/ jueves 28 de mayo de 2020

Rulfo, Cortázar y la pandemia

El COVID-19 nos ha dado y nos dará varias lecciones en México, casi todas de carácter doloroso. El sobre-optimismo que tiene un sector de la población y del gobierno sobre el futuro y las consecuencias en materia de salud, seguridad pública y economía, cae en una categoría del realismo mágico.

Sin duda, es acertado el refrán que dice: al mal tiempo buena cara. Siempre y cuando no le queramos arrebatar espacio a Julio Cortázar y escribir otro capítulo de Rayuela. Mientras que algunos miembros de la Unión Europea equiparan este problema a la Segunda Guerra Mundial, varios filósofos y filósofas llaman a reflexionar sobre un nuevo orden social. Aquí tenemos sectores con fe ciega en el futuro de la “nueva normalidad”. Tenemos el deber de apreciar los problemas en su justa dimensión, y los siguientes 16 meses no serán nada sencillos.

El país está gravitando en la obra de Juan Rulfo. Todos los días, conviven los vivos con los muertos, y está normalizado. El fin de semana pasado hubo más de doscientos homicidios dolosos. De alguna manera se tiene que detener la violencia. El Estado está llamado a garantizar nuestra seguridad, pero como en la obra de Rulfo parece que seguiremos avanzando en un ambiente confuso. Los expertos en seguridad, los empresarios y algunos miembros del Estado mexicano nos están avisando del dilema que se aproxima, pero poco se está haciendo para detenerlo. Y las consecuencias, y los retos allí no acaban.

La tecnología no está a la mano de todos y todas. Muchos damos por sentado que todas las personas tienen acceso a internet. A mayor abundamiento, hay quienes no conciben el mundo sin esta tecnología. Resulta que la pandemia desnudó nuestros problemas de conectividad. En efecto, las clases a distancia permitieron saber que no todas ni todos pueden tomar clases en línea, y que esa herramienta tecnológica que se equipara con el foco de Edison no está en todas las casas (al igual que la electricidad). Aquí, de nueva cuenta, el Estado tiene que implementar acciones para que en la “nueva normalidad” exista mayor acceso a la red como a la electricidad.

En México no acabamos de aprender sobre acción colectiva e individual en sentido moral y político. Cuando el Estado no está, ese lugar se puede subsanar por una parte de sus ciudadanos y no todo es la sociedad civil organizada. Las acciones que despliega cada persona pueden impactar en sí y en terceros, cosas tan sencillas cómo un cubre bocas, ayudar a extraños, aportar algo a la comunidad -o- simplemente no hacer despropósitos como el funcionario del municipio de Ensenada que se casó en plena pandemia. En el futuro también se verán las lecciones de las pequeñas acciones y de las colectivas. Todo lo anterior, en la esperanza de que no tengamos que aprender por las malas sino a través de ponderar la dimensión de los problemas que estamos enfrentando.

El COVID-19 nos ha dado y nos dará varias lecciones en México, casi todas de carácter doloroso. El sobre-optimismo que tiene un sector de la población y del gobierno sobre el futuro y las consecuencias en materia de salud, seguridad pública y economía, cae en una categoría del realismo mágico.

Sin duda, es acertado el refrán que dice: al mal tiempo buena cara. Siempre y cuando no le queramos arrebatar espacio a Julio Cortázar y escribir otro capítulo de Rayuela. Mientras que algunos miembros de la Unión Europea equiparan este problema a la Segunda Guerra Mundial, varios filósofos y filósofas llaman a reflexionar sobre un nuevo orden social. Aquí tenemos sectores con fe ciega en el futuro de la “nueva normalidad”. Tenemos el deber de apreciar los problemas en su justa dimensión, y los siguientes 16 meses no serán nada sencillos.

El país está gravitando en la obra de Juan Rulfo. Todos los días, conviven los vivos con los muertos, y está normalizado. El fin de semana pasado hubo más de doscientos homicidios dolosos. De alguna manera se tiene que detener la violencia. El Estado está llamado a garantizar nuestra seguridad, pero como en la obra de Rulfo parece que seguiremos avanzando en un ambiente confuso. Los expertos en seguridad, los empresarios y algunos miembros del Estado mexicano nos están avisando del dilema que se aproxima, pero poco se está haciendo para detenerlo. Y las consecuencias, y los retos allí no acaban.

La tecnología no está a la mano de todos y todas. Muchos damos por sentado que todas las personas tienen acceso a internet. A mayor abundamiento, hay quienes no conciben el mundo sin esta tecnología. Resulta que la pandemia desnudó nuestros problemas de conectividad. En efecto, las clases a distancia permitieron saber que no todas ni todos pueden tomar clases en línea, y que esa herramienta tecnológica que se equipara con el foco de Edison no está en todas las casas (al igual que la electricidad). Aquí, de nueva cuenta, el Estado tiene que implementar acciones para que en la “nueva normalidad” exista mayor acceso a la red como a la electricidad.

En México no acabamos de aprender sobre acción colectiva e individual en sentido moral y político. Cuando el Estado no está, ese lugar se puede subsanar por una parte de sus ciudadanos y no todo es la sociedad civil organizada. Las acciones que despliega cada persona pueden impactar en sí y en terceros, cosas tan sencillas cómo un cubre bocas, ayudar a extraños, aportar algo a la comunidad -o- simplemente no hacer despropósitos como el funcionario del municipio de Ensenada que se casó en plena pandemia. En el futuro también se verán las lecciones de las pequeñas acciones y de las colectivas. Todo lo anterior, en la esperanza de que no tengamos que aprender por las malas sino a través de ponderar la dimensión de los problemas que estamos enfrentando.

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