/ domingo 10 de mayo de 2020

Seguridad, Prevención y Coronavirus

Una vez que podamos regresar a cierta normalidad, la cual será muy distinta a lo que conocíamos, tendremos que enfrentar de nuevo los problemas sociales que nos han afectado durante años y para los que ni la pandemia parece frenar; el principal, la seguridad pública en el país.

De acuerdo con las cifras disponibles, la violencia no ha disminuido por el aislamiento social y los delincuentes siguen defendiendo su negocio a pesar del riesgo de contagio, lo que señala la naturaleza del crimen en México y su motivados fundamental: las ganancias económicas ilegales.

Entender que la mayoría de los delincuentes cometen actos fuera de la ley por el dinero que ello representa, se queda corto frente a las acciones de prevención y de combate que se tendrán que activar en cuanto regresemos a las calles, a los centros de trabajo, a las escuelas y a un flujo de pasajeros al tope en el transporte público, porque las bandas y los grupos del crimen organizado, que es todo, seguirán operando y puede que sean uno de los pocos sectores que demandará mano de obra, mientras otros caerán en uno de los baches económicos -espero- más profundos de nuestra historia reciente.

Quiero precisar que una persona que, lamentablemente, pierda su empleo a causa de esta pandemia, no considera en automático cometer un acto ilícito, eso es mentira; la mayoría de la gente busca opciones de todo tipo, en particular el comercio informal, para solventar sus necesidades y las de su familia. Ese es un activo de la sociedad mexicana y por esa razón, una gran parte de las personas en espera de sentencia, o ya recluidos en un centro de readaptación social, pueden estar privados de su libertad por condenas derivadas de delitos menores, por desesperación, y no por una carrera criminal profesional.

Sin embargo, no podemos olvidar tampoco que la reincidencia delincuencial en México es del 60 por ciento, es decir, 6 de cada diez personas que cometen un delito y son aprehendidos ya tienen antecedentes, lo que señala una estructura criminal que ha tomado la decisión de dedicarse a actividades ilegales, en particular el robo en sus diferentes modalidades.

Pero la estructura no se detiene con los delincuentes que se especializan, ganan experiencia o aprenden nuevas habilidades en las cárceles, también demuestra que hay una red de protección, corrupción e impunidad que los protege y tolera. Nadie se hace delincuente de la noche a la mañana, aún en medio de la urgencia de proveer para su familia, sino que requiere de un “contacto” que lo inicie en el delito, partiendo del rango más bajo dentro del grupo y que su ascenso en la organización dependa de su “talento”, habilidad, lealtad y hasta del grado de violencia que esté dispuesto a cometer.

Esta enorme “empresa” llamada crimen rivaliza con cualquier corporación global legal que conozcamos y nosotros somos, tristemente, sus clientes. Las demostraciones de falsa caridad de grupos delincuenciales en las últimas semanas son una pantalla para alimentar una imagen de benefactores temporales, cuando en realidad lo único que hacen es proteger su “mercado”, uno al que después acudirán sin piedad para quitarle lo que tiene.

La pregunta central es qué haremos como sociedad para reformular la prevención e impulsar sistemas de denuncia eficaces, confiables, ciudadanos, confidenciales y seguros para que la gente reporte aquello que sabe o ve. Al mismo tiempo, cómo nos protegeremos y nos coordinaremos con las autoridades correspondientes para cerrarle el paso a la delincuencia que no ha parado sus actividades por el COVID-19, ni lo hará.

Desde nuestro hogar, nuestra calle, espacio de trabajo y de convivencia, debemos empezar a establecer un plan de seguridad vecinal, de denuncia de aquello que afecte nuestro buen y bien vivir, y que mande la señal a la delincuencia que nada regresará a ser como antes, en especial el azote del crimen. Este es el momento. En próximas entregas haremos propuestas en este sentido.


Experto en seguridad pública.


Una vez que podamos regresar a cierta normalidad, la cual será muy distinta a lo que conocíamos, tendremos que enfrentar de nuevo los problemas sociales que nos han afectado durante años y para los que ni la pandemia parece frenar; el principal, la seguridad pública en el país.

De acuerdo con las cifras disponibles, la violencia no ha disminuido por el aislamiento social y los delincuentes siguen defendiendo su negocio a pesar del riesgo de contagio, lo que señala la naturaleza del crimen en México y su motivados fundamental: las ganancias económicas ilegales.

Entender que la mayoría de los delincuentes cometen actos fuera de la ley por el dinero que ello representa, se queda corto frente a las acciones de prevención y de combate que se tendrán que activar en cuanto regresemos a las calles, a los centros de trabajo, a las escuelas y a un flujo de pasajeros al tope en el transporte público, porque las bandas y los grupos del crimen organizado, que es todo, seguirán operando y puede que sean uno de los pocos sectores que demandará mano de obra, mientras otros caerán en uno de los baches económicos -espero- más profundos de nuestra historia reciente.

Quiero precisar que una persona que, lamentablemente, pierda su empleo a causa de esta pandemia, no considera en automático cometer un acto ilícito, eso es mentira; la mayoría de la gente busca opciones de todo tipo, en particular el comercio informal, para solventar sus necesidades y las de su familia. Ese es un activo de la sociedad mexicana y por esa razón, una gran parte de las personas en espera de sentencia, o ya recluidos en un centro de readaptación social, pueden estar privados de su libertad por condenas derivadas de delitos menores, por desesperación, y no por una carrera criminal profesional.

Sin embargo, no podemos olvidar tampoco que la reincidencia delincuencial en México es del 60 por ciento, es decir, 6 de cada diez personas que cometen un delito y son aprehendidos ya tienen antecedentes, lo que señala una estructura criminal que ha tomado la decisión de dedicarse a actividades ilegales, en particular el robo en sus diferentes modalidades.

Pero la estructura no se detiene con los delincuentes que se especializan, ganan experiencia o aprenden nuevas habilidades en las cárceles, también demuestra que hay una red de protección, corrupción e impunidad que los protege y tolera. Nadie se hace delincuente de la noche a la mañana, aún en medio de la urgencia de proveer para su familia, sino que requiere de un “contacto” que lo inicie en el delito, partiendo del rango más bajo dentro del grupo y que su ascenso en la organización dependa de su “talento”, habilidad, lealtad y hasta del grado de violencia que esté dispuesto a cometer.

Esta enorme “empresa” llamada crimen rivaliza con cualquier corporación global legal que conozcamos y nosotros somos, tristemente, sus clientes. Las demostraciones de falsa caridad de grupos delincuenciales en las últimas semanas son una pantalla para alimentar una imagen de benefactores temporales, cuando en realidad lo único que hacen es proteger su “mercado”, uno al que después acudirán sin piedad para quitarle lo que tiene.

La pregunta central es qué haremos como sociedad para reformular la prevención e impulsar sistemas de denuncia eficaces, confiables, ciudadanos, confidenciales y seguros para que la gente reporte aquello que sabe o ve. Al mismo tiempo, cómo nos protegeremos y nos coordinaremos con las autoridades correspondientes para cerrarle el paso a la delincuencia que no ha parado sus actividades por el COVID-19, ni lo hará.

Desde nuestro hogar, nuestra calle, espacio de trabajo y de convivencia, debemos empezar a establecer un plan de seguridad vecinal, de denuncia de aquello que afecte nuestro buen y bien vivir, y que mande la señal a la delincuencia que nada regresará a ser como antes, en especial el azote del crimen. Este es el momento. En próximas entregas haremos propuestas en este sentido.


Experto en seguridad pública.


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