/ martes 12 de noviembre de 2019

Reflexiones de un facilitador Programa LID

Por: Diego Rodrigo Vázquez Romero


El Programa LID es parte de un proyecto de formación emprendido por Nosotrxs, que busca el establecimiento de liderazgos regionales para la exigencia de los derechos en el país. La dinámica de trabajo es a través de sesiones prácticas online por medio de videoconferencias y de reflexión teórica en una plataforma de ambientes de aprendizaje a distancia. Los contenidos están conformados por una serie de conceptos, preceptos y definiciones que deben ser comunes para quienes tomen el curso. Es decir, se busca que las y los participantes se apropien de un lenguaje: el de los derechos.

Para la implementación del programa este año se dividió al país en siete regiones; tuve la fortuna de ser facilitador del curso en la región Centro, que fue conformada por grandes seres humanos procedentes de Hidalgo, Morelos, Puebla y Tlaxcala. Desde la primera sesión, la emoción permeó el juicio y entorpeció las palabras. Era difícil saber qué hacer al ver múltiples rostros iluminando la pantalla de mi ordenador. Esas caras pertenecían a los nombres que había leído en una tabla y sabía que cada persona llenaba el espacio de una fila, sólo que ahora tenían presencia, voz y pedían la palabra de forma virtual. En ese momento, pude asociar la intención de un proyecto a un nombre, podía darle un rostro a ese deseo escrito en un texto frío; esas personas estaban ahí y con atención escuchaban lo que teníamos que decirles, porque les interesaba y les hacía sentido. Qué emoción más bonita.

En todas las sesiones se repetía el proceso interno de conquistar los nervios, buscar las mejores palabras, asignar turnos, escuchar, recordar la metodología de Ganz, seguir el manual, controlar tiempos, ajustar contenidos, realizar actividades, continuar con la sesión, escuchar, reír, empatizar, reflexionar y, a la par, intentar comprender aquello que les movía a esas personas, sus proyectos, sus intenciones, su historia, la historia de nosotros y del ahora.

En todas las sesiones surgieron dudas que intentamos resolver y durante todas las reuniones descubrimos cosas nuevas. Sea por la experiencia compartida de los demás o porque realmente el lenguaje que comenzamos a hablar tomaba sentido, cada vez nos acercábamos más a nuestros objetivos. Nosotros como facilitadores, logrando comunicar los contenidos de la metodología y los participantes, incorporando los conceptos a su praxis, reflexionando, participando y, sobre todo, haciendo. Sin percibirlo, esta dinámica de trabajo nos fue uniendo más y más.

Al reflexionar en lo individual y luego colectivamente conceptos teóricos como: Gobierno Abierto, el Mérito como Valor Público, Democracia Participativa, Cooptación de lo Público, Control Democrático, Justicia Insatisfecha y un largo etcétera, pude darme cuenta cómo esas ideas iban permeando las intervenciones de las y los participantes, en los breves pero significativos espacios de reflexión; cada vez se iba incorporando el lenguaje de los derechos a nuestra cotidianeidad. Ser consciente de ello me emocionaba mucho.

A través de una pantalla estábamos logrando algo importante para quienes volcaron su intención y deseo por estar y por continuar en el curso: ellas y ellos que aspiran a mejorar la vida de las mujeres, de la infancia, de las personas vulnerables y vulneradas, que luchan por los derechos sexuales y reproductivos, por la dignidad de las personas, por mejores servicios públicos… Conecté con personas que anhelan un mundo mejor, que encontraron un camino para hacerlo y que poco a poco van conquistando esos espacios.

Me da mucha satisfacción pensar que a estas maravillosas personas les mostramos una forma ordenada de hacer las cosas ya que, durante el curso, algunxs participantes nos compartieron que ya estaban aplicando, con buenos resultados, ciertos elementos de la metodología en sus causas, lo cual es increíble.

Ser facilitador de este curso le ha dado un respiro a mi día a día. Robarle horas al sueño para pensar, reflexionar y aprender el lenguaje de los derechos; organizarme para compartir esos fugaces momentos con seres humanos valiosos; romper barreras propias para ser empático con sus causas, entenderlas y tratar de aportarles algo, son cosas que han dejado mucho en mí. Es el camino que estaba buscando como pedagogo, como profesionista, como ciudadano y como persona. Pertenecer al programa de formación LID ha sido para mí un despertar.

Los proyectos que hemos ayudado a construir me hacen sentir parte de algo muy grande, que creo tendrá eco y resonancia en todo el país, porque el lenguaje común que ahora hablamos y que está presente en nuestras narrativas está potenciado por la organización colectiva que ya se creó y que se sumará a los esfuerzos de las demás regiones, y eso es profundamente esperanzador.

Después de esta experiencia de crecimiento personal comprendo cabalmente, porque pude vivirlo en carne propia, el precepto de Nosotrxs que dice: “mi libertad no termina donde comienza la tuya, mi libertad comienza donde se une a la tuya.”

