y su efecto en la vida cotidiana.

Si tenemos alguna duda de ello, sugiero que salgamos a ver el estado de las calles, de las banquetas, del alumbrado público, del servicio de limpieza o de la reparación de las fugas del agua, peticiones diarias que representan hasta el 70% de las quejas que los ciudadanos tenemos ante los gobernantes.

De seguridad pública, educación, salud y vivienda, también podemos hablar mucho, pero son esos reclamos directos que nos complican el día a día los que más nos afectan. Sin embargo, en una nación poco equilibrada en lo económico y en lo social es complejo establecer acuerdos mínimos sobre los que todos construyamos un cambio auténtico.

No obstante, nos ha llegado una nueva oportunidad, en el peor escenario sanitario, para que hagamos sentir el peso que tenemos en la conducción de México. Así como lo hicimos hace casi tres años, hoy podemos repetirlo y dejar clara nuestra posición respecto de lo que sucede y sucederá en la segunda parte del sexenio.

Cualquier democracia es frágil cuando se pierden las prioridades y no enfocamos la mirada en lo que verdaderamente importa. El nivel inmediato que es la mejora de nuestra calle y de nuestra colonia, de nuestro municipio, es un buen punto de partida y ahí es donde tenemos una influencia mayor; usarla en los siguientes meses será crucial.

El otro tema prioritario es recuperar la movilidad y entrar en la nueva realidad que nos impone la Covid-19. Una vez que las cámaras y los micrófonos dirijan su atención hacia otras urgencias, las pocas lecciones aprendidas en esta emergencia podrían olvidarse con rapidez, es tarea de la sociedad no olvidar, ni a las víctimas, ni a los enfermos, justo cuando entraremos en la difícil etapa de la adaptación al virus, lo que significa que todavía no hemos llegado a ese momento en que podremos ejercer una nueva libertad de convivencia, ya sin cubrebocas de por medio.

El aprendizaje más severo es aquel que se da a partir de las pérdidas o de los cambios drásticos, las diferentes cepas de coronavirus amenazan con acompañarnos muchos años más, segando miles de vidas (como lo hacen otras enfermedades y padecimientos) si no modificamos este tren de vida al que estábamos más que acostumbrados.

Y dentro de esos malos hábitos están los que hemos adquirido no tan recientemente: la desinformación, la falta de diálogo con quienes no coinciden con nuestros puntos de vista, y la sensación de que estamos divididos sin remedio.

Tenemos que sacudirnos esas costumbres incorrectas y abrirnos socialmente no solo a un cambio de época, sino a la posibilidad de que no poseamos la verdad absoluta en ningún momento y que necesitemos complementarla con la visión de aquellos a quienes rechazamos a priori porque no pensamos que no existe manera de entendernos con ellos.

Ya hemos visto lo que ocurre cuando una sociedad concluye que sus decisiones se toman por bloques y a partir de información deficiente o prejuicios arraigados. No importa si el país es desarrollado o no.

México puede dar una señal de que sus ciudadanos tienen claro que su poder de decisión existe y que la posibilidad de ejercerlo en conjunto y en armonía nos hacen una nación diferente, ejemplar, para demostrarle a otras sociedades que la transformación pacífica no vive solo en los discursos.

Cada semana el ruido electoral se mezcla con las urgencias que tenemos las y los ciudadanos, creando una ola de confusión que no ayuda en nada, mientras estamos tratando de vencer a la pandemia.

Pero los intereses que han prevalecido durante tantos años en el país no responden a ninguna lógica sanitaria o bien común; calculan con base en rendimientos de poder y esos no le aplican a la mayoría de nosotros.

Nuestra única defensa ante ese motor de la desigualdad, que nos divide y nos atemoriza artificialmente, es aumentar la participación civil que nos corresponde. El destino del país no se juega solo en las votaciones, sino en ejercicio cotidiano de estar pendiente de las decisiones que toman las autoridades y su efecto en la vida cotidiana.

Si tenemos alguna duda de ello, sugiero que salgamos a ver el estado de las calles, de las banquetas, del alumbrado público, del servicio de limpieza o de la reparación de las fugas del agua, peticiones diarias que representan hasta el 70% de las quejas que los ciudadanos tenemos ante los gobernantes.

De seguridad pública, educación, salud y vivienda, también podemos hablar mucho, pero son esos reclamos directos que nos complican el día a día los que más nos afectan. Sin embargo, en una nación poco equilibrada en lo económico y en lo social es complejo establecer acuerdos mínimos sobre los que todos construyamos un cambio auténtico.

No obstante, nos ha llegado una nueva oportunidad, en el peor escenario sanitario, para que hagamos sentir el peso que tenemos en la conducción de México. Así como lo hicimos hace casi tres años, hoy podemos repetirlo y dejar clara nuestra posición respecto de lo que sucede y sucederá en la segunda parte del sexenio.

Cualquier democracia es frágil cuando se pierden las prioridades y no enfocamos la mirada en lo que verdaderamente importa. El nivel inmediato que es la mejora de nuestra calle y de nuestra colonia, de nuestro municipio, es un buen punto de partida y ahí es donde tenemos una influencia mayor; usarla en los siguientes meses será crucial.

El otro tema prioritario es recuperar la movilidad y entrar en la nueva realidad que nos impone la Covid-19. Una vez que las cámaras y los micrófonos dirijan su atención hacia otras urgencias, las pocas lecciones aprendidas en esta emergencia podrían olvidarse con rapidez, es tarea de la sociedad no olvidar, ni a las víctimas, ni a los enfermos, justo cuando entraremos en la difícil etapa de la adaptación al virus, lo que significa que todavía no hemos llegado a ese momento en que podremos ejercer una nueva libertad de convivencia, ya sin cubrebocas de por medio.

El aprendizaje más severo es aquel que se da a partir de las pérdidas o de los cambios drásticos, las diferentes cepas de coronavirus amenazan con acompañarnos muchos años más, segando miles de vidas (como lo hacen otras enfermedades y padecimientos) si no modificamos este tren de vida al que estábamos más que acostumbrados.

Y dentro de esos malos hábitos están los que hemos adquirido no tan recientemente: la desinformación, la falta de diálogo con quienes no coinciden con nuestros puntos de vista, y la sensación de que estamos divididos sin remedio.

Tenemos que sacudirnos esas costumbres incorrectas y abrirnos socialmente no solo a un cambio de época, sino a la posibilidad de que no poseamos la verdad absoluta en ningún momento y que necesitemos complementarla con la visión de aquellos a quienes rechazamos a priori porque no pensamos que no existe manera de entendernos con ellos.

Ya hemos visto lo que ocurre cuando una sociedad concluye que sus decisiones se toman por bloques y a partir de información deficiente o prejuicios arraigados. No importa si el país es desarrollado o no.

México puede dar una señal de que sus ciudadanos tienen claro que su poder de decisión existe y que la posibilidad de ejercerlo en conjunto y en armonía nos hacen una nación diferente, ejemplar, para demostrarle a otras sociedades que la transformación pacífica no vive solo en los discursos.

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