/ viernes 24 de junio de 2022

Sociedad que reconoce 

Una niña es abandonada por sus padres dentro de un tinaco en el patio de su casa en Valle de Chalco. Dos policías municipales, alertados por los vecinos que escuchan el llanto de la pequeña de tres años, tienen que saltar desde otro predio para rescatarla.

Además del caso evidente de maltrato infantil, es importante destacar el papel que, en general, tienen los integrantes de las diversas corporaciones policiacas como primeros respondientes en muchas de las situaciones que afectan a diario a millones de personas en la Zona Metropolitana.

Hace algunos años, cuando tuve el privilegio de encabezar una eficiente organización civil dedicada a la prevención del delito y la atención a víctimas, se elaboró un estudio sobre la jornada de trabajo que tenían las y los policías en la Ciudad de México. Un dato sorprendía: la mayor parte del tiempo era dedicado precisamente a atender muchas de las urgencias que tenemos como ciudadanos, incluyendo el rescate de gatos que se quedaban atrapados en las ramas de los árboles.

Como sociedad solemos juzgar con severidad a quienes optan por una carrera policial, sin conocer lo que implica incorporarse a una función pública que atiende la principal demanda ciudadana: la seguridad en calles y colonias.

Es comprensible que la ciudadanía, a lo largo de los años, tenga una percepción negativa de la policía; sin embargo, puedo constatar que son más los buenos elementos que los malos y desde hace tiempo, tenemos una deuda de reconocimiento hacia quienes cumplen con su trabajo.

Cuando se habla de que la policía actual no tiene que ver con la policía de antes, es cierto en muchos aspectos. Generaciones de mujeres y hombres más preparados, comprometidos, capacitados en salvaguardar derechos, se han incorporados a los diferentes niveles de la seguridad pública en el país y eso permite que muchas estrategias para lograr la paz y la tranquilidad sean eficientes.

No todo es un problema de percepción, también es relevante dejarlo claro, pero los vecinos que hicieron el reporte de la pequeña de Valle de Chalco acudieron a la policía como figura de autoridad para atender una emergencia, como lo hemos hecho todos en algún momento si estamos en una situación delicada.

A pesar de nuestra posible mala opinión, pedimos su intervención para casos que sabemos sobrepasan el papel del ciudadano. Podemos argumentar que para eso están, no obstante confiar en su intervención es otra cosa y refleja una contradicción sobre cómo interpretamos la labor policial.

Conocer la vida de una o de un policía nos ayudaría a entender que no se trata solo de un empleo, sino de una decisión personal para dedicar muchos años a una tarea que se vuelve ingrata en muchos momentos y no necesariamente recibe el apoyo que debería tener por parte de aquellos a quienes se está protegiendo.

Si revisamos los números oficiales, observaremos que en estos tres años se han integrado a los cuerpos de seguridad del país muchas personas con mayor preparación académica, sentido de pertenencia, de orgullo institucional y convicción por alcanzar la paz que todos merecemos.

Destaco a los dos policías municipales de Valle de Chalco, porque son una muestra de miles de elementos que diariamente resuelven ese tipo de casos, median en conflictos vecinales y se enfrentan a la delincuencia con un sentido del deber que podríamos emular, porque no dejan de ser ciudadanos, madres y padres de familia, con los mismos problemas que el resto de nosotros.

Si la delincuencia ha podido prosperar, aparte de la corrupción y de la impunidad, es por la división que existe entre ciudadanos y fuerzas de seguridad. Cualquier sociedad que busca vivir en mejores condiciones debe respetar y reconocer a los buenos integrantes de las corporaciones que tienen el mandato y la obligación de establecer la tranquilidad en cada sitio donde convivimos.

Propongo mirar a las y los buenos policías de otra forma, entender su contexto profesional y personal, al mismo tiempo que reconocemos su desempeño e impulsamos que su papel dentro del andamiaje social que nos da sentido sea mucho más notable de lo que es ahora. La regla es sencilla: a los buenos se les reconoce y a los que no lo son, se les denuncia.

