/ domingo 28 de junio de 2020

Una sociedad con el corazón roto

Enrico Ferri lo dijo en 1894 en su opúsculo “El Crimen, el Criminal y la Criminalidad”: el delito no es sino consecuencia de la conjunción entre la universalidad particular de su autor y las circunstancias externas que lo rodean, al estar sujetas y determinadas sus acciones a factores de origen antropológico, psicológico y sociológico.

Sin embargo, a más de 125 años de distancia, Ferri -hijo intelectual del veronés Cesare Lombroso y del luccano Francesco Carrara-, considerado el padre de la sociología criminal, viene a la mente ante la profunda crisis social que sufrimos, ya que frente a la idea motora de la lucha de clases, él oponía el “ideal de la concordia entre todas las clases sociales”, de la que era un ardiente promotor.

Y es que más que nunca, vivimos en una sociedad divergente, estrujantemente enferma, que presenta una severa patología disruptiva, de la cual la criminalidad es, en términos ferrianos, el más claro de sus síntomas. La pregunta sería ¿todos somos responsables de ello? De alguna forma sí, porque como el propio Ferri sostuvo, sobre el delincuente pesa una “responsabilidad social”, en la medida que nuestro obrar, más allá de ser producto de nuestro libre albedrío, lo es de lo que el teórico denominó la “tiranía del organismo”: un marco normativo impuesto dentro del cual el hombre es libre. De ahí su innovador concepto de “peligrosidad” o carencia de capacidad para vivir en sociedad, en tanto grado de mayor o menor “antisociabilidad” de un individuo frente a su entorno social, pero también de ahí el derecho a defenderse que asiste tanto al Estado como a la propia sociedad. “Un delito leve puede haber sido cometido por un delincuente muy peligroso y viceversa, un delito grave puede ser el acto de un delincuente poco peligroso”, el móvil psicológico es de importancia fundamental, “según sea social o antisocial”, incidiendo o no en la corregibilidad o readaptabilidad del delincuente, apuntó el lombardo.

Ahora bien ¿por qué evocar justo ahora a Ferri, si además es representante de una lejana y “añeja” escuela de doctrina penal como lo es la positivista italiana? Porque han transcurrido décadas, más de una centuria, y no solo seguimos sin avanzar en la construcción de nuestro tejido comunitario: vivimos en un entorno en el que la peligrosidad social -aquélla que se plantea aún antes de cometido el delito y que representa menor importancia cuando el peligro es pasado que cuando es un peligro futuro, ferrianamente hablando- es cada vez más grande porque la política de seguridad del Estado en los diversos órdenes de gobierno ha fracasado.

Entre 2015 y 2018, la tasa nacional de homicidios en México aumentó más del 80%, la de delitos con violencia creció en un 25% y la de delitos con arma de fuego en un 28.6%. Sin embargo, ha sido 2019 el año más letal -y con mucho- de todos los tiempos con más de 34 mil 500 homicidios dolosos, siendo el mes de junio el más violento con un promedio diario de 84.8 víctimas, mientras otros delitos como el de extorsión creció en un 29%, la trata de personas en 12.6% y el feminicidio en 10.3%. ¿Cómo cerrará 2020? Las tendencias apuntan a que será un nuevo año récord de la criminalidad. De acuerdo con la Secretaría de Seguridad Pública y Protección Civil, en el primer cuatrimestre se llevaban contabilizados más 11,535 homicidios dolosos, casi 6 mil entre marzo y abril, con un promedio diario de 83.4 y 83.1, respectivamente.

Prueba evidente de que la escalada criminal que enfrenta nuestro país avanza sin freno: el suceso vivido este viernes en la capital de la República Mexicana, al haber sido escenario de un ataque armado inédito en contra del titular de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México en pleno Paseo de la Reforma, la avenida más importante de esta ciudad. Ni siquiera la embestida pandémica pudo contener a la criminalidad que, enseñoreada, envía al gobierno y a la ciudadanía un dramático recordatorio de su latencia y predominio como viva confirmación de lo que Ferri, en su Proyecto de Código Penal Italiano, advirtió: los delincuentes más peligrosos de entre los criminales, son los que se organizan porque representan el grado más alto de peligrosidad.

Por eso hoy, más que nunca, es urgente que el gobierno federal y los gobiernos locales replanteen la política conjunta de seguridad pública y de seguridad nacional: la vulnerabilidad y exposición sociales son crecientes y el Estado ha dado sobradas y palpables muestras de incapacidad mientras la sociedad está inerme ante la criminalidad.

Del impacto económico que el Covid-19 detonó apenas entrevemos su magnitud y letalidad. La vorágine de la contienda política está comenzando, pero la descomposición que ya vivimos y que habrá de incrementarse hasta niveles desconocidos, será galopante y más lo hará si se encuentra con una sociedad diezmada, dividida y discordante, en la medida que tenga roto el corazón.


