/ domingo 9 de mayo de 2021

Sociedades que perseveran

Cada uno de nosotros puede identificar, desde el propio hogar, aquellos elementos que nos permiten seguir adelante y mejorar nuestras condiciones de vida. Es un ejercicio de consenso entre los círculos sociales cercanos en los que nos desenvolvemos para resolver los problemas cotidianos y adoptar hábitos y comportamientos que nos ayuden a vivir en paz y con tranquilidad.

Siempre tenemos que insistir en que los consensos civiles empiezan por el primer núcleo de convivencia que hemos construido como sociedad y ese es la familia; lo que ahí logremos acordar se expande a nuestro entorno y multiplica las posibilidades de perseverar en cualquier escenario.

Gandhi afirmaba que uno debe ser esa imagen que quiere del mundo. La prédica del ejemplo no solo es un principio, sino una actitud de vida que se recomienda para que hijos y nietos comprendan lo que significa vivir acorde a normas interiores que decidimos seguir como guías de comportamiento.

Si lo extendemos, las sociedades persisten porque sus integrantes alcanzan esa congruencia personal y grupal y la amplían a prácticamente todas sus actividades comunes. En un año en el que entraremos en una nueva realidad y avanzamos hacia la salida de esta pandemia, podríamos hacer el ejercicio de preguntarnos cómo podemos alcanzar nuestras metas y objetivos personales y comunitarios.

No se trata solo de trazar un plan, sino de apuntar hacia una dirección que finque esos acuerdos sociales que brindan estabilidad y continuidad a nuestras comunidades. Se puede, porque el consenso familiar es el de buscar esa paz, esa felicidad y esa tranquilidad de todos los que la integran.

Al mismo tiempo que pensamos en lo que haremos en cuanto podamos movernos con mayor facilidad, podríamos reflexionar sobre qué tipo de personas queremos ser una vez que el riesgo de contagio baje a niveles en los que podamos sentirnos tranquilos.

En qué podemos ayudar, y ayudarnos, ante las pérdidas, cómo podemos apoyar en nuestros vecindarios, a nuestros compañeros de trabajo, a colegas, para que se recuperen y crezcan a pesar de lo que pudiera haberles ocurridos y agradecer, si es el caso, que nosotros no tuviéramos inconvenientes mayores, es el mejor arranque de una nueva etapa social.

Es un equilibrio entre la solidaridad que podemos desplegar y la voluntad y el compromiso personal para que, entre todos, resolvamos los problemas cotidianos. No hay medición en la que no se concluya que nuestras preocupaciones tienen que ver principalmente con servicios públicos, infraestructura pública en buen estado, recolección de basura, y seguridad en calles y colonias.

Es decir, nuestras necesidades básicas son las mismas, son comunes y están dirigidas a un bienestar grupal. Si todos compartimos esas mismas demandas, también podemos aportar mucho para alcanzar esas soluciones. Es convencernos de la participación desde nuestro entorno y la cooperación que se requiere para ver resultados sociales.

Ahí es donde la corresponsabilidad -hacer lo que nos toca- cobra relevancia siempre y es el impulso que podemos utilizar para perseverar y alcanzar lo que, en lo particular y en lo grupal, deseamos.

Creo, desde hace muchos años, que somos una sociedad así y que, con sus desencuentros, nuestro horizonte es muy similar y puede ser el hilo de ese tejido social que construimos a diario, con la posibilidad de que se consolide y prevalezca en el tiempo.

Esa puede ser nuestra tarea, una a la que le dediquemos tiempo y enfoque para que nuestra contribución se convierta en principios, en valores, que sean ese punto de encuentro social a partir del cual edificamos mejores futuros, así en plural, porque no todos llevamos la misma vida o las mismas experiencias, pero tenemos la oportunidad de convivir en armonía, bajo el respeto de las ideas, y la convicción de ayudarnos mutuamente.

Albert Camus, uno de los grandes escritores de la historia, escribió: “en la profundidad del invierno, aprendí que en mi interior hay un verano invencible”. Estoy seguro de que a lo largo de los meses hemos sentido algo parecido frente al desafío que hemos enfrentado, pero solo podemos continuar si estamos claros de que es con voluntad, individual y colectiva, que superamos cualquier obstáculo.

