/ domingo 24 de noviembre de 2019

UNAM: violencia, género y responsabilidad

“Artículo 7º. Delito es el acto y omisión que sancionan las leyes penales”.

Código Penal Federal (México)

México, nuestro México, es una Nación de una riqueza multicultural como pocas en el mundo. Sin embargo, sabemos también que en la esencia misma de su ser priva, como sucede en muchos otros conglomerados culturales, una tradición heredada de desigualdad histórica de género. Realidad que ha permeado de manera endémica en todos los ámbitos y sectores de la sociedad y que ahora aflora y se manifiesta con especial vehemencia en el espacio más delicado que puede tener una sociedad, el educativo. Ámbito dentro del cual, ha sido la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en nuestro país escenario donde dicha problemática recientemente ha cobrado mayor fuerza. Hecho que indigna y preocupa porque es inconcebible que ni siquiera ella pueda librarse de este mal endémico que carcome y corrompe a la sociedad humana, obstaculizando y pervirtiendo su misión docente, de investigación y difusión de los más altos valores de la cultura.

Y duele.

Duele la crisis interna por la que atraviesa nuestra Universidad al ser un referente de la conciencia y una de las pocas instituciones en las que aún se cree. Duele por su responsabilidad en la formación de las nuevas generaciones. Duele porque permitir su descomposición arrastra y evidencia la de nuestra sociedad. En lo personal, dolor que me lacera como mujer y universitaria que se ha formado en la Escuela Nacional Preparatoria, Facultad de Filosofía y Letras y Facultad de Derecho y a cuya planta académica pertenezco desde 1984. Dolor que me impone un deber: sumarme al reclamo que hoy indigna y confronta a los universitarios ante el evidente deterioro del tejido interpersonal, visibilizado -más allá de marchas y cierre de entidades-, a través de tendederos y periódicos murales que se han convertido en el medio para evidenciar públicamente nombres, palabas y situaciones que, de comprobarse ciertas, serían constitutivas de múltiples denuncias penales: abuso de autoridad, ejercicio ilícito de servidores públicos, violencia física, violencia moral (escolar, laboral), hostigamiento y abuso sexual sufridos en el seno mismo de nuestra Universidad.

Ante ello ¿qué nos sucede como universitarios? ¿Por qué de nueva cuenta nuestra máxima Casa de Estudios es víctima de la ambición y de los intereses mezquinos? ¿Por qué otra vez el vandalismo, evidentemente contratado, hace acto de presencia agrediendo violentamente a los universitarios y al patrimonio de la UNAM? ¿De dónde procede, qué fuerzas lo animan? ¿Por qué no ha sido erradicado y se permite que enrarezca y encone el sentir de los miembros de la comunidad? ¿A quién beneficia que se infiltre para distorsionar y desnaturalizar el legítimo reclamo de los universitarios, en su mayoría mujeres que se sienten (sentimos) violentadas? Lo más grave: ¿por qué la tardanza y omisión de las autoridades superiores ante los reclamos reiterados de los universitarios que, lejos de ser nuevos, llevan años en manifestarse sin que hasta ahora se les haya dado seguimiento puntual?

Apostar al cansancio de un movimiento garantiza que su latencia se enquiste y multiplique; subvalorarlo, que su virulencia se escale; desatenderlo, que se encuentren “chivos expiatorios” mientras los verdaderamente responsables se burlan y empoderan campantes. Detectar un patrón de conducta indebida en un docente o alumno, debería ser más que suficiente para que la autoridad competente actúe a fin de conjurar riesgos mayores. Una denuncia procedente de un menor de edad como los procedentes de la ENP y CCH, la población universitaria más vulnerable, es un foco rojo que requiere de la inmediata y urgente intervención de la autoridad.

La reciente reelección como rector del Dr. Enrique Graue al frente de la UNAM, decidida por la Junta de Gobierno, enfrenta un gran compromiso. La comunidad universitaria está cansada de no ser escuchada ni atendida. Los índices de delictividad van a la alza mientras siguen sin ser esclarecidas la mayor parte de denuncias, desapariciones y muertes de alumnos ocurridas en los campi universitarios, principalmente en Ciudad Universitaria. ¡Basta de impunidad! Es el reclamo general.

México está en una espiral imbatible de violencia e inseguridad y la UNAM no puede permitirse ser arrastrada a ella ni seguir trabajando parcialmente, mucho menos abandonar a su comunidad ante quienes pretenden hacer de su autonomía patente de impunidad.

Mañana es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, instituida desde 2000 por la Organización de las Naciones Unidas. Hace unos días el Gobierno de la Ciudad de México declaró -finalmente- Alerta de Género, pero falta mucho por hacer: la violencia tiene mil caras. Por eso hoy la autoridad universitaria y local tienen una gran responsabilidad y no pueden olvidar que ser omisas en la aplicación de la ley es también constitutivo de delito.

