/ domingo 29 de septiembre de 2019

Transdisciplinariedad y transcultura

Al inicio de los años 60 del siglo XX, fue célebre el congreso sobre lógica y fundamentación de las ciencias sociales de la Sociedad Alemana de Sociología por la disputa suscitada entre Theodor Adorno y Karl Popper y que continuaron sus respectivos alumnos Leo Habermas y Hans Albert. La polémica enfrentaba a la dialéctica de la Escuela de Frankfurt representada por Adorno con la epistemología del racionalismo crítico de Popper: mientras los primeros rechazaban la uniformidad metodológica de las ciencias, los popperianos defendían la unidad del método de las ciencias naturales y sociales. Al final, lejos de dirimirse el debate, quedó evidenciada la nueva e imperiosa necesidad: toda crisis paradigmática debía ser superada, pues sólo a partir de la contradicción y del cambio sería posible arribar al desarrollo del conocimiento.

A partir de ello, los límites de la multidisciplina, interdisciplina, holismo y complejidad quedarían rebasados y el resultado sería la transdisciplinaridad, entre cuyos iniciadores destacaron Jean Piaget, Erick Jantsch, Edgar Morin y Basarab Nicolescu. Su reto: el estudio de lo que está al mismo tiempo entre las disciplinas, de lo que obra a través de ellas y de lo que se ubica más allá de cualquier disciplina. Algo que Hanna Arendt vislumbraría al afirmar: “sólo donde las cosas pueden verse por muchos en una variedad de aspectos y sin cambiar de identidad, de manera que quienes se agrupan a su alrededor sepan que ven lo mismo en total diversidad, solo allí aparece auténtica y verdaderamente la realidad humana”. Valoración que coincidiría con el pensamiento foucaultiano al sostiener éste que la ciencia no habría sido tal de no haber sido transdisciplinar, a partir de la unidad del método y de los principios fundamentales.

Ahora bien ¿por qué es relevante hablar de transdisciplinariedad? Porque la realidad actual, como nunca antes, es compleja y así como la sociedad debe ser estudiada como un todo, el hombre debe ser aprehendido y comprendido a partir de sus normas y valores propios. La ciencia contemporánea ha dejado de ser una unidad parcializada al convertirse en un todo de límites cada vez más borrosos. Es una complejidad gobernada por el principio de incertidumbre generalizada y, como lo señaló Thomas Kuhn, avanza de modo discontinuo y los modelos explicativos de ello son cada vez más rápidamente substituidos ante la llegada de nuevos paradigmas.

Por algo Niklas Luhmann reconoció que solo la complejidad es capaz de reducir lo complejo impulsando la construcción no lineal del conocimiento y haciendo de la propia complejidad un objeto de estudio social. Visto así y considerando el avance epistemológico a partir de la construcción de nuevas teorías, algo queda claro: al trascender el abordaje de un problema desde múltiples perspectivas excediendo la parcelación del conocimiento, se genera la transdisciplinariedad para presentar nuevas teorías que puedan dar respuesta a la realidad. Derivado de ello, el nuevo desafío es atender al hecho de que los productos obtenidos a través de la transdisciplinariedad, son de difícil ubicación dentro de las disciplinas que intervienen en el proceso, dado que la creatividad conceptual implica la comprensión del total de los factores intervinientes. De esta manera -y como lo ha reconocido R. Lanz-, la transdisciplina es un “mapa cognitivo de inclusividades donde lo transdisciplinario aparece precedido y acompañado del estallido de la complejidad y ambos, simultáneamente, navegando en el tránsito posmoderno que toca todo fenómeno del sentido de esta época”.

No obstante, hablar de transdisciplinariedad, es también hablar -como lo anunció Paulo Freire- de transculturalidad, y más allá de ser un paradigma, constituye adoptar una actitud que pone en práctica una nueva visión transnacional, transpolítica y transreligiosa, cuyo espíritu va en pos de la autotransformación y creación de un nuevo arte de vivir, partiendo de que el hombre es un ser en el mundo y con el mundo, en un tiempo y un espacio dados, que a través de la libertad puede transformar la realidad y rehacer el proceso histórico-dialéctico.

Lo paradójico, es que esto lo había advertido desde 1919 el historiador holandés Johann Huizinga cuando escribió su legendaria obra “El otoño de la Edad Media” y sentenció que la historia es la forma espiritual en que cada cultura “rinde cuentas de su pasado”. Esto es, cada cultura crea y recrea su forma de historia a partir de su propia complejidad transcultural. Conclusión a la que llegó tras realizar una inmersión holística, global, en las múltiples formas culturales de la época para conocer las emociones e impresiones del pathos medieval, considerando que la historia es un continuum que se crea y recrea en todo momento. Lo que no imaginó es que al vincular ciencia y espiritualidad, su análisis anticiparía la transdisciplina y confirmaría que la historia es ciencia de vida y, por tanto, humana, compleja e infinita.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