Cada uno de nosotros puede identificar, desde el propio hogar, aquellos elementos que nos permiten seguir adelante y mejorar nuestras condiciones de vida. Es un ejercicio de consenso entre los círculos sociales cercanos en los que nos desenvolvemos para resolver los problemas cotidianos y adoptar hábitos y comportamientos que nos ayuden a vivir en paz y con tranquilidad.

Siempre tenemos que insistir en que los consensos civiles empiezan por el primer núcleo de convivencia que hemos construido como sociedad y ese es la familia; lo que ahí logremos acordar se expande a nuestro entorno y multiplica las posibilidades de perseverar en cualquier escenario.

Gandhi afirmaba que uno debe ser esa imagen que quiere del mundo. La prédica del ejemplo no solo es un principio, sino una actitud de vida que se recomienda para que hijos y nietos comprendan lo que significa vivir acorde a normas interiores que decidimos seguir como guías de comportamiento.

Si lo extendemos, las sociedades persisten porque sus integrantes alcanzan esa congruencia personal y grupal y la amplían a prácticamente todas sus actividades comunes. En un año en el que entraremos en una nueva realidad y avanzamos hacia la salida de esta pandemia, podríamos hacer el ejercicio de preguntarnos cómo podemos alcanzar nuestras metas y objetivos personales y comunitarios.

No se trata solo de trazar un plan, sino de apuntar hacia una dirección que finque esos acuerdos sociales que brindan estabilidad y continuidad a nuestras comunidades. Se puede, porque el consenso familiar es el de buscar esa paz, esa felicidad y esa tranquilidad de todos los que la integran.

Al mismo tiempo que pensamos en lo que haremos en cuanto podamos movernos con mayor facilidad, podríamos reflexionar sobre qué tipo de personas queremos ser una vez que el riesgo de contagio baje a niveles en los que podamos sentirnos tranquilos.

En qué podemos ayudar, y ayudarnos, ante las pérdidas, cómo podemos apoyar en nuestros vecindarios, a nuestros compañeros de trabajo, a colegas, para que se recuperen y crezcan a pesar de lo que pudiera haberles ocurridos y agradecer, si es el caso, que nosotros no tuviéramos inconvenientes mayores, es el mejor arranque de una nueva etapa social.

Es un equilibrio entre la solidaridad que podemos desplegar y la voluntad y el compromiso personal para que, entre todos, resolvamos los problemas cotidianos. No hay medición en la que no se concluya que nuestras preocupaciones tienen que ver principalmente con servicios públicos, infraestructura pública en buen estado, recolección de basura, y seguridad en calles y colonias.

Es decir, nuestras necesidades básicas son las mismas, son comunes y están dirigidas a un bienestar grupal. Si todos compartimos esas mismas demandas, también podemos aportar mucho para alcanzar esas soluciones. Es convencernos de la participación desde nuestro entorno y la cooperación que se requiere para ver resultados sociales.

Ahí es donde la corresponsabilidad -hacer lo que nos toca- cobra relevancia siempre y es el impulso que podemos utilizar para perseverar y alcanzar lo que, en lo particular y en lo grupal, deseamos.

Creo, desde hace muchos años, que somos una sociedad así y que, con sus desencuentros, nuestro horizonte es muy similar y puede ser el hilo de ese tejido social que construimos a diario, con la posibilidad de que se consolide y prevalezca en el tiempo.

Esa puede ser nuestra tarea, una a la que le dediquemos tiempo y enfoque para que nuestra contribución se convierta en principios, en valores, que sean ese punto de encuentro social a partir del cual edificamos mejores futuros, así en plural, porque no todos llevamos la misma vida o las mismas experiencias, pero tenemos la oportunidad de convivir en armonía, bajo el respeto de las ideas, y la convicción de ayudarnos mutuamente.

Albert Camus, uno de los grandes escritores de la historia, escribió: “en la profundidad del invierno, aprendí que en mi interior hay un verano invencible”. Estoy seguro de que a lo largo de los meses hemos sentido algo parecido frente al desafío que hemos enfrentado, pero solo podemos continuar si estamos claros de que es con voluntad, individual y colectiva, que superamos cualquier obstáculo.