/ domingo 26 de noviembre de 2023

Telarañas digitales | Nenis de ayer y hoy: ¿apoyo a la economía familiar o informalidad?

Las ventas por catálogo fueron muy populares en las décadas pasadas. De hecho, en cada pequeña comunidad había una mujer —casi siempre mujer— dedicada a pasearse por las casas de las vecinas y amigas para ofrecer sus catálogos de maquillaje, tuppers, productos para el hogar, cobijas, perfumes y demás artefactos que, a pesar de no ser siempre útiles o de buena calidad, gozaban del prestigio de la marca que los ofrecía y permitían a la vendedora ganar una pequeña comisión por cada venta; eso sí, arriesgando su propia inversión y capital social.

La venta por catálogo no ha desaparecido del todo. Es un cliché de redes sociales que en cada grupo “Godínez” —dícese de las y los trabajadores formales de oficina que pueblan las aldeas urbanas— tiene su propia vendedora por catálogo que surte a la manada de trastos para llevar la comida del receso, maquillaje y hasta zapatos. La actividad es siempre un complemento a la economía familiar, puesto que las ganancias difícilmente podrían considerarse un salario autosuficiente para sostener a unas cuatro personas de manera digna; pero ayudan a hacer más llevadero el gasto con el riesgo siempre presente de perder lo invertido si el cliente ya no lo quiere o de plano nunca paga.

Las ventajas son, sin embargo, una inversión de tiempo corta o que puede derivarse de la sociabilidad usual de las vendedoras, y la ganancia no paga impuestos, al menos las vendedoras directas no suelen pagarlos. Con el predominio de las redes sociales, la figura de la vendedora por catálogo, si bien no ha desaparecido, sí se ha transformado en un modelo similar que busca complementar la economía familiar por medio de las ventas informales en línea, siendo el Marketplace de Facebook y la publicidad de Instagram los más populares en México; aunque también TikTok está despuntando rápidamente como espacio publicitario.

De esta actividad surgieron las llamadas nenis, la mayoría, otra vez, suelen ser mujeres que se dedican a vender productos por medio de las redes sociales y a entregarlos en puntos medios o en el domicilio de los compradores con el objetivo de mejorar la economía familiar, o de conciliarla con las actividades comunes de una ama de casa que puede cumplir con sus labores domésticas y familiares y tomarse un tiempo para acudir por sus productos, publicar sus ventajas, concretar ventas y hacer entregas. Las ganancias de las nenis suelen ser mejores.

El comercio de las nenis se ha vuelto masivo, y a diferencia de la venta por catálogo que beneficiaba a empresas establecidas, sus productos suelen provenir del comercio informal, ser piratas, chinos, “fayuca” o provenir del contrabando. Las nenis suelen ofrecer los llamados “artículos de novedad” que abarcan desde el maquillaje y los trastos que ya vendían, hasta ropa, tennis y accesorios piratas. Eso les ha ganado una oleada de críticas de instituciones y gobiernos que han buscado obstaculizar su trabajo en lugares públicos e incluso confiscan sus mercancías, puesto que se sostiene que los beneficiados son quienes fabrican y venden en masa los productos en México de manera ilegal.

La situación es sin duda un arma de dos filos. Es cierto que las nenis son la fuerza de trabajo de estos productores y vendedores, que han encontrado en ellas una manera simple y sin riesgos de distribuir sus bienes por todo el país, dependiendo ya no únicamente de los pequeños comercios, sino también de las microvendedoras. Pero también lo es que estos modelos de compra y venta en la red suelen ser parte importante de la economía familiar y no es muy creíble que esto se detenga en el futuro. Es el problema clásico de la informalidad, los impuestos y el contrabando que ha permanecido en nuestro país por décadas y que nos habla de una sociedad donde escasea el trabajo formal bien remunerado, y donde las mujeres siguen cumpliendo roles desiguales entre el trabajo doméstico no remunerado y la necesidad de contar con capital propio para ellas y sus familias.