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli

“Artículo 7º. Delito es el acto y omisión que sancionan las leyes penales”.

Código Penal Federal (México)

México, nuestro México, es una Nación de una riqueza multicultural como pocas en el mundo. Sin embargo, sabemos también que en la esencia misma de su ser priva, como sucede en muchos otros conglomerados culturales, una tradición heredada de desigualdad histórica de género. Realidad que ha permeado de manera endémica en todos los ámbitos y sectores de la sociedad y que ahora aflora y se manifiesta con especial vehemencia en el espacio más delicado que puede tener una sociedad, el educativo. Ámbito dentro del cual, ha sido la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en nuestro país escenario donde dicha problemática recientemente ha cobrado mayor fuerza. Hecho que indigna y preocupa porque es inconcebible que ni siquiera ella pueda librarse de este mal endémico que carcome y corrompe a la sociedad humana, obstaculizando y pervirtiendo su misión docente, de investigación y difusión de los más altos valores de la cultura.

Y duele.

Duele la crisis interna por la que atraviesa nuestra Universidad al ser un referente de la conciencia y una de las pocas instituciones en las que aún se cree. Duele por su responsabilidad en la formación de las nuevas generaciones. Duele porque permitir su descomposición arrastra y evidencia la de nuestra sociedad. En lo personal, dolor que me lacera como mujer y universitaria que se ha formado en la Escuela Nacional Preparatoria, Facultad de Filosofía y Letras y Facultad de Derecho y a cuya planta académica pertenezco desde 1984. Dolor que me impone un deber: sumarme al reclamo que hoy indigna y confronta a los universitarios ante el evidente deterioro del tejido interpersonal, visibilizado -más allá de marchas y cierre de entidades-, a través de tendederos y periódicos murales que se han convertido en el medio para evidenciar públicamente nombres, palabas y situaciones que, de comprobarse ciertas, serían constitutivas de múltiples denuncias penales: abuso de autoridad, ejercicio ilícito de servidores públicos, violencia física, violencia moral (escolar, laboral), hostigamiento y abuso sexual sufridos en el seno mismo de nuestra Universidad.

Ante ello ¿qué nos sucede como universitarios? ¿Por qué de nueva cuenta nuestra máxima Casa de Estudios es víctima de la ambición y de los intereses mezquinos? ¿Por qué otra vez el vandalismo, evidentemente contratado, hace acto de presencia agrediendo violentamente a los universitarios y al patrimonio de la UNAM? ¿De dónde procede, qué fuerzas lo animan? ¿Por qué no ha sido erradicado y se permite que enrarezca y encone el sentir de los miembros de la comunidad? ¿A quién beneficia que se infiltre para distorsionar y desnaturalizar el legítimo reclamo de los universitarios, en su mayoría mujeres que se sienten (sentimos) violentadas? Lo más grave: ¿por qué la tardanza y omisión de las autoridades superiores ante los reclamos reiterados de los universitarios que, lejos de ser nuevos, llevan años en manifestarse sin que hasta ahora se les haya dado seguimiento puntual?

Apostar al cansancio de un movimiento garantiza que su latencia se enquiste y multiplique; subvalorarlo, que su virulencia se escale; desatenderlo, que se encuentren “chivos expiatorios” mientras los verdaderamente responsables se burlan y empoderan campantes. Detectar un patrón de conducta indebida en un docente o alumno, debería ser más que suficiente para que la autoridad competente actúe a fin de conjurar riesgos mayores. Una denuncia procedente de un menor de edad como los procedentes de la ENP y CCH, la población universitaria más vulnerable, es un foco rojo que requiere de la inmediata y urgente intervención de la autoridad.

La reciente reelección como rector del Dr. Enrique Graue al frente de la UNAM, decidida por la Junta de Gobierno, enfrenta un gran compromiso. La comunidad universitaria está cansada de no ser escuchada ni atendida. Los índices de delictividad van a la alza mientras siguen sin ser esclarecidas la mayor parte de denuncias, desapariciones y muertes de alumnos ocurridas en los campi universitarios, principalmente en Ciudad Universitaria. ¡Basta de impunidad! Es el reclamo general.

México está en una espiral imbatible de violencia e inseguridad y la UNAM no puede permitirse ser arrastrada a ella ni seguir trabajando parcialmente, mucho menos abandonar a su comunidad ante quienes pretenden hacer de su autonomía patente de impunidad.

Mañana es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, instituida desde 2000 por la Organización de las Naciones Unidas. Hace unos días el Gobierno de la Ciudad de México declaró -finalmente- Alerta de Género, pero falta mucho por hacer: la violencia tiene mil caras. Por eso hoy la autoridad universitaria y local tienen una gran responsabilidad y no pueden olvidar que ser omisas en la aplicación de la ley es también constitutivo de delito.

bettyzanolli@gmail.com\u0009\u0009\u0009@BettyZanolli

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