/ jueves 14 de enero de 2021

Somalia: tres décadas de olvido

Por: Diego Gómez Pickering

Cuando se cumple una década de la llamada Primavera Árabe, que en 2011 trajo consigo férreos vientos de cambio a media docena de países del norte de África y del Levante, desde Túnez hasta Irak, pasando por Libia y Egipto, destronando regímenes autocráticos y despóticos y sepultando en el olvido a otrora hombres todopoderosos como Muamar Gadafi o Hosni Mubarak; bien merece la pena que echemos un vistazo a una de las naciones árabes más olvidadas, lejanas, ignoradas e incomprendidas: Somalia.

Si bien los resultados de la serie de protestas populares que hace diez años produjeron cambios insospechados en regímenes políticos del mundo árabe, a través de movilizaciones sociales o de guerras civiles, algunas aún en boga, como en los casos de Siria y de Yemen, son debatibles y desde el punto de vista de algunos académicos, diplomáticos o estudiosos de las relaciones internacionales constituyen un anecdotario más que un movimiento sistémico; sus implicaciones en el imaginario colectivo y su etiquetado bajo el término de referencia, los hacen mucho más que un fenómeno mediático o un objeto de estudio. La Primavera Árabe estremeció a la región, incluso sin llegar a todos sus países, como fue el caso de Somalia. Algo poco inusual, considerando que Somalia, para el 2011 e incluso en este 2021, se encontraba y aún se encuentra en las márgenes del sistema internacional; desde donde lo que ahí pase o deje de pasar casi nada importa al resto del mundo, aunque ello no debiera ser así.

En unos cuantos días más, para ser precisos el 26 de enero, se cumplirán treinta años desde la caída del régimen de Siad Barre, general golpista del ejército somalí y presidente, por más de veinte años, de la entonces República Democrática de Somalia. Tres décadas de que inició un conflicto armado en el que han estado involucrados no solamente los somalíes y sus países vecinos, sino Naciones Unidas, Estados Unidos, Etiopía, Kenia, Rusia, Turquía y Arabia Saudí. Más de un cuarto de siglo desde que el gobierno central de Somalia se desmoronó haciendo del país una tierra de nadie, en donde rige la ley del más fuerte, la definición perfecta del estado fallido. Treinta años desde ese enero de 1991 en que Somalia desapareció del mapa, siendo hora de que ya vuelva.

Cuando el 26 de enero de 1991 un conjunto de líderes tribales, milicias armadas y clanes provenientes del norte, centro y sur del país irrumpió con fuerza en las calles de Mogadishu obligando a Siad Barre a renunciar a la presidencia y orillándolo a exiliarse en Nigeria, donde murió cuatro años después, la historia de Somalia cambió para siempre. Ese día, Somalia protagonizó un sangriento conflicto interno que se ha extendido a lo largo de tres décadas y hasta el momento, de acuerdo con cifras del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), ha generado más de un millón de refugiados y un millón de personas desplazadas, así como una enorme y creciente diáspora que incluye personajes de la talla de Ilhan Omar, legisladora estadounidense nacida en la capital somalí que desde el 2019, con todo y hiyab, representa al estado de Minnesota en el capitolio americano.

Habitada desde el paleolítico; con raíces que le vinculan a civilizaciones tan antiguas e importantes como la persa, la nabatea, la nubia, la egipcia, la griega y la romana; colonizada a medias por británicos e italianos durante el expolio colonial europeo en el África del siglo XIX; la historia de Somalia no ha sido nada sencilla. Tras alcanzar la independencia en 1960, unificando los territorios otrora controlados por Italia y el Reino Unido en el Cuerno de África que le da forma, Somalia sólo tuvo nueve cortos años de libertad política, antes del golpe de estado que en 1969 llevó a Siad Barre al poder. Sus veinte años de cruenta dictadura militar, bajo la bandera de un marxismo autoritario, fueron en gran medida causantes de la revolución popular que le destronó en 1991, acabando con su régimen, pero también con el país. Han sido tres décadas de una guerra interminable, de enorme desgaste, en la que poco a poco se ha ido destruyendo el tejido social somalí y las instituciones políticas, económicas y culturales, haciendo del conflicto una forma de vida.

Si todo marcha bien y la pandemia lo permite, en febrero se realizarán por primera vez en Somalia unas elecciones multipartidistas y democráticas, las primeras desde el golpe de estado de Barre en 1969. En los comicios se elegirá un nuevo parlamento, que a su vez decidirá quién habrá de ser el próximo presidente. Con una porción importante del país bajo control efectivo del grupo islamista Al Shabab, el fantasma de la piratería en las costas del Índico aún presente, los ímpetus independentistas de las provincias de Somalilandia y Puntland, y un vecindario en continua efervescencia, desde Etiopía hasta Sudán del Sur; las elecciones somalíes son una oportunidad única para dar el primer paso hacia la solución definitiva del conflicto más longevo en el continente. Sólo a través de su realización segura y acompañada por Naciones Unidas, la Unión Africana y el sistema internacional, es que podrá vislumbrarse la luz al final del túnel somalí. A las elecciones habrán de seguir la mediación entre las partes, la negociación, un plan integral de seguridad y, finalmente, la huidiza paz. Es hora de que Somalia vuelva al mapa y de que México le ayude a hacerlo, a través de su flamante posición como miembro no permanente del Consejo de Seguridad.

