/ sábado 23 de febrero de 2019

Un exquisito platillo

A finales de julio de 1998, murió en la ciudad de Soroca, Mircea Cerari, quien fuera llamado “rey de los zíngaros” o gitanos de Moldavia, que fue una de la repúblicas independizadas de la vieja URSS. La última disposición de Cerari, que fue cumplida al pie de la letra decía: “quiero ser sepultado con un fax, un teléfono celular, una computadora y un módem para que mi espíritu se siga comunicando con ustedes”.

Esta anécdota pinta de manera singular el signo de los tiempos actuales. Marshall McLuhan profetizó a mediados del siglo pasado que el mundo sería una simple “aldea global” debido principalmente a los medios de comunicación que crecerían y que siguen creciendo de manera inconmensurable. Si en algún campo ha tenido gran éxito el desigual proceso de globalización, es en el de las telecomunicaciones.

Los instrumentos de control remoto del gitano ya son considerados como útil y trascendente equipaje en el más allá: así, las ofrendas de aztecas y mayas para aprovisionar los sepulcros deberían contemplar toda la parafernalia cibernética para establecer comunicación con el Tamoanchán y el Xibalbá; y la barca de Osiris en la que los faraones egipcios viajaban al inframundo iría equipada con los medios para trasmitir palabras e imágenes a quienes quedaban en este mundo a orillas del Nilo.

Esos son los medios. Siempre han sido los medios de comunicación. Hace miles de años un antropoide descendió de los árboles, se irguió sobre sus pies, empezó a caminar, comer frutos y bayas, y empezó a emitir sonidos guturales y a pintar dibujos en las cuevas para comunicarse con sus semejantes.

En materia de comunicación, desde aquel sonido gutural que emitió un antropoide hasta las infinitas redes sociales de hoy han pasado solo unos segundos en la historia de la humanidad.

Pero ¿cuáles son los fines? Deben ser una objetividad y reflexión responsables que respeten y fortalezcan los valores comunes. Se requieren medios que en un marco de irrestricta libertad de expresión actúen con un claro sentido de responsabilidad social. Las normas de la conducta ética de los medios deben ser fijadas precisamente por ellos, con una supervisión del Estado.

Por siglos Maquiavelo ha sido criticado por su frase: “el fin justifica los medios”. Hoy en día nuestra sociedad que está superinformada podría decir con locura: “los medios justifican el fin”, que equivaldría a establecer una supremacía o dominio absoluto de los comunicadores sobre el rumbo de la sociedad.

Hablando de comunicación, de la más sencilla, es decir, de la comunicación por medio del habla, hay un pasaje en una de las fábulas de Esopo que narra lo siguiente:

“Un gran señor le pidió a su cocinero que le preparara el mejor platillo del mundo”. El cocinero trabajó y al punto lo obtuvo: un guisado de lengua. Intrigado, el gran señor le preguntó el porqué de ese platillo, y la respuesta fue: “porque con la lengua se adora a los dioses, se honra a la patria, se conduce al pueblo a la victoria y a la prosperidad, se exaltan las más grandes virtudes, se defiende al débil, se enseña al que no sabe y se difunde la verdad”.

El dueño aceptó que su cocinero tenía la razón. Y entonces le dijo: “mañana me prepararás el peor platillo del mundo”. Y al día siguiente tuvo otra vez un guisado de lenguas.

“¿Porqué?” preguntó otra vez. Y la respuesta fue: “porque con la lengua se blasfema de los dioses y se induce a la idolatría, se traiciona a la patria, se conduce al pueblo a la derrota y a la miseria, se exaltan los más grandes vicios, se adula al poderoso, se engaña al que no sabe y se difunde la mentira”.

La moraleja es sencilla: las lenguas, que son los medios, pueden usarse en un sentido o en otro, son instrumentos que actuarán en beneficio del hombre y de la sociedad, o en su contra.

México vive un auge de libertad de expresión y del pluralismo como consecuencia de la mayor competitividad democrática; los medios reflejan el encuentro ideológico y programático de los distintos individuos y sectores. Esta amplitud de libertad, que es un bien preciado de la comunidad, tiene que preservarse a toda costa pero ejercerse de la manera más responsable. Serán los propios comunicadores quienes señalen sus reglas de juego pensando en el bien colectivo y no solo en sus derechos.

Tenía razón el gitano de Moldavia. Al ser humano multidimensional de la actualidad le impactan tanto y durante tanto tiempo de su vida los medios de comunicación que se antoja invitarlos como compañeros de viaje al más allá para seguir en contacto con este mundo.

Pero es mejor que quienes los usamos aquí, ejerciendo nuestra indiscutible libertad, lo hagamos con convencimiento y pasión en nuestras ideas, pero también con plena conciencia de nuestra responsabilidad, cualquiera que sea el papel que desempeñemos en nuestra sociedad cada vez más abierta y por ello cada vez más expuesta a grandes peligros internos y externos.

