/ sábado 19 de mayo de 2018

¿Qué hay detrás del amor de Harry y Meghan? Geopolítica de la boda real británica

Con la casa real británica nunca se sabe si actúa por razones de Estado, conveniencia o simplemente por interés económico

PARÍS, Francia. Con la casa real británica nunca se sabe si actúa por razones de Estado, conveniencia o simplemente por interés económico. Por ese pragmatismo, el príncipe Felipe suele referirse a la familia de Windsor como La firma. Incluso los miembros de la monarquía —y sobre todo los obsecuentes de la corte— usan ese código sin escrúpulos para referirse al comportamiento de la corona.


Ahora, una vez más, es difícil saber a qué categoría pertenece la boda del príncipe Harry con Meghan Markle, una mujer que totaliza seis condiciones vetadas en el Palacio de Buckingham: norteamericana, actriz, plebeya, bautista —ahora convertida a la religión anglicana—, divorciada y mestiza.


Detrás del boato frívolo que tuvo la ceremonia, ese casamiento no es solo el resultado de un capricho ni del exotismo de Harry.

Para comprender qué está pasando en Gran Bretaña y en particular con la monarquía británica, hay que verlo con criterio político y perspectiva histórica.


El “episodio” de este sábado puso término a un sutil proceso de aggiornamento de la corona, que había comenzado en 1997 tras la muerte de la princesa Diana y concluyó ahora con el casamiento de su hijo Harry. Ese ciclo que duró 21 años muestra las características que tendrá la transformación radical que se aproxima.


“Estamos comprometidos en modernizar la monarquía británica. No lo hacemos para nosotros, sino por el gran bien de nuestro pueblo”, sintetizó Harry en una reciente entrevista al semanario norteamericano Newsweek.



La reina Isabel II —que es furiosamente conservadora tradicionalista, como su esposo Felipe— es la gran heroína de esta disrupción porque tuvo que adaptarse a los desafíos que le planteaba el mundo moderno.



En sus 66 años de reinado —en los que vio surgir los satélites, las computadoras, internet y la revolución digital— tuvo que aceptar los escándalos sentimentales y los desgarros familiares de la familia real y hasta los divorcios. El verdadero punto de inflexión fue permitir que el príncipe Carlos, que la sucederá en el trono, se casara en 2005 con la divorciada Camila Parker. Ese día Isabel II aceptó lo que el establishment —es decir la corona y la clase política— le había negado 69 años antes a Eduardo VIII: tras un reinado de apenas 325 días, en lugar de renunciar a su amor para mantenerse en el trono, el monarca prefirió abdicar a la corona por amor a Wallis Simpson, otra norteamericana dos veces divorciada.


Esta modernización es el segundo rebranding (cambio de marca) de la casa real en un siglo.En 1917 el rey Jorge V comprendió los riesgos que significaba —en plena Primera Guerra Mundial— mantener el nombre germánico de la familia (Sajonia-Coburgo y Gotha) mientras los tommies se hacían matar por los alemanes en los campos de batalla europeos. El 17 de julio de 1917, Jorge V decidió adoptar el nombre británico de Windsor.

Haber transformado una familia de origen germánico en símbolo de la unidad británica fue, sin duda, una de las operaciones de marketing político más exitosas del siglo XX.


La metamorfosis en curso se aceleró con la llegada de una mestiza a la familia de Windsor. En un país con 2,5 millones de negros, 5 millones de asiáticos y 2 millones de mestizos, la presencia de Meghan en la familia real representa un signo de reconocimiento a la diversidad racial de Gran Bretaña. Por añadidura, esa apertura la permitirá anclar la popularidad de la corona en las clases populares.


Entre las 120.000 personas que acudieron a la ciudad de Windsor a presenciar el paso de la carroza que transportó a los novios después de la boda había, por lo menos, 30.000 negros y asiático que se identifican con la imagen que transmite la plebeya que enamoró el príncipe.


Como La firma nunca da puntada sin nudo la boda tiene un aspecto geopolítico nada desdeñable.


Harry —embajador de la juventud del Commonwealth— y su esposa mestiza pueden facilitar sin duda la profundización de los vínculos de Gran Bretaña con los 2.419 millones de personas que integran esa comunidad política y —sobre todo— económica de 53 países independientes, territorios, colonias y dependencias ubicados en su mayor parte en África, Asia y las Antillas. Más de 60% de esos habitantes tienen menos de 30 años.


Visto desde el ángulo económico, esos países tendrán interés crucial para responder al enorme desafío que enfrentará Gran Bretaña a partir del año próximo: su separación definitiva de la Unión Europea (UE), prevista para el 19 de marzo de 2019.



Ese bloque agrupa países tan importantes como la India, Australia, Canadá y Sudáfrica. El total de las ventas hacia esos países representan 8,9% de las exportaciones, cifra que equivale el comercio con Alemania. En total, el comercio con la UE representa cinco veces más que el comercio con el Commonwealth. Pero Londres tiene intenciones de darle un fuerte impulso a esas relaciones para que pueda pasar de 10.400 millones de dólares en la actualidad a 13.000 millones en 2020 y siga aumentando a un ritmo de 10% anual en los 10 años siguientes.



