/ viernes 23 de febrero de 2024

#SOY / Daniela Carrillo: Gucci y Ferragamo ya producen más tenis que zapatos

La diseñadora define su oficio de zapatera como un reto en el que se enfrenta a tendencias que ponen en riesgo la tradición artesanal de su labor

Daniela Carrillo conoce el alma de un zapato a la perfección. Confiesa que si llegara a reencarnar en uno de ellos, elegiría uno de tipo bostoniano, sus favoritos, pero en color negro, y que exigiría a su dueño que valore todo el esfuerzo que hay detrás de su creación.

“Le pediría que me cuidara de la lluvia… que me diera buen mantenimiento, que me mande bolear y que me pongan cera, porque ésta humecta la piel. Pero sobre todo, que recordara que el peor enemigo de la piel es el agua, y así, con esos cuidados, poder llegar a viejo casi como si fuera nuevo”.

Te puede interesar: #SOY | Javier Piña: Macrotendencias, el poder de las marcas

Ella creció entre el aroma de la piel, montones de suelas, hormas y texturas que utilizaba su padre en su taller.

“Traigo una escuela zapatera por parte de mi papá, quien es zapatero desde hace 53 años. Somos chilenos, pero llevo 43 años viviendo en Ciudad de México (por lo que) soy más mexicana que chilena. A mi papá lo trajeron hace 40 años un grupo de empresarios chilenos para trabajar en una empresa de calzado que llevaba el nombre de una firma de origen italiano”, cuenta.

Dice que de niña, todos los veranos en vez de disfrutar de las vacaciones, prefería estar en la fábrica ubicada en la zona de Tláhuac, aprendiendo el oficio.

“Por un manejo incorrecto de la administración de quienes eran los dueños de la empresa, ésta cerró. Pero él no paró, se quedó en este país, decidió independizarse y comenzar con su propia marca. Comenzó a dar asesorías de calzado para varias marcas y fábricas de calzado, donde enseñaba las técnicas de acabado de cuero para suelas. En aquella época, las fábricas no tenían maquinaria para hacer suelas, ni troqueles (máquina para cortar cuero) nosotros contábamos con todo esto y así empezamos”.

Su punto de venta principal era el Mercado de Granaditas, en Tepito. “Era una buena época, vendíamos suelas específicamente para cada tipo de zapato, desde una zapatilla hasta una bota. Lo que nadie ofrecía. Fuimos avanzando, pero en 2015 hubo una crisis en la industria y llegaron las importaciones españolas y los chinos que se te meten hasta por los ojos, fue cuando las grandes marcas redujeron su producción.

“Entonces decidí emprender creando zapatos bostonianos para mujer, porque este diseño siempre ha sido para hombre, y formé Daniela Carrillo Calzado. Fue poco a poco, vivía con unas roomies en la colonia Escandón y los viernes en la noche hacía un showroom donde vendía los zapatos”.

Cuenta que la idea de aportar el toque femenino a los bostonianos surgió de unas jóvenes estudiantes de la Universidad de Oxford, Inglaterra. “Ellas innovaron en este tipo de diseño el cual, a principios del XX, era creado para los campesinos quienes, en tiempo de lluvia les permitía drenar el agua y el lodo a la hora de trabajar”.

“Ahora vamos a la oficina más relajados”

Daniela estudió la carrera de informática, pero comenzó a diseñar zapatos de forma autodidacta, siempre estando al tanto de las últimas tendencias, las cuales, en la actualidad ponen a su empresa en una encrucijada, debido a que cada vez más las personas prefieren usar tenis, dejando a un lado los zapatos de vestir y la formalidad.

“Como bien sabemos, la moda es cíclica y actualmente esta se ha adaptado a la comodidad, pero si Harry Styles saca unas botas vaqueras, todo mundo se pone botas vaqueras… Aunque cada quien debe usar lo que le guste y lo que le acomode, Gucci y Ferragamo ya producen más tenis que zapatos, y para allá va todo porque la pandemia vino a adelantar lo que era para un futuro: el home office y después esto se hizo costumbre y ahora vamos a la oficina más relajados”.

Como se ha mostrado recientemente en las pasarelas más importantes del mundo, como la de Milán, la tendencia apuesta por el calzado relajado y los diseñadores se olvidan casi por completo del tacón, dando prioridad al zapato de suela baja o a los sneakers de formas menos grotescas como los que apreciamos a principios de 2020.