Premio Nacional de Periodismo 2018

pacofonn@yahoo.com.mx

A finales de julio de 1998, murió en la ciudad de Soroca, Mircea Cerari, quien fuera llamado “rey de los zíngaros” o gitanos de Moldavia, que fue una de la repúblicas independizadas de la vieja URSS. La última disposición de Cerari, que fue cumplida al pie de la letra decía: “quiero ser sepultado con un fax, un teléfono celular, una computadora y un módem para que mi espíritu se siga comunicando con ustedes”.

Esta anécdota pinta de manera singular el signo de los tiempos actuales. Marshall McLuhan profetizó a mediados del siglo pasado que el mundo sería una simple “aldea global” debido principalmente a los medios de comunicación que crecerían y que siguen creciendo de manera inconmensurable. Si en algún campo ha tenido gran éxito el desigual proceso de globalización, es en el de las telecomunicaciones.

Los instrumentos de control remoto del gitano ya son considerados como útil y trascendente equipaje en el más allá: así, las ofrendas de aztecas y mayas para aprovisionar los sepulcros deberían contemplar toda la parafernalia cibernética para establecer comunicación con el Tamoanchán y el Xibalbá; y la barca de Osiris en la que los faraones egipcios viajaban al inframundo iría equipada con los medios para trasmitir palabras e imágenes a quienes quedaban en este mundo a orillas del Nilo.

Esos son los medios. Siempre han sido los medios de comunicación. Hace miles de años un antropoide descendió de los árboles, se irguió sobre sus pies, empezó a caminar, comer frutos y bayas, y empezó a emitir sonidos guturales y a pintar dibujos en las cuevas para comunicarse con sus semejantes.

En materia de comunicación, desde aquel sonido gutural que emitió un antropoide hasta las infinitas redes sociales de hoy han pasado solo unos segundos en la historia de la humanidad.

Pero ¿cuáles son los fines? Deben ser una objetividad y reflexión responsables que respeten y fortalezcan los valores comunes. Se requieren medios que en un marco de irrestricta libertad de expresión actúen con un claro sentido de responsabilidad social. Las normas de la conducta ética de los medios deben ser fijadas precisamente por ellos, con una supervisión del Estado.

Por siglos Maquiavelo ha sido criticado por su frase: “el fin justifica los medios”. Hoy en día nuestra sociedad que está superinformada podría decir con locura: “los medios justifican el fin”, que equivaldría a establecer una supremacía o dominio absoluto de los comunicadores sobre el rumbo de la sociedad.

Hablando de comunicación, de la más sencilla, es decir, de la comunicación por medio del habla, hay un pasaje en una de las fábulas de Esopo que narra lo siguiente:

“Un gran señor le pidió a su cocinero que le preparara el mejor platillo del mundo”. El cocinero trabajó y al punto lo obtuvo: un guisado de lengua. Intrigado, el gran señor le preguntó el porqué de ese platillo, y la respuesta fue: “porque con la lengua se adora a los dioses, se honra a la patria, se conduce al pueblo a la victoria y a la prosperidad, se exaltan las más grandes virtudes, se defiende al débil, se enseña al que no sabe y se difunde la verdad”.

El dueño aceptó que su cocinero tenía la razón. Y entonces le dijo: “mañana me prepararás el peor platillo del mundo”. Y al día siguiente tuvo otra vez un guisado de lenguas.

“¿Porqué?” preguntó otra vez. Y la respuesta fue: “porque con la lengua se blasfema de los dioses y se induce a la idolatría, se traiciona a la patria, se conduce al pueblo a la derrota y a la miseria, se exaltan los más grandes vicios, se adula al poderoso, se engaña al que no sabe y se difunde la mentira”.

La moraleja es sencilla: las lenguas, que son los medios, pueden usarse en un sentido o en otro, son instrumentos que actuarán en beneficio del hombre y de la sociedad, o en su contra.

México vive un auge de libertad de expresión y del pluralismo como consecuencia de la mayor competitividad democrática; los medios reflejan el encuentro ideológico y programático de los distintos individuos y sectores. Esta amplitud de libertad, que es un bien preciado de la comunidad, tiene que preservarse a toda costa pero ejercerse de la manera más responsable. Serán los propios comunicadores quienes señalen sus reglas de juego pensando en el bien colectivo y no solo en sus derechos.

Tenía razón el gitano de Moldavia. Al ser humano multidimensional de la actualidad le impactan tanto y durante tanto tiempo de su vida los medios de comunicación que se antoja invitarlos como compañeros de viaje al más allá para seguir en contacto con este mundo.

Pero es mejor que quienes los usamos aquí, ejerciendo nuestra indiscutible libertad, lo hagamos con convencimiento y pasión en nuestras ideas, pero también con plena conciencia de nuestra responsabilidad, cualquiera que sea el papel que desempeñemos en nuestra sociedad cada vez más abierta y por ello cada vez más expuesta a grandes peligros internos y externos.

Premio Nacional de Periodismo 2018

pacofonn@yahoo.com.mx

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