En el momento de dar el “sí”, Harry y Meghan sin duda no pensaron en los tremendos desafíos que estaban en juego detrás de casamiento. Pero ese detalle seguramente no le pasó inadvertido a la reina Isabel II, inflexible guardiana de La firma desde hace 66 años.

PARÍS, Francia. Con la casa real británica nunca se sabe si actúa por razones de Estado, conveniencia o simplemente por interés económico. Por ese pragmatismo, el príncipe Felipe suele referirse a la familia de Windsor como La firma. Incluso los miembros de la monarquía —y sobre todo los obsecuentes de la corte— usan ese código sin escrúpulos para referirse al comportamiento de la corona.


Ahora, una vez más, es difícil saber a qué categoría pertenece la boda del príncipe Harry con Meghan Markle, una mujer que totaliza seis condiciones vetadas en el Palacio de Buckingham: norteamericana, actriz, plebeya, bautista —ahora convertida a la religión anglicana—, divorciada y mestiza.


Detrás del boato frívolo que tuvo la ceremonia, ese casamiento no es solo el resultado de un capricho ni del exotismo de Harry.

Para comprender qué está pasando en Gran Bretaña y en particular con la monarquía británica, hay que verlo con criterio político y perspectiva histórica.


El “episodio” de este sábado puso término a un sutil proceso de aggiornamento de la corona, que había comenzado en 1997 tras la muerte de la princesa Diana y concluyó ahora con el casamiento de su hijo Harry. Ese ciclo que duró 21 años muestra las características que tendrá la transformación radical que se aproxima.


“Estamos comprometidos en modernizar la monarquía británica. No lo hacemos para nosotros, sino por el gran bien de nuestro pueblo”, sintetizó Harry en una reciente entrevista al semanario norteamericano Newsweek.



La reina Isabel II —que es furiosamente conservadora tradicionalista, como su esposo Felipe— es la gran heroína de esta disrupción porque tuvo que adaptarse a los desafíos que le planteaba el mundo moderno.



En sus 66 años de reinado —en los que vio surgir los satélites, las computadoras, internet y la revolución digital— tuvo que aceptar los escándalos sentimentales y los desgarros familiares de la familia real y hasta los divorcios. El verdadero punto de inflexión fue permitir que el príncipe Carlos, que la sucederá en el trono, se casara en 2005 con la divorciada Camila Parker. Ese día Isabel II aceptó lo que el establishment —es decir la corona y la clase política— le había negado 69 años antes a Eduardo VIII: tras un reinado de apenas 325 días, en lugar de renunciar a su amor para mantenerse en el trono, el monarca prefirió abdicar a la corona por amor a Wallis Simpson, otra norteamericana dos veces divorciada.


Esta modernización es el segundo rebranding (cambio de marca) de la casa real en un siglo.En 1917 el rey Jorge V comprendió los riesgos que significaba —en plena Primera Guerra Mundial— mantener el nombre germánico de la familia (Sajonia-Coburgo y Gotha) mientras los tommies se hacían matar por los alemanes en los campos de batalla europeos. El 17 de julio de 1917, Jorge V decidió adoptar el nombre británico de Windsor.

Haber transformado una familia de origen germánico en símbolo de la unidad británica fue, sin duda, una de las operaciones de marketing político más exitosas del siglo XX.


La metamorfosis en curso se aceleró con la llegada de una mestiza a la familia de Windsor. En un país con 2,5 millones de negros, 5 millones de asiáticos y 2 millones de mestizos, la presencia de Meghan en la familia real representa un signo de reconocimiento a la diversidad racial de Gran Bretaña. Por añadidura, esa apertura la permitirá anclar la popularidad de la corona en las clases populares.


Entre las 120.000 personas que acudieron a la ciudad de Windsor a presenciar el paso de la carroza que transportó a los novios después de la boda había, por lo menos, 30.000 negros y asiático que se identifican con la imagen que transmite la plebeya que enamoró el príncipe.


Como La firma nunca da puntada sin nudo la boda tiene un aspecto geopolítico nada desdeñable.


Harry —embajador de la juventud del Commonwealth— y su esposa mestiza pueden facilitar sin duda la profundización de los vínculos de Gran Bretaña con los 2.419 millones de personas que integran esa comunidad política y —sobre todo— económica de 53 países independientes, territorios, colonias y dependencias ubicados en su mayor parte en África, Asia y las Antillas. Más de 60% de esos habitantes tienen menos de 30 años.


Visto desde el ángulo económico, esos países tendrán interés crucial para responder al enorme desafío que enfrentará Gran Bretaña a partir del año próximo: su separación definitiva de la Unión Europea (UE), prevista para el 19 de marzo de 2019.



Ese bloque agrupa países tan importantes como la India, Australia, Canadá y Sudáfrica. El total de las ventas hacia esos países representan 8,9% de las exportaciones, cifra que equivale el comercio con Alemania. En total, el comercio con la UE representa cinco veces más que el comercio con el Commonwealth. Pero Londres tiene intenciones de darle un fuerte impulso a esas relaciones para que pueda pasar de 10.400 millones de dólares en la actualidad a 13.000 millones en 2020 y siga aumentando a un ritmo de 10% anual en los 10 años siguientes.



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