/ domingo 30 de agosto de 2015

Quitando etiquetas

La normalidad para los seres humanos se sitúa, casi siempre, enlas medias estadísticas; lo alto, lo flaco, lo moreno, dependerándel grupo social o geográfico donde nos encontremos. Basado eneste principio históricamente los extremos nos parecen anormales,atípicos y por lo general desagradables.

Los grupos sociales tienden a transformar en burla a quienessalen de lo común y ocasionalmente a imponer apodos a quienespresentan cualidades exageradas; el gordo, el chaparro, elnarigón, el pelón; para efectos de este artículo dejaré de ladoa quienes posean algún género de malformación.

A lo largo de la historia el juicio estético ha sidoabsolutamente dependiente de la cultura, del tiempo, del país ociudad en el que vivamos entre otras cosas. En muchos de nosotrosestas valoraciones conllevan consecuencias pesadas en nuestraautoestima; afectan mayormente el desarrollo ulterior, nuestrosobjetivos y planes de vida en lo profesional, familiar yemocional.

Recordar ahora a algún compañero de nuestros primeros añosescolares, la etiqueta que se le impuso y sus efectos actuales, esvital para entender que algo semejante en importancia y formasucede con nosotros.

El criterio de calificación de la belleza es absolutamentesubjetivo y puede ser diametralmente opuesto en infinidad deocasiones. A la variedad la distingue el gusto; una china vestidacon el atuendo que se usa en su peculiar ópera pareciera serdistante del concepto estético de algún diseñador francés deprincipios del siglo XX.

Presentarnos a una celebración matrimonial en alguna playa conun frac, en el caso masculino, o con un abrigo de Ming, en el casofemenino, nos sitúa fuera del espacio pese a la calidad o diseñode los mismos. El patrón ideal de lo hermoso lo vamos construyendoy delineando a lo largo de nuestra vida a través de lasinfluencias monumentales de lo que nos rodea y de nuestrossentidos.

Las relaciones humanas observan un comportamiento equivalente;son determinantes quienes conforman nuestro núcleo familiar yquienes nos nutren a través de nuestras relacionesespecíficas.

Un principio limitante y fuente de insatisfacción es haberadoptado por propias todas las comparaciones y ataques a nuestraautoestima relativos a nuestro aspecto físico. Hemos debilitadonuestra propia capacidad de definir parámetros estéticos por lavía de las imposiciones ajenas.

En el caso de los niños la crueldad es aún mayor; susinceridad nos lleva generalmente a la burla que sus padresauspician con sus vivencias equivalentes.

El gran secreto es entender que todo esto sucede mientras lopermitamos; que la autoimagen suele ser un concepto ajeno einculcado a través de ambientes y experiencias que nos handelimitado y también limitado.

El nivel de atracción o rechazo que recibimos o hacemos; loagradable o desagradable que motivemos y sintamos, son principiosque entremezclan lo aprendido y nuestras carencias.

La medida real e ideal de lo bello y adecuado es una emociónque se engrandece cuando tiene por fuente única nuestrassensaciones y emociones; que ser objetivo dista de ser excluyente,que la belleza existe en cualquier estado y que su manifestaciónperfecta es la vida y la posibilidad de cambio.

Definir criterios que surjan de nuestro interior, de esa cita yacuerdo con el gran compañero que es el yo observante es una tareacompleja y elevada a la cual todos estamos obligados.

¿Qué sensación tienes al observar las fotografías de unaboda hace 20 años?

¿Te parece bello el vuelo de un insecto?

Te deseo un fantástico viaje, recuerda observar tu palabra quees mágica

#lapalabraesmágica

Te invito a visitar mi página www.realizate.com

Twitter@TerryGuindi - See more at:http://www.oem.com.mx/elsoldemexico/notas/n3932121.htm#sthash.QEcHrb0J.dpuf

La normalidad para los seres humanos se sitúa, casi siempre, enlas medias estadísticas; lo alto, lo flaco, lo moreno, dependerándel grupo social o geográfico donde nos encontremos. Basado eneste principio históricamente los extremos nos parecen anormales,atípicos y por lo general desagradables.

Los grupos sociales tienden a transformar en burla a quienessalen de lo común y ocasionalmente a imponer apodos a quienespresentan cualidades exageradas; el gordo, el chaparro, elnarigón, el pelón; para efectos de este artículo dejaré de ladoa quienes posean algún género de malformación.

A lo largo de la historia el juicio estético ha sidoabsolutamente dependiente de la cultura, del tiempo, del país ociudad en el que vivamos entre otras cosas. En muchos de nosotrosestas valoraciones conllevan consecuencias pesadas en nuestraautoestima; afectan mayormente el desarrollo ulterior, nuestrosobjetivos y planes de vida en lo profesional, familiar yemocional.

Recordar ahora a algún compañero de nuestros primeros añosescolares, la etiqueta que se le impuso y sus efectos actuales, esvital para entender que algo semejante en importancia y formasucede con nosotros.

El criterio de calificación de la belleza es absolutamentesubjetivo y puede ser diametralmente opuesto en infinidad deocasiones. A la variedad la distingue el gusto; una china vestidacon el atuendo que se usa en su peculiar ópera pareciera serdistante del concepto estético de algún diseñador francés deprincipios del siglo XX.

Presentarnos a una celebración matrimonial en alguna playa conun frac, en el caso masculino, o con un abrigo de Ming, en el casofemenino, nos sitúa fuera del espacio pese a la calidad o diseñode los mismos. El patrón ideal de lo hermoso lo vamos construyendoy delineando a lo largo de nuestra vida a través de lasinfluencias monumentales de lo que nos rodea y de nuestrossentidos.

Las relaciones humanas observan un comportamiento equivalente;son determinantes quienes conforman nuestro núcleo familiar yquienes nos nutren a través de nuestras relacionesespecíficas.

Un principio limitante y fuente de insatisfacción es haberadoptado por propias todas las comparaciones y ataques a nuestraautoestima relativos a nuestro aspecto físico. Hemos debilitadonuestra propia capacidad de definir parámetros estéticos por lavía de las imposiciones ajenas.

En el caso de los niños la crueldad es aún mayor; susinceridad nos lleva generalmente a la burla que sus padresauspician con sus vivencias equivalentes.

El gran secreto es entender que todo esto sucede mientras lopermitamos; que la autoimagen suele ser un concepto ajeno einculcado a través de ambientes y experiencias que nos handelimitado y también limitado.

El nivel de atracción o rechazo que recibimos o hacemos; loagradable o desagradable que motivemos y sintamos, son principiosque entremezclan lo aprendido y nuestras carencias.

La medida real e ideal de lo bello y adecuado es una emociónque se engrandece cuando tiene por fuente única nuestrassensaciones y emociones; que ser objetivo dista de ser excluyente,que la belleza existe en cualquier estado y que su manifestaciónperfecta es la vida y la posibilidad de cambio.

Definir criterios que surjan de nuestro interior, de esa cita yacuerdo con el gran compañero que es el yo observante es una tareacompleja y elevada a la cual todos estamos obligados.

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Edición Impresa 25 | Febrero | 2018

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