/ domingo 22 de marzo de 2020

Responsabilidad frente a la pandemia

“La peste nos está volviendo crueles”

Samuel Pepys (Londres, 1665)

Desde la más remota antigüedad, la historia de la humanidad ha sido azotada por múltiples, silentes e invisibles compañeras: las feroces y funestas pandemias detonadas por diversas pestes (gr. loimós, lat. pestis). Flagelos que en un inicio el hombre se explicó como manifestaciones de la cólera divina, como en el caso bíblico del libro de Samuel 24:15: “Y Jehová envió la peste sobre Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado; y murieron del pueblo, desde Dan hasta Beerseba, setenta mil hombres”. Con el paso de los siglos, autores como Tucídides, Diógenes, Ovidio y Plutarco, entre otros, describirán cómo Atenas, Agrigento, Siracusa, Egina, Pompeya y la propia Roma, fueron azotadas por pestes. Una de las más mortíferas, la que tuvo lugar en el siglo VI d.C. en el corazón del Imperio Bizantino: la peste de Justiniano, que produjo la muerte de más de 600 mil personas.

Ocho siglos más tarde, nuevos azotes epidémicos tendrán lugar y la historia escribirá miles de páginas atestiguando los horrores de su furia atroz. En el siglo XIV, entre 1320 y 1380, tuvo lugar la peste bubónica, mejor conocida como la muerte o peste negra, provocada por el bacilo Yersinia pestis, cuyo vector son las pulgas y el huésped, las ratas y el hombre a la muerte de éstas. La peste hasta ahora más letal ocurrida en la historia, pues según estimaciones de los médicos papales Chalin de Vinario y Guy de Chauliac, cobró la vida de más de 50 millones de personas en Europa y de 100 millones en todo el orbe hasta entonces conocido. Originada en China en el desierto de Gobi, su propagación se dio a lo largo de la ruta de la seda y fue Messina, en Sicilia, la primera ciudad europea que arrasó hacia 1347 tras la llegada de galeras genovesas repletas de marineros moribundos infectados por ella, procedentes del puerto mercantil italiano de Kaffa (hoy Feodosia), ubicado en la península de Crimea a orillas del Mar Negro.

Desatada la peste, los habitantes de la isla siciliana huyeron y expandieron la enfermedad al resto de Italia. Meses después, ésta arrasa la Provenza, Languedoc, los reinos de Aragón y Castilla, Inglaterra, centro y norte de Europa y Escandinavia, quedando a salvo muy pocas regiones como la magiar. Era apocalíptico y el Decameron de Bocaccio así lo inmortalizó, constituyéndose en uno de los recuerdos más emblemáticos y palpitantes de aquel momento funesto en la historia humana, en el que cobró sentido la frase “carpe diem”: invocación perenne sobre la fugacidad de la vida gracias a los jóvenes que decidieron recluirse en la Villa Palmieri, huyendo del horror de la peste que desangraba Florencia.

En el siglo XVI, nuevas epidemias azotan a la humanidad como el tifo exantemático y la influenza. La viruela (cocoliztli) masacra a la Nueva España, que entre 1519 y 1600 perderá casi al 95% de su población originaria, mientras hacia 1575 la peste devasta Venecia en pleno carnaval. Peste emblemática porque además de haber sido concentrados los enfermos en dos islas-hospital venecianas (Lazzareto Vecchio y Nuovo), fue entonces cuando surgió el “Magistrado de la Sanidad” y los galenos comenzaron a utilizar máscaras en forma de pico de ave como protección de los humores de los enfermos. Otras tienen lugar en 1620 entre los colonos de Plymouth que iban en pos de colonizar Norteamérica y en 1720 en Marsella. En 1820, desde China el cólera se propaga hasta el Medio y Cercano Oriente y, entre 1918 y 1920, la gripe española produce una mortandad mundial superior a los 40 millones de decesos. Tal vez el cambio climático, el incremento en la densidad poblacional y la insalubridad de los grandes centros urbanos fueron algunas de las principales causas de su propagación y virulencia o tal vez simplemente fueron producto de ciclos de reactivación biológica. Lo cierto es que falta mucho por descubrir del pasado y por saber de la nueva pandemia que se cierne sobre la humanidad: el coronavirus.

Los testimonios que la historia nos ofrece derivados de las pestes son estrujantes y nos hablan de su magnitud y múltiples consecuencias. Una pandemia no perdona edad, sexo ni condición. Su paso deja estelas de dolor mientras en la calle, los nosocomios y las casas reina el silencio. La recesión económica, política y social le son concomitantes. No olvidemos a los “flagelantes” medievales que realizaban procesiones para obtener el perdón divino y la persecución xenofóbica de miles de judíos por “haber detonado” la peste, pero lo más trágico es que el mundo actual no es diferente.