Una niña es abandonada por sus padres dentro de un tinaco en el patio de su casa en Valle de Chalco. Dos policías municipales, alertados por los vecinos que escuchan el llanto de la pequeña de tres años, tienen que saltar desde otro predio para rescatarla.

Además del caso evidente de maltrato infantil, es importante destacar el papel que, en general, tienen los integrantes de las diversas corporaciones policiacas como primeros respondientes en muchas de las situaciones que afectan a diario a millones de personas en la Zona Metropolitana.

Hace algunos años, cuando tuve el privilegio de encabezar una eficiente organización civil dedicada a la prevención del delito y la atención a víctimas, se elaboró un estudio sobre la jornada de trabajo que tenían las y los policías en la Ciudad de México. Un dato sorprendía: la mayor parte del tiempo era dedicado precisamente a atender muchas de las urgencias que tenemos como ciudadanos, incluyendo el rescate de gatos que se quedaban atrapados en las ramas de los árboles.

Como sociedad solemos juzgar con severidad a quienes optan por una carrera policial, sin conocer lo que implica incorporarse a una función pública que atiende la principal demanda ciudadana: la seguridad en calles y colonias.

Es comprensible que la ciudadanía, a lo largo de los años, tenga una percepción negativa de la policía; sin embargo, puedo constatar que son más los buenos elementos que los malos y desde hace tiempo, tenemos una deuda de reconocimiento hacia quienes cumplen con su trabajo.

Cuando se habla de que la policía actual no tiene que ver con la policía de antes, es cierto en muchos aspectos. Generaciones de mujeres y hombres más preparados, comprometidos, capacitados en salvaguardar derechos, se han incorporados a los diferentes niveles de la seguridad pública en el país y eso permite que muchas estrategias para lograr la paz y la tranquilidad sean eficientes.

No todo es un problema de percepción, también es relevante dejarlo claro, pero los vecinos que hicieron el reporte de la pequeña de Valle de Chalco acudieron a la policía como figura de autoridad para atender una emergencia, como lo hemos hecho todos en algún momento si estamos en una situación delicada.

A pesar de nuestra posible mala opinión, pedimos su intervención para casos que sabemos sobrepasan el papel del ciudadano. Podemos argumentar que para eso están, no obstante confiar en su intervención es otra cosa y refleja una contradicción sobre cómo interpretamos la labor policial.

Conocer la vida de una o de un policía nos ayudaría a entender que no se trata solo de un empleo, sino de una decisión personal para dedicar muchos años a una tarea que se vuelve ingrata en muchos momentos y no necesariamente recibe el apoyo que debería tener por parte de aquellos a quienes se está protegiendo.

Si revisamos los números oficiales, observaremos que en estos tres años se han integrado a los cuerpos de seguridad del país muchas personas con mayor preparación académica, sentido de pertenencia, de orgullo institucional y convicción por alcanzar la paz que todos merecemos.

Destaco a los dos policías municipales de Valle de Chalco, porque son una muestra de miles de elementos que diariamente resuelven ese tipo de casos, median en conflictos vecinales y se enfrentan a la delincuencia con un sentido del deber que podríamos emular, porque no dejan de ser ciudadanos, madres y padres de familia, con los mismos problemas que el resto de nosotros.

Si la delincuencia ha podido prosperar, aparte de la corrupción y de la impunidad, es por la división que existe entre ciudadanos y fuerzas de seguridad. Cualquier sociedad que busca vivir en mejores condiciones debe respetar y reconocer a los buenos integrantes de las corporaciones que tienen el mandato y la obligación de establecer la tranquilidad en cada sitio donde convivimos.

Propongo mirar a las y los buenos policías de otra forma, entender su contexto profesional y personal, al mismo tiempo que reconocemos su desempeño e impulsamos que su papel dentro del andamiaje social que nos da sentido sea mucho más notable de lo que es ahora. La regla es sencilla: a los buenos se les reconoce y a los que no lo son, se les denuncia.