Las ventas por catálogo fueron muy populares en las décadas pasadas. De hecho, en cada pequeña comunidad había una mujer —casi siempre mujer— dedicada a pasearse por las casas de las vecinas y amigas para ofrecer sus catálogos de maquillaje, tuppers, productos para el hogar, cobijas, perfumes y demás artefactos que, a pesar de no ser siempre útiles o de buena calidad, gozaban del prestigio de la marca que los ofrecía y permitían a la vendedora ganar una pequeña comisión por cada venta; eso sí, arriesgando su propia inversión y capital social.

La venta por catálogo no ha desaparecido del todo. Es un cliché de redes sociales que en cada grupo “Godínez” —dícese de las y los trabajadores formales de oficina que pueblan las aldeas urbanas— tiene su propia vendedora por catálogo que surte a la manada de trastos para llevar la comida del receso, maquillaje y hasta zapatos. La actividad es siempre un complemento a la economía familiar, puesto que las ganancias difícilmente podrían considerarse un salario autosuficiente para sostener a unas cuatro personas de manera digna; pero ayudan a hacer más llevadero el gasto con el riesgo siempre presente de perder lo invertido si el cliente ya no lo quiere o de plano nunca paga.

Las ventajas son, sin embargo, una inversión de tiempo corta o que puede derivarse de la sociabilidad usual de las vendedoras, y la ganancia no paga impuestos, al menos las vendedoras directas no suelen pagarlos. Con el predominio de las redes sociales, la figura de la vendedora por catálogo, si bien no ha desaparecido, sí se ha transformado en un modelo similar que busca complementar la economía familiar por medio de las ventas informales en línea, siendo el Marketplace de Facebook y la publicidad de Instagram los más populares en México; aunque también TikTok está despuntando rápidamente como espacio publicitario.

De esta actividad surgieron las llamadas nenis, la mayoría, otra vez, suelen ser mujeres que se dedican a vender productos por medio de las redes sociales y a entregarlos en puntos medios o en el domicilio de los compradores con el objetivo de mejorar la economía familiar, o de conciliarla con las actividades comunes de una ama de casa que puede cumplir con sus labores domésticas y familiares y tomarse un tiempo para acudir por sus productos, publicar sus ventajas, concretar ventas y hacer entregas. Las ganancias de las nenis suelen ser mejores.

El comercio de las nenis se ha vuelto masivo, y a diferencia de la venta por catálogo que beneficiaba a empresas establecidas, sus productos suelen provenir del comercio informal, ser piratas, chinos, “fayuca” o provenir del contrabando. Las nenis suelen ofrecer los llamados “artículos de novedad” que abarcan desde el maquillaje y los trastos que ya vendían, hasta ropa, tennis y accesorios piratas. Eso les ha ganado una oleada de críticas de instituciones y gobiernos que han buscado obstaculizar su trabajo en lugares públicos e incluso confiscan sus mercancías, puesto que se sostiene que los beneficiados son quienes fabrican y venden en masa los productos en México de manera ilegal.

La situación es sin duda un arma de dos filos. Es cierto que las nenis son la fuerza de trabajo de estos productores y vendedores, que han encontrado en ellas una manera simple y sin riesgos de distribuir sus bienes por todo el país, dependiendo ya no únicamente de los pequeños comercios, sino también de las microvendedoras. Pero también lo es que estos modelos de compra y venta en la red suelen ser parte importante de la economía familiar y no es muy creíble que esto se detenga en el futuro. Es el problema clásico de la informalidad, los impuestos y el contrabando que ha permanecido en nuestro país por décadas y que nos habla de una sociedad donde escasea el trabajo formal bien remunerado, y donde las mujeres siguen cumpliendo roles desiguales entre el trabajo doméstico no remunerado y la necesidad de contar con capital propio para ellas y sus familias.