/ martes 27 de febrero de 2024

Sala De Espera / Autócrata

La pasada es probable que sea la peor semana en la vida política del presidente Andrés Manuel López Obrador, por lo menos públicamente.

Nunca se le había visto, en vivo y directo, tan descompuesto, desesperado, insultante, agresivo, prepotente, sin recursos políticos, ni siquiera en 1988 cuando el PRI decidió no postularlo como candidato a la gubernatura de Tabasco; ni cuando airadamente y sin pruebas reclamó fraudes electorales en 2006 y 2018.

Pese a que en el 2006 mostró su talante antidemocrático cuando se declaró en pleno Zócalo “presidente legítimo” y se cruzó un remedo de banda presidencial, y el 2012 tomó durante más de tres meses el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México, con el consentimiento del gobierno capitalino del entonces PRD.

Su gobierno en la Ciudad de México y sus acciones como militante y líder nacional del PRD nunca lo mostraron como un demócrata, pero millones de ciudadanos -de todas las raleas- lo aceptaron y lo apoyaron en su representación perpetua de víctima del sistema al que siempre ha pertenecido.

Su autovictimización permitió que todo análisis no favorable o simple crítica sobre su actuación política “se le resbalara”, bajo la denuncia de que era atacado por la “mafia del poder” y otras entelequias por él creadas.

López Obrador siempre se mostró como lo que nunca fue. Todavía en el discurso de la noche del triunfo electoral hizo creer a muchos que era un demócrata. Pero no. Ni siquiera había tomado posesión cuando ya, con la complacencia del gobierno priista de Enrique Peña Nieto, comenzó a tomar decisiones, como la de cancelar el proyecto del Aeropuerto Internacional de México. Y desde entonces.

Su gobierno siempre ha promocionado su supuesta popularidad, presuntamente medida por “encuestas”, aunque ella no fue suficiente para conservar en el Congreso de la Unión la mayoría calificada en las elecciones federales del 2021, su mayor derrota hasta ahora.

Y su gobierno no ha sido el de la transformación sino el del retroceso de cuando menos cuarenta-cincuenta años, aun cuando su aparato propagandístico sostenga lo contrario.

Él lo sabe y finalmente no pudo soportar la presión. El detonante público de esa explosión fue la Marcha por la Democracia, del domingo 18 de febrero, y la grisura de la candidata presidencial que designó.

Así, comenzó por descalificar a los cientos de miles de participantes (el Zócalo lleno y marchas y manifestaciones en más de cien ciudades) a quienes llamó demócratas disfrazados para recuperar “sus privilegios” y “la corrupción”; luego arremetió contra The New York Times por un reportaje que informó de una investigación de agencias estadunidenses sobre probables apoyos del narcotráficos a sus campañas electorales, antecedido por otro similar de ProPublica, que provocó el “hashtag” de “narcopresidente”, que llegó a ser tendencial mundial.

Ese reportaje del NYT lo hizo resbalar de manera lamentable: reveló en su conferencia diaria que la autora le había solicitado una entrevista sobre el tema (para conocer su versión), presentó la solicitud con las preguntas y exhibió el número de su teléfono celular.

Las reacciones a su flagrante delito de relevación de datos personales le sirvieron “para defenderse” y afirmó que en México ninguna ley priva sobre su “autoridad moral y política”, creencia fija en él que se comprueba con el reconocimiento de que el anterior ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Arturo Zaldívar, obedecía sus órdenes para obligar a los jueces a tomar decisiones favorables al gobierno.

La semana pasada mostró al presidente tal como es, como siempre ha sido: un autócrata.


La pasada es probable que sea la peor semana en la vida política del presidente Andrés Manuel López Obrador, por lo menos públicamente.

Nunca se le había visto, en vivo y directo, tan descompuesto, desesperado, insultante, agresivo, prepotente, sin recursos políticos, ni siquiera en 1988 cuando el PRI decidió no postularlo como candidato a la gubernatura de Tabasco; ni cuando airadamente y sin pruebas reclamó fraudes electorales en 2006 y 2018.

Pese a que en el 2006 mostró su talante antidemocrático cuando se declaró en pleno Zócalo “presidente legítimo” y se cruzó un remedo de banda presidencial, y el 2012 tomó durante más de tres meses el Paseo de la Reforma de la Ciudad de México, con el consentimiento del gobierno capitalino del entonces PRD.

Su gobierno en la Ciudad de México y sus acciones como militante y líder nacional del PRD nunca lo mostraron como un demócrata, pero millones de ciudadanos -de todas las raleas- lo aceptaron y lo apoyaron en su representación perpetua de víctima del sistema al que siempre ha pertenecido.

Su autovictimización permitió que todo análisis no favorable o simple crítica sobre su actuación política “se le resbalara”, bajo la denuncia de que era atacado por la “mafia del poder” y otras entelequias por él creadas.

López Obrador siempre se mostró como lo que nunca fue. Todavía en el discurso de la noche del triunfo electoral hizo creer a muchos que era un demócrata. Pero no. Ni siquiera había tomado posesión cuando ya, con la complacencia del gobierno priista de Enrique Peña Nieto, comenzó a tomar decisiones, como la de cancelar el proyecto del Aeropuerto Internacional de México. Y desde entonces.

Su gobierno siempre ha promocionado su supuesta popularidad, presuntamente medida por “encuestas”, aunque ella no fue suficiente para conservar en el Congreso de la Unión la mayoría calificada en las elecciones federales del 2021, su mayor derrota hasta ahora.

Y su gobierno no ha sido el de la transformación sino el del retroceso de cuando menos cuarenta-cincuenta años, aun cuando su aparato propagandístico sostenga lo contrario.

Él lo sabe y finalmente no pudo soportar la presión. El detonante público de esa explosión fue la Marcha por la Democracia, del domingo 18 de febrero, y la grisura de la candidata presidencial que designó.

Así, comenzó por descalificar a los cientos de miles de participantes (el Zócalo lleno y marchas y manifestaciones en más de cien ciudades) a quienes llamó demócratas disfrazados para recuperar “sus privilegios” y “la corrupción”; luego arremetió contra The New York Times por un reportaje que informó de una investigación de agencias estadunidenses sobre probables apoyos del narcotráficos a sus campañas electorales, antecedido por otro similar de ProPublica, que provocó el “hashtag” de “narcopresidente”, que llegó a ser tendencial mundial.

Ese reportaje del NYT lo hizo resbalar de manera lamentable: reveló en su conferencia diaria que la autora le había solicitado una entrevista sobre el tema (para conocer su versión), presentó la solicitud con las preguntas y exhibió el número de su teléfono celular.

Las reacciones a su flagrante delito de relevación de datos personales le sirvieron “para defenderse” y afirmó que en México ninguna ley priva sobre su “autoridad moral y política”, creencia fija en él que se comprueba con el reconocimiento de que el anterior ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, Arturo Zaldívar, obedecía sus órdenes para obligar a los jueces a tomar decisiones favorables al gobierno.

La semana pasada mostró al presidente tal como es, como siempre ha sido: un autócrata.