Asociado COMEXI

@gomezpickering

Por: Diego Gómez Pickering

Cuando se cumple una década de la llamada Primavera Árabe, que en 2011 trajo consigo férreos vientos de cambio a media docena de países del norte de África y del Levante, desde Túnez hasta Irak, pasando por Libia y Egipto, destronando regímenes autocráticos y despóticos y sepultando en el olvido a otrora hombres todopoderosos como Muamar Gadafi o Hosni Mubarak; bien merece la pena que echemos un vistazo a una de las naciones árabes más olvidadas, lejanas, ignoradas e incomprendidas: Somalia.

Si bien los resultados de la serie de protestas populares que hace diez años produjeron cambios insospechados en regímenes políticos del mundo árabe, a través de movilizaciones sociales o de guerras civiles, algunas aún en boga, como en los casos de Siria y de Yemen, son debatibles y desde el punto de vista de algunos académicos, diplomáticos o estudiosos de las relaciones internacionales constituyen un anecdotario más que un movimiento sistémico; sus implicaciones en el imaginario colectivo y su etiquetado bajo el término de referencia, los hacen mucho más que un fenómeno mediático o un objeto de estudio. La Primavera Árabe estremeció a la región, incluso sin llegar a todos sus países, como fue el caso de Somalia. Algo poco inusual, considerando que Somalia, para el 2011 e incluso en este 2021, se encontraba y aún se encuentra en las márgenes del sistema internacional; desde donde lo que ahí pase o deje de pasar casi nada importa al resto del mundo, aunque ello no debiera ser así.

En unos cuantos días más, para ser precisos el 26 de enero, se cumplirán treinta años desde la caída del régimen de Siad Barre, general golpista del ejército somalí y presidente, por más de veinte años, de la entonces República Democrática de Somalia. Tres décadas de que inició un conflicto armado en el que han estado involucrados no solamente los somalíes y sus países vecinos, sino Naciones Unidas, Estados Unidos, Etiopía, Kenia, Rusia, Turquía y Arabia Saudí. Más de un cuarto de siglo desde que el gobierno central de Somalia se desmoronó haciendo del país una tierra de nadie, en donde rige la ley del más fuerte, la definición perfecta del estado fallido. Treinta años desde ese enero de 1991 en que Somalia desapareció del mapa, siendo hora de que ya vuelva.

Cuando el 26 de enero de 1991 un conjunto de líderes tribales, milicias armadas y clanes provenientes del norte, centro y sur del país irrumpió con fuerza en las calles de Mogadishu obligando a Siad Barre a renunciar a la presidencia y orillándolo a exiliarse en Nigeria, donde murió cuatro años después, la historia de Somalia cambió para siempre. Ese día, Somalia protagonizó un sangriento conflicto interno que se ha extendido a lo largo de tres décadas y hasta el momento, de acuerdo con cifras del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), ha generado más de un millón de refugiados y un millón de personas desplazadas, así como una enorme y creciente diáspora que incluye personajes de la talla de Ilhan Omar, legisladora estadounidense nacida en la capital somalí que desde el 2019, con todo y hiyab, representa al estado de Minnesota en el capitolio americano.

Habitada desde el paleolítico; con raíces que le vinculan a civilizaciones tan antiguas e importantes como la persa, la nabatea, la nubia, la egipcia, la griega y la romana; colonizada a medias por británicos e italianos durante el expolio colonial europeo en el África del siglo XIX; la historia de Somalia no ha sido nada sencilla. Tras alcanzar la independencia en 1960, unificando los territorios otrora controlados por Italia y el Reino Unido en el Cuerno de África que le da forma, Somalia sólo tuvo nueve cortos años de libertad política, antes del golpe de estado que en 1969 llevó a Siad Barre al poder. Sus veinte años de cruenta dictadura militar, bajo la bandera de un marxismo autoritario, fueron en gran medida causantes de la revolución popular que le destronó en 1991, acabando con su régimen, pero también con el país. Han sido tres décadas de una guerra interminable, de enorme desgaste, en la que poco a poco se ha ido destruyendo el tejido social somalí y las instituciones políticas, económicas y culturales, haciendo del conflicto una forma de vida.

Si todo marcha bien y la pandemia lo permite, en febrero se realizarán por primera vez en Somalia unas elecciones multipartidistas y democráticas, las primeras desde el golpe de estado de Barre en 1969. En los comicios se elegirá un nuevo parlamento, que a su vez decidirá quién habrá de ser el próximo presidente. Con una porción importante del país bajo control efectivo del grupo islamista Al Shabab, el fantasma de la piratería en las costas del Índico aún presente, los ímpetus independentistas de las provincias de Somalilandia y Puntland, y un vecindario en continua efervescencia, desde Etiopía hasta Sudán del Sur; las elecciones somalíes son una oportunidad única para dar el primer paso hacia la solución definitiva del conflicto más longevo en el continente. Sólo a través de su realización segura y acompañada por Naciones Unidas, la Unión Africana y el sistema internacional, es que podrá vislumbrarse la luz al final del túnel somalí. A las elecciones habrán de seguir la mediación entre las partes, la negociación, un plan integral de seguridad y, finalmente, la huidiza paz. Es hora de que Somalia vuelva al mapa y de que México le ayude a hacerlo, a través de su flamante posición como miembro no permanente del Consejo de Seguridad.

Asociado COMEXI

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