Las pestes continúan cimbrando las fibras más profundas de la humanidad y así como despiertan los más altos y nobles sentimientos, favorecen que otros, execrables, surjan derivados del egoísmo, crueldad, ambición e irresponsabilidad. El camino es largo, pero ojalá algún día la humanidad haga suyo el mensaje de Antoine de Saint-Exupery: “Cada uno es responsable de todos. Cada uno por sí solo es responsable de todos. Cada uno es el único responsable de todos”.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli


“La peste nos está volviendo crueles”

Samuel Pepys (Londres, 1665)

Desde la más remota antigüedad, la historia de la humanidad ha sido azotada por múltiples, silentes e invisibles compañeras: las feroces y funestas pandemias detonadas por diversas pestes (gr. loimós, lat. pestis). Flagelos que en un inicio el hombre se explicó como manifestaciones de la cólera divina, como en el caso bíblico del libro de Samuel 24:15: “Y Jehová envió la peste sobre Israel desde la mañana hasta el tiempo señalado; y murieron del pueblo, desde Dan hasta Beerseba, setenta mil hombres”. Con el paso de los siglos, autores como Tucídides, Diógenes, Ovidio y Plutarco, entre otros, describirán cómo Atenas, Agrigento, Siracusa, Egina, Pompeya y la propia Roma, fueron azotadas por pestes. Una de las más mortíferas, la que tuvo lugar en el siglo VI d.C. en el corazón del Imperio Bizantino: la peste de Justiniano, que produjo la muerte de más de 600 mil personas.

Ocho siglos más tarde, nuevos azotes epidémicos tendrán lugar y la historia escribirá miles de páginas atestiguando los horrores de su furia atroz. En el siglo XIV, entre 1320 y 1380, tuvo lugar la peste bubónica, mejor conocida como la muerte o peste negra, provocada por el bacilo Yersinia pestis, cuyo vector son las pulgas y el huésped, las ratas y el hombre a la muerte de éstas. La peste hasta ahora más letal ocurrida en la historia, pues según estimaciones de los médicos papales Chalin de Vinario y Guy de Chauliac, cobró la vida de más de 50 millones de personas en Europa y de 100 millones en todo el orbe hasta entonces conocido. Originada en China en el desierto de Gobi, su propagación se dio a lo largo de la ruta de la seda y fue Messina, en Sicilia, la primera ciudad europea que arrasó hacia 1347 tras la llegada de galeras genovesas repletas de marineros moribundos infectados por ella, procedentes del puerto mercantil italiano de Kaffa (hoy Feodosia), ubicado en la península de Crimea a orillas del Mar Negro.

Desatada la peste, los habitantes de la isla siciliana huyeron y expandieron la enfermedad al resto de Italia. Meses después, ésta arrasa la Provenza, Languedoc, los reinos de Aragón y Castilla, Inglaterra, centro y norte de Europa y Escandinavia, quedando a salvo muy pocas regiones como la magiar. Era apocalíptico y el Decameron de Bocaccio así lo inmortalizó, constituyéndose en uno de los recuerdos más emblemáticos y palpitantes de aquel momento funesto en la historia humana, en el que cobró sentido la frase “carpe diem”: invocación perenne sobre la fugacidad de la vida gracias a los jóvenes que decidieron recluirse en la Villa Palmieri, huyendo del horror de la peste que desangraba Florencia.

En el siglo XVI, nuevas epidemias azotan a la humanidad como el tifo exantemático y la influenza. La viruela (cocoliztli) masacra a la Nueva España, que entre 1519 y 1600 perderá casi al 95% de su población originaria, mientras hacia 1575 la peste devasta Venecia en pleno carnaval. Peste emblemática porque además de haber sido concentrados los enfermos en dos islas-hospital venecianas (Lazzareto Vecchio y Nuovo), fue entonces cuando surgió el “Magistrado de la Sanidad” y los galenos comenzaron a utilizar máscaras en forma de pico de ave como protección de los humores de los enfermos. Otras tienen lugar en 1620 entre los colonos de Plymouth que iban en pos de colonizar Norteamérica y en 1720 en Marsella. En 1820, desde China el cólera se propaga hasta el Medio y Cercano Oriente y, entre 1918 y 1920, la gripe española produce una mortandad mundial superior a los 40 millones de decesos. Tal vez el cambio climático, el incremento en la densidad poblacional y la insalubridad de los grandes centros urbanos fueron algunas de las principales causas de su propagación y virulencia o tal vez simplemente fueron producto de ciclos de reactivación biológica. Lo cierto es que falta mucho por descubrir del pasado y por saber de la nueva pandemia que se cierne sobre la humanidad: el coronavirus.

Los testimonios que la historia nos ofrece derivados de las pestes son estrujantes y nos hablan de su magnitud y múltiples consecuencias. Una pandemia no perdona edad, sexo ni condición. Su paso deja estelas de dolor mientras en la calle, los nosocomios y las casas reina el silencio. La recesión económica, política y social le son concomitantes. No olvidemos a los “flagelantes” medievales que realizaban procesiones para obtener el perdón divino y la persecución xenofóbica de miles de judíos por “haber detonado” la peste, pero lo más trágico es que el mundo actual no es diferente.

Las pestes continúan cimbrando las fibras más profundas de la humanidad y así como despiertan los más altos y nobles sentimientos, favorecen que otros, execrables, surjan derivados del egoísmo, crueldad, ambición e irresponsabilidad. El camino es largo, pero ojalá algún día la humanidad haga suyo el mensaje de Antoine de Saint-Exupery: “Cada uno es responsable de todos. Cada uno por sí solo es responsable de todos. Cada uno es el único responsable de todos”.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli