/ sábado 30 de diciembre de 2023

Vivir y morir ¿en democracia?

Mi querida amiga, la gran poeta Blanca Luz Pulido, me hizo hace meses un obsequio. Puso en mis manos una edición de 1999 de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, en traducción de Julio Cortázar, publicada por Editorial Sudamericana.

La lectura se encajó en una cuestión que ocupa mis cabildeos cotidianos. Al repasar el llamado “plan C” electoral del mandatario mexicano, sabemos que el objetivo es lograr mayoría morenista en las votaciones, el “carro competo” al estilo democrático cuatroteista.

Es decir, un régimen de dominio absoluto, con una minoría o nula oposición. En la lectura elemental que nos concita, entonces se tendría que festejar que la democracia sea concentrar todo el poder en el grupo político reinante, para que nada ni nadie se interponga en sus planes.

Al platicar con un taxista sobre este posible escenario, me dijo que era volver a los viejos tiempos del PRI. Al cursar las calles viajamos a la juventud que transitamos entre los años 70 y 80 del siglo XX, donde la queja era, precisamente, el acumulado e histórico control total del priato. Las décadas de hacer lo que se le viniera en gana, con minúsculos contradictores.

Entre las Memorias de Adriano y el taxista, volví a mis subrayados del libro. El encaje estaba en muchos de ellos como suerte de lecciones para estas cavilaciones.

Por ejemplo, cuando el emperador dice que “Quería el poder. Lo quería para imponer mis planes, ensayar mis remedios, restaurar la paz. Sobre todo lo quería para ser yo mismo antes de morir”.

Imaginé que el presidente tabasqueño se miraba al espejo diciendo: “Mi deseo de poder era semejante al del amor, que impide al amante comer, dormir, pensar, y aun amar, hasta que no se hayan cumplido ciertos ritos”.

Me dije que algunos amaneceres, tras tomar su baño, al despejar con las manos el vapor, se ha dicho que “Ningún jefe de Estado soporta de buen agrado la existencia de un enemigo organizado a sus puertas”.

Que al acudir a las conferencias mañaneras se confiesa en silencio que “He mentido allí lo menos posible; de todas maneras, el interés público y la decencia me forzaron a reajustar ciertos hechos”.

También, mientras camina en Palacio Nacional que “Me hubiera agradado la profesión de médico; su espíritu no difiere en esencia del que traté de aplicar a mi oficio de emperador”.

No culpo a López Obrador de tener una esencia de Adriano. La tienen todas, todos y todes los políticos del suelo mexicano. Leamos que “Para todas aquellas gentes tan variadas, tenía yo la cortesía indispensable. Me mostraba deferente hacia unos, flexible ante otros, canallesco cuando hacía falta, hábil pero no demasiado hábil. Mi versatilidad me era necesaria; era múltiple por cálculo, ondulante por juego. Caminaba sobre la cuerda floja. No sólo me hubieran hecho falta las lecciones de un actor, sino las de un acróbata”.

Al repasar las citas del libro de la Yourcenar, también acudimos a los anhelos del emperador Adriano que nos quedan lejos: “Quería que las ciudades fueran espléndidas, ventiladas, regadas por aguas límpidas, pobladas de seres humanos cuyo cuerpo no se viera estropeado por las marcas de la miseria o la servidumbre, ni por la hinchazón de una riqueza grosera; quería que los colegiales recitaran con voz justa las lecciones de un buen saber”.

“(…) nos esforzábamos penosamente por hacer del Estado una máquina capaz de servir a los hombres, con el menor riesgo de triturarlos”.

“(…) que los jóvenes asistentes a los gimnasios no ignoraran los juegos ni las artes (…) que el viajero más humilde pudiera errar de un país, de un continente al otro, sin formalidades vejatorias, sin peligros, por donde quiera seguro de un mínimo de legalidad y de cultura (…) quería que, en un mundo bien ordenado, los filósofos tuvieran su lugar y también lo tuvieran los bailarines”.

De cara a las elecciones del 2024, de lo que busca AMLO y la familia Morena recalco aquí: “La memoria de la mayoría de los hombres es un cementerio abandonado donde yacen los muertos que aquellos han dejado de honrar y de querer. Todo dolor prolongado es un insulto a ese olvido”.

México ha sido, es y será un país de todo tipo de emperadores y emperatrices. Apreciadas lectoras, lectores: un venturoso 2024.