“Tenemos algunos zapatos de tacón, pero nosotros nos especializamos en los bostonianos, también conocidos como Oxford. Creamos tenis tipo europeo de piel por fuera y por dentro, la plantilla también es de piel, todos están haciendo tenis ahora.

Vendemos en un bazar en la Roma, donde somos expositores desde hace cinco o seis años, y en este tiempo el público ha cambiado muchísimo. Los hipsters que vivían ahí durante estos últimos años, ya no están. Ahora viven en su mayoría extranjeros que hacen home office, y que no compran un par de zapatos. Es una cuestión generacional; las mujeres de edad avanzada aún usan los zapatos o zapatillas, pero los millennials y en general las nuevas generaciones ya no van a usar zapatos de vestir, a menos de que tengan un evento especial o dependiendo el tipo de trabajo, pero te puedo asegurar que el 95 por ciento de las personas que ves en la calle, si volteas hacia abajo, todos traen tenis.

“Lo mismo sucede en todo el mundo, tenemos modelos de tenis que tienen detalles de zapatos como los perforados y armenillados, como los bostonianos. Hay que estar al día, pero no vamos a dejar de hacer zapatos porque siempre va a haber gente que quiera comprarlos”.

Su firma ofrece la posibilidad de personalizar el zapato que el comprador desee, “una chava calzaba de la talla uno y siempre tenía que comprar zapato de niña, por lo que pudimos adaptar el modelo a su medida.

“Chicos trans se han acercado a comprar zapatos por las tallas, hemos creado zapatos exclusivos, hicimos un par de diseño único para una pareja gay”, dice la empresaria.

Para portarlos con estilo

Como parte de su trabajo, Daniela se convierte en asesora de imagen, orientando a sus clientes a la hora de comprar calzado para llevarlos con estilo. “Algunas clientas, señoras grandes me dicen quiero zapatos verdes que combinen perfecto con mi cinturón.

“Siempre les sugiero que coordinen la ropa, por ejemplo, con una blusa azul marino y unos jeans, te puedes poner el color de zapatos que quieras. Tengo unos bostonianos color oro, y me pongo blusa negra, pantalón de mezclilla roto negro y todo mundo te voltea a ver sólo los zapatos, el chiste es coordinar lo que te pones, con el color de zapatos que quieras.

La gente tiene que ser feliz poniéndose lo que quiera, ponerse cinco o seis colores está bien. Tenemos una línea de vestir que es más de tipo stiletto con tacones aguja, o zapatilla tipo Luis XV, con pieles muy finas”.

¿Y el tacón?

La experta dice que los tacones se catalogan sólo por la medida de lo alto. “Existen tacones de dos, tres, hasta cinco centímetros de alto y las plataformas que usan las drag queen, que llegan a medir hasta 16 centímetros.

“Puede ser una zapatilla clásica y usar un tacón de nueve o diez centímetros, los tacones no tienen un nombre en específico. Un amigo en una ocasión, me dijo que su abuelita usaba tacón de galleta y yo: ‘¿Cómo?’.

“Era un tacón cuadradito y bajito, y en su época le llamaban tacón de galleta, también por ahí se dice que existe el tacón cubano que mucha gente piensa que es clásico para las botas vaqueras; y los stilettos que son de tacón de aguja, pero fuera de eso no hay un nombre que defina a cada tipo de tacón”.

El proceso de fabricación

Hacer un zapato es todo un ritual, donde el más mínimo detalle debe ser perfectamente aplicado para lograr la calidad óptima en confort y diseño.

“Mi hermana y yo siempre estamos al tanto de las tendencias, las texturas, lo que combina lo que no combina… importamos pieles de León y Guadalajara, y armamos todo un rompecabezas con las piezas y los colores. Mi papá se involucra mucho en la calidad de los materiales, las entretelas y las pieles. Una zapatilla de vestir entre el forro, la piel y la entretela, debe medir un milímetro para que sea un zapato elegante, de vestir y de mucha calidad”, describe Daniela.

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Explica que la entretela es la que se pone debajo de la piel para darle cuerpo al zapato, “se hace la muestra, se prueba y se revisa que no lastime, si la muestra queda ‘ok’ se mandan hacer las tallas, las combinaciones las trabajamos por temporadas, colores cálidos para verano o pieles estampadas de flores y para la temporada de otoño-invierno, creamos zapatos cerrados botas, colores más oscuros”.

Para ella, un par de zapatos significa “familia, crecimiento personal, a lo largo de 24 años siendo zapatera, fuera de lo comercial, esta es una profesión de la que me siento muy orgullosa. Me considero una zapatera artesanal, en un ámbito generalmente dominado por hombres”.



Daniela Carrillo conoce el alma de un zapato a la perfección. Confiesa que si llegara a reencarnar en uno de ellos, elegiría uno de tipo bostoniano, sus favoritos, pero en color negro, y que exigiría a su dueño que valore todo el esfuerzo que hay detrás de su creación.

“Le pediría que me cuidara de la lluvia… que me diera buen mantenimiento, que me mande bolear y que me pongan cera, porque ésta humecta la piel. Pero sobre todo, que recordara que el peor enemigo de la piel es el agua, y así, con esos cuidados, poder llegar a viejo casi como si fuera nuevo”.

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Ella creció entre el aroma de la piel, montones de suelas, hormas y texturas que utilizaba su padre en su taller.

“Traigo una escuela zapatera por parte de mi papá, quien es zapatero desde hace 53 años. Somos chilenos, pero llevo 43 años viviendo en Ciudad de México (por lo que) soy más mexicana que chilena. A mi papá lo trajeron hace 40 años un grupo de empresarios chilenos para trabajar en una empresa de calzado que llevaba el nombre de una firma de origen italiano”, cuenta.

Dice que de niña, todos los veranos en vez de disfrutar de las vacaciones, prefería estar en la fábrica ubicada en la zona de Tláhuac, aprendiendo el oficio.

“Por un manejo incorrecto de la administración de quienes eran los dueños de la empresa, ésta cerró. Pero él no paró, se quedó en este país, decidió independizarse y comenzar con su propia marca. Comenzó a dar asesorías de calzado para varias marcas y fábricas de calzado, donde enseñaba las técnicas de acabado de cuero para suelas. En aquella época, las fábricas no tenían maquinaria para hacer suelas, ni troqueles (máquina para cortar cuero) nosotros contábamos con todo esto y así empezamos”.

Su punto de venta principal era el Mercado de Granaditas, en Tepito. “Era una buena época, vendíamos suelas específicamente para cada tipo de zapato, desde una zapatilla hasta una bota. Lo que nadie ofrecía. Fuimos avanzando, pero en 2015 hubo una crisis en la industria y llegaron las importaciones españolas y los chinos que se te meten hasta por los ojos, fue cuando las grandes marcas redujeron su producción.

“Entonces decidí emprender creando zapatos bostonianos para mujer, porque este diseño siempre ha sido para hombre, y formé Daniela Carrillo Calzado. Fue poco a poco, vivía con unas roomies en la colonia Escandón y los viernes en la noche hacía un showroom donde vendía los zapatos”.

Cuenta que la idea de aportar el toque femenino a los bostonianos surgió de unas jóvenes estudiantes de la Universidad de Oxford, Inglaterra. “Ellas innovaron en este tipo de diseño el cual, a principios del XX, era creado para los campesinos quienes, en tiempo de lluvia les permitía drenar el agua y el lodo a la hora de trabajar”.

“Ahora vamos a la oficina más relajados”

Daniela estudió la carrera de informática, pero comenzó a diseñar zapatos de forma autodidacta, siempre estando al tanto de las últimas tendencias, las cuales, en la actualidad ponen a su empresa en una encrucijada, debido a que cada vez más las personas prefieren usar tenis, dejando a un lado los zapatos de vestir y la formalidad.

“Como bien sabemos, la moda es cíclica y actualmente esta se ha adaptado a la comodidad, pero si Harry Styles saca unas botas vaqueras, todo mundo se pone botas vaqueras… Aunque cada quien debe usar lo que le guste y lo que le acomode, Gucci y Ferragamo ya producen más tenis que zapatos, y para allá va todo porque la pandemia vino a adelantar lo que era para un futuro: el home office y después esto se hizo costumbre y ahora vamos a la oficina más relajados”.

Como se ha mostrado recientemente en las pasarelas más importantes del mundo, como la de Milán, la tendencia apuesta por el calzado relajado y los diseñadores se olvidan casi por completo del tacón, dando prioridad al zapato de suela baja o a los sneakers de formas menos grotescas como los que apreciamos a principios de 2020.

“Tenemos algunos zapatos de tacón, pero nosotros nos especializamos en los bostonianos, también conocidos como Oxford. Creamos tenis tipo europeo de piel por fuera y por dentro, la plantilla también es de piel, todos están haciendo tenis ahora.