Al inicio de los años 60 del siglo XX, fue célebre el congreso sobre lógica y fundamentación de las ciencias sociales de la Sociedad Alemana de Sociología por la disputa suscitada entre Theodor Adorno y Karl Popper y que continuaron sus respectivos alumnos Leo Habermas y Hans Albert. La polémica enfrentaba a la dialéctica de la Escuela de Frankfurt representada por Adorno con la epistemología del racionalismo crítico de Popper: mientras los primeros rechazaban la uniformidad metodológica de las ciencias, los popperianos defendían la unidad del método de las ciencias naturales y sociales. Al final, lejos de dirimirse el debate, quedó evidenciada la nueva e imperiosa necesidad: toda crisis paradigmática debía ser superada, pues sólo a partir de la contradicción y del cambio sería posible arribar al desarrollo del conocimiento.

A partir de ello, los límites de la multidisciplina, interdisciplina, holismo y complejidad quedarían rebasados y el resultado sería la transdisciplinaridad, entre cuyos iniciadores destacaron Jean Piaget, Erick Jantsch, Edgar Morin y Basarab Nicolescu. Su reto: el estudio de lo que está al mismo tiempo entre las disciplinas, de lo que obra a través de ellas y de lo que se ubica más allá de cualquier disciplina. Algo que Hanna Arendt vislumbraría al afirmar: “sólo donde las cosas pueden verse por muchos en una variedad de aspectos y sin cambiar de identidad, de manera que quienes se agrupan a su alrededor sepan que ven lo mismo en total diversidad, solo allí aparece auténtica y verdaderamente la realidad humana”. Valoración que coincidiría con el pensamiento foucaultiano al sostiener éste que la ciencia no habría sido tal de no haber sido transdisciplinar, a partir de la unidad del método y de los principios fundamentales.

Ahora bien ¿por qué es relevante hablar de transdisciplinariedad? Porque la realidad actual, como nunca antes, es compleja y así como la sociedad debe ser estudiada como un todo, el hombre debe ser aprehendido y comprendido a partir de sus normas y valores propios. La ciencia contemporánea ha dejado de ser una unidad parcializada al convertirse en un todo de límites cada vez más borrosos. Es una complejidad gobernada por el principio de incertidumbre generalizada y, como lo señaló Thomas Kuhn, avanza de modo discontinuo y los modelos explicativos de ello son cada vez más rápidamente substituidos ante la llegada de nuevos paradigmas.

Por algo Niklas Luhmann reconoció que solo la complejidad es capaz de reducir lo complejo impulsando la construcción no lineal del conocimiento y haciendo de la propia complejidad un objeto de estudio social. Visto así y considerando el avance epistemológico a partir de la construcción de nuevas teorías, algo queda claro: al trascender el abordaje de un problema desde múltiples perspectivas excediendo la parcelación del conocimiento, se genera la transdisciplinariedad para presentar nuevas teorías que puedan dar respuesta a la realidad. Derivado de ello, el nuevo desafío es atender al hecho de que los productos obtenidos a través de la transdisciplinariedad, son de difícil ubicación dentro de las disciplinas que intervienen en el proceso, dado que la creatividad conceptual implica la comprensión del total de los factores intervinientes. De esta manera -y como lo ha reconocido R. Lanz-, la transdisciplina es un “mapa cognitivo de inclusividades donde lo transdisciplinario aparece precedido y acompañado del estallido de la complejidad y ambos, simultáneamente, navegando en el tránsito posmoderno que toca todo fenómeno del sentido de esta época”.

No obstante, hablar de transdisciplinariedad, es también hablar -como lo anunció Paulo Freire- de transculturalidad, y más allá de ser un paradigma, constituye adoptar una actitud que pone en práctica una nueva visión transnacional, transpolítica y transreligiosa, cuyo espíritu va en pos de la autotransformación y creación de un nuevo arte de vivir, partiendo de que el hombre es un ser en el mundo y con el mundo, en un tiempo y un espacio dados, que a través de la libertad puede transformar la realidad y rehacer el proceso histórico-dialéctico.

Lo paradójico, es que esto lo había advertido desde 1919 el historiador holandés Johann Huizinga cuando escribió su legendaria obra “El otoño de la Edad Media” y sentenció que la historia es la forma espiritual en que cada cultura “rinde cuentas de su pasado”. Esto es, cada cultura crea y recrea su forma de historia a partir de su propia complejidad transcultural. Conclusión a la que llegó tras realizar una inmersión holística, global, en las múltiples formas culturales de la época para conocer las emociones e impresiones del pathos medieval, considerando que la historia es un continuum que se crea y recrea en todo momento. Lo que no imaginó es que al vincular ciencia y espiritualidad, su análisis anticiparía la transdisciplina y confirmaría que la historia es ciencia de vida y, por tanto, humana, compleja e infinita.

bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

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