Mi querida amiga, la gran poeta Blanca Luz Pulido, me hizo hace meses un obsequio. Puso en mis manos una edición de 1999 de Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, en traducción de Julio Cortázar, publicada por Editorial Sudamericana.

La lectura se encajó en una cuestión que ocupa mis cabildeos cotidianos. Al repasar el llamado “plan C” electoral del mandatario mexicano, sabemos que el objetivo es lograr mayoría morenista en las votaciones, el “carro competo” al estilo democrático cuatroteista.

Es decir, un régimen de dominio absoluto, con una minoría o nula oposición. En la lectura elemental que nos concita, entonces se tendría que festejar que la democracia sea concentrar todo el poder en el grupo político reinante, para que nada ni nadie se interponga en sus planes.

Al platicar con un taxista sobre este posible escenario, me dijo que era volver a los viejos tiempos del PRI. Al cursar las calles viajamos a la juventud que transitamos entre los años 70 y 80 del siglo XX, donde la queja era, precisamente, el acumulado e histórico control total del priato. Las décadas de hacer lo que se le viniera en gana, con minúsculos contradictores.

Entre las Memorias de Adriano y el taxista, volví a mis subrayados del libro. El encaje estaba en muchos de ellos como suerte de lecciones para estas cavilaciones.

Por ejemplo, cuando el emperador dice que “Quería el poder. Lo quería para imponer mis planes, ensayar mis remedios, restaurar la paz. Sobre todo lo quería para ser yo mismo antes de morir”.

Imaginé que el presidente tabasqueño se miraba al espejo diciendo: “Mi deseo de poder era semejante al del amor, que impide al amante comer, dormir, pensar, y aun amar, hasta que no se hayan cumplido ciertos ritos”.

Me dije que algunos amaneceres, tras tomar su baño, al despejar con las manos el vapor, se ha dicho que “Ningún jefe de Estado soporta de buen agrado la existencia de un enemigo organizado a sus puertas”.

Que al acudir a las conferencias mañaneras se confiesa en silencio que “He mentido allí lo menos posible; de todas maneras, el interés público y la decencia me forzaron a reajustar ciertos hechos”.

También, mientras camina en Palacio Nacional que “Me hubiera agradado la profesión de médico; su espíritu no difiere en esencia del que traté de aplicar a mi oficio de emperador”.

No culpo a López Obrador de tener una esencia de Adriano. La tienen todas, todos y todes los políticos del suelo mexicano. Leamos que “Para todas aquellas gentes tan variadas, tenía yo la cortesía indispensable. Me mostraba deferente hacia unos, flexible ante otros, canallesco cuando hacía falta, hábil pero no demasiado hábil. Mi versatilidad me era necesaria; era múltiple por cálculo, ondulante por juego. Caminaba sobre la cuerda floja. No sólo me hubieran hecho falta las lecciones de un actor, sino las de un acróbata”.

Al repasar las citas del libro de la Yourcenar, también acudimos a los anhelos del emperador Adriano que nos quedan lejos: “Quería que las ciudades fueran espléndidas, ventiladas, regadas por aguas límpidas, pobladas de seres humanos cuyo cuerpo no se viera estropeado por las marcas de la miseria o la servidumbre, ni por la hinchazón de una riqueza grosera; quería que los colegiales recitaran con voz justa las lecciones de un buen saber”.

“(…) nos esforzábamos penosamente por hacer del Estado una máquina capaz de servir a los hombres, con el menor riesgo de triturarlos”.

“(…) que los jóvenes asistentes a los gimnasios no ignoraran los juegos ni las artes (…) que el viajero más humilde pudiera errar de un país, de un continente al otro, sin formalidades vejatorias, sin peligros, por donde quiera seguro de un mínimo de legalidad y de cultura (…) quería que, en un mundo bien ordenado, los filósofos tuvieran su lugar y también lo tuvieran los bailarines”.

De cara a las elecciones del 2024, de lo que busca AMLO y la familia Morena recalco aquí: “La memoria de la mayoría de los hombres es un cementerio abandonado donde yacen los muertos que aquellos han dejado de honrar y de querer. Todo dolor prolongado es un insulto a ese olvido”.

México ha sido, es y será un país de todo tipo de emperadores y emperatrices. Apreciadas lectoras, lectores: un venturoso 2024.