Vendemos en un bazar en la Roma, donde somos expositores desde hace cinco o seis años, y en este tiempo el público ha cambiado muchísimo. Los hipsters que vivían ahí durante estos últimos años, ya no están. Ahora viven en su mayoría extranjeros que hacen home office, y que no compran un par de zapatos. Es una cuestión generacional; las mujeres de edad avanzada aún usan los zapatos o zapatillas, pero los millennials y en general las nuevas generaciones ya no van a usar zapatos de vestir, a menos de que tengan un evento especial o dependiendo el tipo de trabajo, pero te puedo asegurar que el 95 por ciento de las personas que ves en la calle, si volteas hacia abajo, todos traen tenis.

“Lo mismo sucede en todo el mundo, tenemos modelos de tenis que tienen detalles de zapatos como los perforados y armenillados, como los bostonianos. Hay que estar al día, pero no vamos a dejar de hacer zapatos porque siempre va a haber gente que quiera comprarlos”.

Su firma ofrece la posibilidad de personalizar el zapato que el comprador desee, “una chava calzaba de la talla uno y siempre tenía que comprar zapato de niña, por lo que pudimos adaptar el modelo a su medida.

“Chicos trans se han acercado a comprar zapatos por las tallas, hemos creado zapatos exclusivos, hicimos un par de diseño único para una pareja gay”, dice la empresaria.

Para portarlos con estilo

Como parte de su trabajo, Daniela se convierte en asesora de imagen, orientando a sus clientes a la hora de comprar calzado para llevarlos con estilo. “Algunas clientas, señoras grandes me dicen quiero zapatos verdes que combinen perfecto con mi cinturón.

“Siempre les sugiero que coordinen la ropa, por ejemplo, con una blusa azul marino y unos jeans, te puedes poner el color de zapatos que quieras. Tengo unos bostonianos color oro, y me pongo blusa negra, pantalón de mezclilla roto negro y todo mundo te voltea a ver sólo los zapatos, el chiste es coordinar lo que te pones, con el color de zapatos que quieras.

La gente tiene que ser feliz poniéndose lo que quiera, ponerse cinco o seis colores está bien. Tenemos una línea de vestir que es más de tipo stiletto con tacones aguja, o zapatilla tipo Luis XV, con pieles muy finas”.

¿Y el tacón?

La experta dice que los tacones se catalogan sólo por la medida de lo alto. “Existen tacones de dos, tres, hasta cinco centímetros de alto y las plataformas que usan las drag queen, que llegan a medir hasta 16 centímetros.

“Puede ser una zapatilla clásica y usar un tacón de nueve o diez centímetros, los tacones no tienen un nombre en específico. Un amigo en una ocasión, me dijo que su abuelita usaba tacón de galleta y yo: ‘¿Cómo?’.

“Era un tacón cuadradito y bajito, y en su época le llamaban tacón de galleta, también por ahí se dice que existe el tacón cubano que mucha gente piensa que es clásico para las botas vaqueras; y los stilettos que son de tacón de aguja, pero fuera de eso no hay un nombre que defina a cada tipo de tacón”.

El proceso de fabricación

Hacer un zapato es todo un ritual, donde el más mínimo detalle debe ser perfectamente aplicado para lograr la calidad óptima en confort y diseño.

“Mi hermana y yo siempre estamos al tanto de las tendencias, las texturas, lo que combina lo que no combina… importamos pieles de León y Guadalajara, y armamos todo un rompecabezas con las piezas y los colores. Mi papá se involucra mucho en la calidad de los materiales, las entretelas y las pieles. Una zapatilla de vestir entre el forro, la piel y la entretela, debe medir un milímetro para que sea un zapato elegante, de vestir y de mucha calidad”, describe Daniela.

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Explica que la entretela es la que se pone debajo de la piel para darle cuerpo al zapato, “se hace la muestra, se prueba y se revisa que no lastime, si la muestra queda ‘ok’ se mandan hacer las tallas, las combinaciones las trabajamos por temporadas, colores cálidos para verano o pieles estampadas de flores y para la temporada de otoño-invierno, creamos zapatos cerrados botas, colores más oscuros”.

Para ella, un par de zapatos significa “familia, crecimiento personal, a lo largo de 24 años siendo zapatera, fuera de lo comercial, esta es una profesión de la que me siento muy orgullosa. Me considero una zapatera artesanal, en un ámbito generalmente dominado por hombres”.



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