Por: Diego Rodrigo Vázquez Romero


El Programa LID es parte de un proyecto de formación emprendido por Nosotrxs, que busca el establecimiento de liderazgos regionales para la exigencia de los derechos en el país. La dinámica de trabajo es a través de sesiones prácticas online por medio de videoconferencias y de reflexión teórica en una plataforma de ambientes de aprendizaje a distancia. Los contenidos están conformados por una serie de conceptos, preceptos y definiciones que deben ser comunes para quienes tomen el curso. Es decir, se busca que las y los participantes se apropien de un lenguaje: el de los derechos.

Para la implementación del programa este año se dividió al país en siete regiones; tuve la fortuna de ser facilitador del curso en la región Centro, que fue conformada por grandes seres humanos procedentes de Hidalgo, Morelos, Puebla y Tlaxcala. Desde la primera sesión, la emoción permeó el juicio y entorpeció las palabras. Era difícil saber qué hacer al ver múltiples rostros iluminando la pantalla de mi ordenador. Esas caras pertenecían a los nombres que había leído en una tabla y sabía que cada persona llenaba el espacio de una fila, sólo que ahora tenían presencia, voz y pedían la palabra de forma virtual. En ese momento, pude asociar la intención de un proyecto a un nombre, podía darle un rostro a ese deseo escrito en un texto frío; esas personas estaban ahí y con atención escuchaban lo que teníamos que decirles, porque les interesaba y les hacía sentido. Qué emoción más bonita.

En todas las sesiones se repetía el proceso interno de conquistar los nervios, buscar las mejores palabras, asignar turnos, escuchar, recordar la metodología de Ganz, seguir el manual, controlar tiempos, ajustar contenidos, realizar actividades, continuar con la sesión, escuchar, reír, empatizar, reflexionar y, a la par, intentar comprender aquello que les movía a esas personas, sus proyectos, sus intenciones, su historia, la historia de nosotros y del ahora.

En todas las sesiones surgieron dudas que intentamos resolver y durante todas las reuniones descubrimos cosas nuevas. Sea por la experiencia compartida de los demás o porque realmente el lenguaje que comenzamos a hablar tomaba sentido, cada vez nos acercábamos más a nuestros objetivos. Nosotros como facilitadores, logrando comunicar los contenidos de la metodología y los participantes, incorporando los conceptos a su praxis, reflexionando, participando y, sobre todo, haciendo. Sin percibirlo, esta dinámica de trabajo nos fue uniendo más y más.

Al reflexionar en lo individual y luego colectivamente conceptos teóricos como: Gobierno Abierto, el Mérito como Valor Público, Democracia Participativa, Cooptación de lo Público, Control Democrático, Justicia Insatisfecha y un largo etcétera, pude darme cuenta cómo esas ideas iban permeando las intervenciones de las y los participantes, en los breves pero significativos espacios de reflexión; cada vez se iba incorporando el lenguaje de los derechos a nuestra cotidianeidad. Ser consciente de ello me emocionaba mucho.

A través de una pantalla estábamos logrando algo importante para quienes volcaron su intención y deseo por estar y por continuar en el curso: ellas y ellos que aspiran a mejorar la vida de las mujeres, de la infancia, de las personas vulnerables y vulneradas, que luchan por los derechos sexuales y reproductivos, por la dignidad de las personas, por mejores servicios públicos… Conecté con personas que anhelan un mundo mejor, que encontraron un camino para hacerlo y que poco a poco van conquistando esos espacios.

Me da mucha satisfacción pensar que a estas maravillosas personas les mostramos una forma ordenada de hacer las cosas ya que, durante el curso, algunxs participantes nos compartieron que ya estaban aplicando, con buenos resultados, ciertos elementos de la metodología en sus causas, lo cual es increíble.

Ser facilitador de este curso le ha dado un respiro a mi día a día. Robarle horas al sueño para pensar, reflexionar y aprender el lenguaje de los derechos; organizarme para compartir esos fugaces momentos con seres humanos valiosos; romper barreras propias para ser empático con sus causas, entenderlas y tratar de aportarles algo, son cosas que han dejado mucho en mí. Es el camino que estaba buscando como pedagogo, como profesionista, como ciudadano y como persona. Pertenecer al programa de formación LID ha sido para mí un despertar.

Los proyectos que hemos ayudado a construir me hacen sentir parte de algo muy grande, que creo tendrá eco y resonancia en todo el país, porque el lenguaje común que ahora hablamos y que está presente en nuestras narrativas está potenciado por la organización colectiva que ya se creó y que se sumará a los esfuerzos de las demás regiones, y eso es profundamente esperanzador.

Después de esta experiencia de crecimiento personal comprendo cabalmente, porque pude vivirlo en carne propia, el precepto de Nosotrxs que dice: “mi libertad no termina donde comienza la tuya, mi libertad comienza donde se une a la tuya.”