/ jueves 30 de junio de 2022

¿Vamos bien? 

La verdad puede ser eclipsada, pero nunca se extingue.

Titio Livio


Tuvieron que asesinar a dos sacerdotes jesuitas, Javier Campos, Joaquín Mora y al guía de turistas Pedro Palma, el pasado 20 de junio, para reanudar el debate de la crisis en la seguridad pública nacional y la pésima estrategia. Por cierto, habría que recordar que en los últimos tres sexenios han sido asesinados cincuenta sacerdotes católicos, siete de ellos en lo que va del periodo de López Obrador. Además, sin olvidar secuestros, robos, torturas, diversas amenazas y extorsiones sufridas por los clérigos, como la ha reportado ya Proceso (No.2382).

Frente a los asesinatos en el templo de la sierra Tarahumara, los representantes religiosos han planteado directamente al presidente que “revise” sus acciones frente a la delincuencia. En Palacio Nacional, no sólo les ha respondido que no cambiarán su política, si no que incluso AMLO los ha interpelado, acusándolos de que estuvieran “callados en las pasadas administraciones”.

La lógica repetida de AMLO es muy sencilla, a los cuestionamientos de su ineficacia siempre responde con insultos a las voces críticas. El fundamentalismo en el discurso del tabasqueño es el pilar de un gobierno que no ve más allá de su ombligo. Para el tabasqueño no hay otra ruta para enfrentar la criminalidad que su verdad. Incluso las cifras oficiales muestran el fracaso de su gobierno. Pero no importa. La palabra del presidente es lo único que importa, aunque riñan con la realidad.

Es un discurso demagógico afirmar que sus políticas combaten “las causas del delito”, ya que criminológicamente no tienen ningún sustento. Al menos que se crea que otorgarle una beca a miles de jóvenes los aleja de los múltiples procesos de descomposición social y de la creciente polarización comunitaria. El presidente no toma en cuenta, ni le importa que “las causas de la criminalidad” son caleidoscópicas y no son únicamente de carácter económico. Esa visión es antigua, y determinista, dicha política convierte a los pobres en potenciales criminales, lo cual es una postura que nada tiene que ver con la dinámica social.

En síntesis: el presidente defiende una visión que únicamente favorece a que el país siga bañado en sangre y que un sector del narcotráfico actúe con protección oficial e impunidad evidente. Nada cambiará en los dos próximos años, ni el siguiente sexenio, al menos que se construya un poderoso bloque de los movimientos que no están prisioneros del control gubernamental y se presente una fractura sustancial en Morena. Esos dos elementos podrían ayudar a dar un giro a la ruta del suicidio colectivo al que nos ha conducido AMLO. Quizá.

pedropenaloza@yahoo.com/Twitter:@pedro_penaloz

La verdad puede ser eclipsada, pero nunca se extingue.

Titio Livio


Tuvieron que asesinar a dos sacerdotes jesuitas, Javier Campos, Joaquín Mora y al guía de turistas Pedro Palma, el pasado 20 de junio, para reanudar el debate de la crisis en la seguridad pública nacional y la pésima estrategia. Por cierto, habría que recordar que en los últimos tres sexenios han sido asesinados cincuenta sacerdotes católicos, siete de ellos en lo que va del periodo de López Obrador. Además, sin olvidar secuestros, robos, torturas, diversas amenazas y extorsiones sufridas por los clérigos, como la ha reportado ya Proceso (No.2382).

Frente a los asesinatos en el templo de la sierra Tarahumara, los representantes religiosos han planteado directamente al presidente que “revise” sus acciones frente a la delincuencia. En Palacio Nacional, no sólo les ha respondido que no cambiarán su política, si no que incluso AMLO los ha interpelado, acusándolos de que estuvieran “callados en las pasadas administraciones”.

La lógica repetida de AMLO es muy sencilla, a los cuestionamientos de su ineficacia siempre responde con insultos a las voces críticas. El fundamentalismo en el discurso del tabasqueño es el pilar de un gobierno que no ve más allá de su ombligo. Para el tabasqueño no hay otra ruta para enfrentar la criminalidad que su verdad. Incluso las cifras oficiales muestran el fracaso de su gobierno. Pero no importa. La palabra del presidente es lo único que importa, aunque riñan con la realidad.

Es un discurso demagógico afirmar que sus políticas combaten “las causas del delito”, ya que criminológicamente no tienen ningún sustento. Al menos que se crea que otorgarle una beca a miles de jóvenes los aleja de los múltiples procesos de descomposición social y de la creciente polarización comunitaria. El presidente no toma en cuenta, ni le importa que “las causas de la criminalidad” son caleidoscópicas y no son únicamente de carácter económico. Esa visión es antigua, y determinista, dicha política convierte a los pobres en potenciales criminales, lo cual es una postura que nada tiene que ver con la dinámica social.

En síntesis: el presidente defiende una visión que únicamente favorece a que el país siga bañado en sangre y que un sector del narcotráfico actúe con protección oficial e impunidad evidente. Nada cambiará en los dos próximos años, ni el siguiente sexenio, al menos que se construya un poderoso bloque de los movimientos que no están prisioneros del control gubernamental y se presente una fractura sustancial en Morena. Esos dos elementos podrían ayudar a dar un giro a la ruta del suicidio colectivo al que nos ha conducido AMLO. Quizá.

pedropenaloza@yahoo.com/Twitter:@pedro_penaloz

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