/ lunes 18 de enero de 2021

Sin energías para la transformación

“Con el apagón, qué cosas suceden...”

Yuri

El 2020, ese año tan execrable, estaba por concluir cuando se apagaron las luces por un momento. Sin embargo, el espectáculo no era nada como lo esperábamos.

Casi acostumbrados a las bromas de la coincidencia, ni más ni menos que el 28 de diciembre hubo un suceso mayúsculo: un apagón que afectaría a poco más de diez millones de personas usuarias de los servicios de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) distribuidas en más de la mitad de los estados del país.

La situación a la que nos ha orillado la pandemia precisa de cierta dependencia a los servicios eléctricos: trabajo en casa, clases en línea, algunos servicios de transporte, servicios en hospitales. Por la magnitud del corte, en redes sociales se percibió una amplia actividad en quejas, reportes y dudas de lo que realmente ocurría.

Casi como si se recordara aquella ley química (la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma), se nos dijo que la energía de los fuertes vientos del frente frío número 23 provocaron que otra, en forma de fuego, suscitara un incendio en unos pastizales cercanos a una planta en Tamaulipas, tras lo cual dieciocho entidades de la República se quedaron sin otra energía: la eléctrica.

El apagón también habrá de dar pie a consecuencias administrativas que aún no terminan de aclararse. Más bien revelaron la manera en que el gobierno actual mira con reticencia y rechaza las energías renovables, mientras sigue creyendo obcecadamente en los hidrocarburos.

Un par de ejemplos: el empecinamiento en la construcción de Dos Bocas, pese a que otras refinerías no dan señas de ser productivas y que el Fondo Monetario Internacional ha insistido en la inviabilidad del proyecto. O que aún haya dudas sobre el Tren Maya y el origen de las energías con las que operará.

La sustentabilidad no parece tener una fuerte presencia en esta quimérica transformación que se nos anunció hace dos años y que nació desgastada. Menos lo parece cuando las acciones y las declaraciones al respecto son contradictorias, como las del director de la CFE que reavivó el debate surgido en mayo del año pasado, cuando dijo que las empresas de energía renovable en México debían pagar parte del costo para asegurar el flujo continuo en la red eléctrica.

Dejando de lado el tema de la falsedad del documento sobre el incendio, Bartlett amenazó con sacar de operación a las energías renovables. A su juicio son las que hace que el sistema eléctrico se debilite. ¿Cuál es la verdadera intención detrás de este continuo embate contra las fuentes alternativas de energía? ¿Qué intereses esconde la 4T para mirar con tanta desconfianza a lo que no se parece al México de la década de los setenta?

Tenemos que asegurarnos de que esta crisis que actualmente vive el mundo no sea en vano: hay que aprender las lecciones que el planeta está intentando enseñarnos.

Si no cambiamos nuestra forma de vida, si no aceleramos la transición hacia un modo más sustentable de convivir con el entorno, entonces estaremos firmando una terrible sentencia para las generaciones venideras.

Cualquier transformación debe ser en pro del medio ambiente o, de lo contrario, será una condena.



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El 2020, ese año tan execrable, estaba por concluir cuando se apagaron las luces por un momento. Sin embargo, el espectáculo no era nada como lo esperábamos.

Casi acostumbrados a las bromas de la coincidencia, ni más ni menos que el 28 de diciembre hubo un suceso mayúsculo: un apagón que afectaría a poco más de diez millones de personas usuarias de los servicios de la Comisión Federal de Electricidad (CFE) distribuidas en más de la mitad de los estados del país.

La situación a la que nos ha orillado la pandemia precisa de cierta dependencia a los servicios eléctricos: trabajo en casa, clases en línea, algunos servicios de transporte, servicios en hospitales. Por la magnitud del corte, en redes sociales se percibió una amplia actividad en quejas, reportes y dudas de lo que realmente ocurría.

Casi como si se recordara aquella ley química (la materia no se crea ni se destruye, sólo se transforma), se nos dijo que la energía de los fuertes vientos del frente frío número 23 provocaron que otra, en forma de fuego, suscitara un incendio en unos pastizales cercanos a una planta en Tamaulipas, tras lo cual dieciocho entidades de la República se quedaron sin otra energía: la eléctrica.

El apagón también habrá de dar pie a consecuencias administrativas que aún no terminan de aclararse. Más bien revelaron la manera en que el gobierno actual mira con reticencia y rechaza las energías renovables, mientras sigue creyendo obcecadamente en los hidrocarburos.

Un par de ejemplos: el empecinamiento en la construcción de Dos Bocas, pese a que otras refinerías no dan señas de ser productivas y que el Fondo Monetario Internacional ha insistido en la inviabilidad del proyecto. O que aún haya dudas sobre el Tren Maya y el origen de las energías con las que operará.

La sustentabilidad no parece tener una fuerte presencia en esta quimérica transformación que se nos anunció hace dos años y que nació desgastada. Menos lo parece cuando las acciones y las declaraciones al respecto son contradictorias, como las del director de la CFE que reavivó el debate surgido en mayo del año pasado, cuando dijo que las empresas de energía renovable en México debían pagar parte del costo para asegurar el flujo continuo en la red eléctrica.

Dejando de lado el tema de la falsedad del documento sobre el incendio, Bartlett amenazó con sacar de operación a las energías renovables. A su juicio son las que hace que el sistema eléctrico se debilite. ¿Cuál es la verdadera intención detrás de este continuo embate contra las fuentes alternativas de energía? ¿Qué intereses esconde la 4T para mirar con tanta desconfianza a lo que no se parece al México de la década de los setenta?

Tenemos que asegurarnos de que esta crisis que actualmente vive el mundo no sea en vano: hay que aprender las lecciones que el planeta está intentando enseñarnos.

Si no cambiamos nuestra forma de vida, si no aceleramos la transición hacia un modo más sustentable de convivir con el entorno, entonces estaremos firmando una terrible sentencia para las generaciones venideras.

Cualquier transformación debe ser en pro del medio ambiente o, de lo contrario, será una condena.



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