/ sábado 27 de junio de 2020

Un gobierno de ricachones

Ser rico no es un pecado, aunque así lo quieran hacer ver desde Palacio Nacional. Quien ha ganado legítimamente una fortuna, está en su derecho, así provoque envidias. Es distinto cuando se habla de servidores públicos, los que, en su mayoría están imposibilitados de explicar sus grandes bienes.

Lo más grave es la hipocresía, el que sean ricos vergonzantes –que buscan negarlo a toda costa- y el que, desde la máxima tribuna del país escuchemos discursos diarios sobre la “honestidad” y la “pobreza franciscana”.

AMLO está rodeado de una serie de Fifís –diría él-, con patrimonios que exceden con mucho, la “sana medianía”. Sus dineros dan de que hablar, pero el prócer los defiende a capa y espada, contradiciendo su discurso y la reiterativa moralina cotidiana.

Sin contar a sus muchos amigos empresarios –a los que se beneficia incondicionalmente con contratos por adjudicación-, figurones como Manuel Bartlett, Jiménez Espriú, Olga Sánchez Cordero, Alfonso Romo, Marcelo Ebrard, Alfonso Durazo e Irma Eréndira Sandoval, califican en la escala prohibitiva, de los anhelos del tlatoani.

De Olga Sánchez Cordero y de Romo, hay pocas dudas respecto a sus haberes. La titular de Gobernación proviene de una reconocida familia de notarios y su marido debe haber aportado buena parte de los bienes. Alfonso Romo es un conocido empresario regiomontano que, desde tiempo atrás gozaba de gruesas cuentas bancarias. Su encargo de enlace con la Iniciativa Privada es comprensible.

Inexplicable la larga lista de bienes raíces de Manuel Bartlett, a pesar de tantas explicaciones. Quien haga cuentas de los salarios de un funcionario, concluirá que son insuficientes para acumular tantos metros de tierra y construcciones.

Qué decir de los varios años que, Marcelito Ebrard pasó en el dorado exilio parisino, a cuerpo de rey. A su paso por el gobierno capitalino, sobraron escándalos como el de la Línea 12 del Metro, las grúas que se llevaban lo que estuviera enfrente, infracción o no de por medio y la forma en que benefició a constructoras, entre muchos más negociazos.

De Jiménez Espriú siempre se supo de sus grandes ambiciones y también de sus redituables empresas, las que ahora dice pertenecen a su esposa y a un hijo. A todos les salen familiares a los que les endilgan las envidiables ganancias.

Alfonsito Durazo creció su declaración de bienes, del año pasado a este, en una millonada. Lo explica por “negocios e intereses de inversiones”. Habría que averiguar de qué son (En Sonora se rumora que es propietario de un buen número de gasolineras) y cómo los adquirió porque, su trayectoria de funcionario no era de los más altos ingresos.

En el ojo del huracán está la implacable Irma Eréndira Sandoval y su cónyuge, John Ackerman. Amantes del patrimonio inmobiliario, declaran que lo hicieron a base de esfuerzo y ahorro (¿Les habrán dado clases de administración en sexenios pasados, sobre todo en el último?) Argumentan, de paso, que ha sido fruto del apoyo de sus familias (Herederos en vida).

Llama la atención que, uno de los personajes más radical de la 4T, Ackerman, resulte riquillo. Sus encendidas peroratas atacan sin piedad a los de su ahora conocida alcurnia y es el detractor número uno de los neoliberales.

Son las enormes contradicciones de un Régimen vapuleador de magnates, pero que tiene en su gabinete a tantas personas de fortuna. Incongruencias entre lo que dicen y hacen.


catalinanq@hotmail.com

@catalinanq


Ser rico no es un pecado, aunque así lo quieran hacer ver desde Palacio Nacional. Quien ha ganado legítimamente una fortuna, está en su derecho, así provoque envidias. Es distinto cuando se habla de servidores públicos, los que, en su mayoría están imposibilitados de explicar sus grandes bienes.

Lo más grave es la hipocresía, el que sean ricos vergonzantes –que buscan negarlo a toda costa- y el que, desde la máxima tribuna del país escuchemos discursos diarios sobre la “honestidad” y la “pobreza franciscana”.

AMLO está rodeado de una serie de Fifís –diría él-, con patrimonios que exceden con mucho, la “sana medianía”. Sus dineros dan de que hablar, pero el prócer los defiende a capa y espada, contradiciendo su discurso y la reiterativa moralina cotidiana.

Sin contar a sus muchos amigos empresarios –a los que se beneficia incondicionalmente con contratos por adjudicación-, figurones como Manuel Bartlett, Jiménez Espriú, Olga Sánchez Cordero, Alfonso Romo, Marcelo Ebrard, Alfonso Durazo e Irma Eréndira Sandoval, califican en la escala prohibitiva, de los anhelos del tlatoani.

De Olga Sánchez Cordero y de Romo, hay pocas dudas respecto a sus haberes. La titular de Gobernación proviene de una reconocida familia de notarios y su marido debe haber aportado buena parte de los bienes. Alfonso Romo es un conocido empresario regiomontano que, desde tiempo atrás gozaba de gruesas cuentas bancarias. Su encargo de enlace con la Iniciativa Privada es comprensible.

Inexplicable la larga lista de bienes raíces de Manuel Bartlett, a pesar de tantas explicaciones. Quien haga cuentas de los salarios de un funcionario, concluirá que son insuficientes para acumular tantos metros de tierra y construcciones.

Qué decir de los varios años que, Marcelito Ebrard pasó en el dorado exilio parisino, a cuerpo de rey. A su paso por el gobierno capitalino, sobraron escándalos como el de la Línea 12 del Metro, las grúas que se llevaban lo que estuviera enfrente, infracción o no de por medio y la forma en que benefició a constructoras, entre muchos más negociazos.

De Jiménez Espriú siempre se supo de sus grandes ambiciones y también de sus redituables empresas, las que ahora dice pertenecen a su esposa y a un hijo. A todos les salen familiares a los que les endilgan las envidiables ganancias.

Alfonsito Durazo creció su declaración de bienes, del año pasado a este, en una millonada. Lo explica por “negocios e intereses de inversiones”. Habría que averiguar de qué son (En Sonora se rumora que es propietario de un buen número de gasolineras) y cómo los adquirió porque, su trayectoria de funcionario no era de los más altos ingresos.

En el ojo del huracán está la implacable Irma Eréndira Sandoval y su cónyuge, John Ackerman. Amantes del patrimonio inmobiliario, declaran que lo hicieron a base de esfuerzo y ahorro (¿Les habrán dado clases de administración en sexenios pasados, sobre todo en el último?) Argumentan, de paso, que ha sido fruto del apoyo de sus familias (Herederos en vida).

Llama la atención que, uno de los personajes más radical de la 4T, Ackerman, resulte riquillo. Sus encendidas peroratas atacan sin piedad a los de su ahora conocida alcurnia y es el detractor número uno de los neoliberales.

Son las enormes contradicciones de un Régimen vapuleador de magnates, pero que tiene en su gabinete a tantas personas de fortuna. Incongruencias entre lo que dicen y hacen.


catalinanq@hotmail.com

@catalinanq


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