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

Enrico Ferri lo dijo en 1894 en su opúsculo “El Crimen, el Criminal y la Criminalidad”: el delito no es sino consecuencia de la conjunción entre la universalidad particular de su autor y las circunstancias externas que lo rodean, al estar sujetas y determinadas sus acciones a factores de origen antropológico, psicológico y sociológico.

Sin embargo, a más de 125 años de distancia, Ferri -hijo intelectual del veronés Cesare Lombroso y del luccano Francesco Carrara-, considerado el padre de la sociología criminal, viene a la mente ante la profunda crisis social que sufrimos, ya que frente a la idea motora de la lucha de clases, él oponía el “ideal de la concordia entre todas las clases sociales”, de la que era un ardiente promotor.

Y es que más que nunca, vivimos en una sociedad divergente, estrujantemente enferma, que presenta una severa patología disruptiva, de la cual la criminalidad es, en términos ferrianos, el más claro de sus síntomas. La pregunta sería ¿todos somos responsables de ello? De alguna forma sí, porque como el propio Ferri sostuvo, sobre el delincuente pesa una “responsabilidad social”, en la medida que nuestro obrar, más allá de ser producto de nuestro libre albedrío, lo es de lo que el teórico denominó la “tiranía del organismo”: un marco normativo impuesto dentro del cual el hombre es libre. De ahí su innovador concepto de “peligrosidad” o carencia de capacidad para vivir en sociedad, en tanto grado de mayor o menor “antisociabilidad” de un individuo frente a su entorno social, pero también de ahí el derecho a defenderse que asiste tanto al Estado como a la propia sociedad. “Un delito leve puede haber sido cometido por un delincuente muy peligroso y viceversa, un delito grave puede ser el acto de un delincuente poco peligroso”, el móvil psicológico es de importancia fundamental, “según sea social o antisocial”, incidiendo o no en la corregibilidad o readaptabilidad del delincuente, apuntó el lombardo.

Ahora bien ¿por qué evocar justo ahora a Ferri, si además es representante de una lejana y “añeja” escuela de doctrina penal como lo es la positivista italiana? Porque han transcurrido décadas, más de una centuria, y no solo seguimos sin avanzar en la construcción de nuestro tejido comunitario: vivimos en un entorno en el que la peligrosidad social -aquélla que se plantea aún antes de cometido el delito y que representa menor importancia cuando el peligro es pasado que cuando es un peligro futuro, ferrianamente hablando- es cada vez más grande porque la política de seguridad del Estado en los diversos órdenes de gobierno ha fracasado.

Entre 2015 y 2018, la tasa nacional de homicidios en México aumentó más del 80%, la de delitos con violencia creció en un 25% y la de delitos con arma de fuego en un 28.6%. Sin embargo, ha sido 2019 el año más letal -y con mucho- de todos los tiempos con más de 34 mil 500 homicidios dolosos, siendo el mes de junio el más violento con un promedio diario de 84.8 víctimas, mientras otros delitos como el de extorsión creció en un 29%, la trata de personas en 12.6% y el feminicidio en 10.3%. ¿Cómo cerrará 2020? Las tendencias apuntan a que será un nuevo año récord de la criminalidad. De acuerdo con la Secretaría de Seguridad Pública y Protección Civil, en el primer cuatrimestre se llevaban contabilizados más 11,535 homicidios dolosos, casi 6 mil entre marzo y abril, con un promedio diario de 83.4 y 83.1, respectivamente.

Prueba evidente de que la escalada criminal que enfrenta nuestro país avanza sin freno: el suceso vivido este viernes en la capital de la República Mexicana, al haber sido escenario de un ataque armado inédito en contra del titular de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México en pleno Paseo de la Reforma, la avenida más importante de esta ciudad. Ni siquiera la embestida pandémica pudo contener a la criminalidad que, enseñoreada, envía al gobierno y a la ciudadanía un dramático recordatorio de su latencia y predominio como viva confirmación de lo que Ferri, en su Proyecto de Código Penal Italiano, advirtió: los delincuentes más peligrosos de entre los criminales, son los que se organizan porque representan el grado más alto de peligrosidad.

Por eso hoy, más que nunca, es urgente que el gobierno federal y los gobiernos locales replanteen la política conjunta de seguridad pública y de seguridad nacional: la vulnerabilidad y exposición sociales son crecientes y el Estado ha dado sobradas y palpables muestras de incapacidad mientras la sociedad está inerme ante la criminalidad.

Del impacto económico que el Covid-19 detonó apenas entrevemos su magnitud y letalidad. La vorágine de la contienda política está comenzando, pero la descomposición que ya vivimos y que habrá de incrementarse hasta niveles desconocidos, será galopante y más lo hará si se encuentra con una sociedad diezmada, dividida y discordante, en la medida que tenga roto el corazón.


bettyzanolli@gmail.com

@BettyZanolli

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