/ viernes 9 de abril de 2021

Príncipe Felipe, siempre un paso detrás de Isabel II

"Es mi roca. Ha sido mi fuerza y mi sostén", dijo una vez la reina, poco proclive a hacer demostraciones de cariño en público

El príncipe Felipe de Edimburgo, fallecido este viernes a los 99 años, pasó más de siete décadas a la sombra de su esposa, la reina Isabel II, con gran lealtad y una propensión a mostrarse poco respetuoso de lo políticamente correcto.

"Es mejor desaparecer que alcanzar la fecha de caducidad", había dicho hace unos años con su particular sentido del humor.

Si su esposa, que llegó al trono en 1952, batió todos los récords de longevidad como monarca, Felipe fue el consorte que más años ostentó ese honor. Lo era desde 2009, cuando superó a Carlota, la esposa de Jorge III.

"Es mi roca. Ha sido mi fuerza y mi sostén", dijo una vez la reina, poco proclive a hacer demostraciones de cariño en público.

Foto: Instagram The Royal Family

Durante décadas cumplió la misión de acompañar a su esposa con tal celo que llegó a caer enfermo en 2012, cuando cerca de los 91 años resistió durante hora y media el frío y el viento en una procesión fluvial por el Támesis que celebraba el sexagésimo aniversario de la ascensión al trono de la reina.

Ataviado con su uniforme militar de gala, sin abrigo, el duque se mantuvo en pie durante todo el desfile, pero al día siguiente fue ingresado por una infección, estuvo cinco días hospitalizado y se perdió el resto de las celebraciones por el llamado "Jubileo de diamante".

En 2017 se retiró de las actividades públicas tras haber participado en más de 22 mil actos oficiales, pero su principal valor fue ser "el único hombre del mundo en tratar a la reina como un ser humano, de igual a igual", explicó una vez Lord Charteris, exsecretario privado de la monarca.

Alto y tieso, siempre detrás de la reina como exige el protocolo, Felipe asumió con mejor o peor disposición su papel de secundario.

Según admitió, le hicieron falta años de aprendizaje para encontrar su lugar a la sombra de Isabel II y en el corazón de los británicos, pero luego disfrutó de un alto índice de popularidad, al igual que su esposa.

A menudo intentó salirse con la suya, pero acabó entrando en razón.

Como en enero de 2019, cuando un accidente de tráfico reveló que seguía conduciendo a los 97 años. Pese a las críticas, volvió a tomar el volante dos días después y sin llevar el cinturón de seguridad. Pero tres semanas más tarde cedía a la presión y entregaba su permiso de conducir.

¿Una infancia traumática?

De ascendencia alemana, el duque nació príncipe de Grecia y Dinamarca, el 10 de junio de 1921 en la isla griega de Corfú. Era el quinto hijo de Alicia de Battenberg y Andrés de Grecia. La familia huyó meses después, cuando se proclamó la república helénica y se refugió cerca de París.

Gracias a la intermediación del entonces monarca británico Jorge V, la familia real griega abandonó el país a bordo de un barco de la Armada británica, donde el pequeño príncipe tuvo que viajar en una cuna fabricada con una caja de naranjas.

Durante los años de exilio en París, su familia vivió con recursos limitados, a diferencia de la suntuosidad de la corte y los tutores privados que rodeaban a la princesa Isabel, su futura esposa.

Foto: Reuters

Su padre era asiduo de los casinos de Montecarlo. La madre, depresiva, ingresó en un convento. Felipe tenía 10 años. Dejado en manos de parientes lejanos, frecuentó colegios en Francia, Alemania y Gran Bretaña hasta terminar en un austero internado escocés.

Ingresó luego en la Marina Real británica y participó activamente en los combates durante la Segunda Guerra Mundial en el océano Índico y el Atlántico.

Era un apuesto joven de 18 años cuando conoció a Isabel antes de la guerra. Lilibet, como la apodaba su madre, tenía 13 años y se enamoró.

Cuando se presentó con 25 años ante Jorge VI para pedir la mano de la princesa, Felipe era un pretendiente discutido por su origen extranjero y por su empobrecida familia.

Aún así, el monarca dio su beneplácito a la unión de los novios, que se habían intercambiado correspondencia durante la Segunda Guerra Mundial y sellaron su enlace el 20 de noviembre de 1947 en la Abadía de Westminster, en Londres, ante dos mil invitados y con cerca de 200 millones de personas siguiendo la ceremonia por la radio.

El nuevo príncipe consorte, que dejó de fumar un día antes de la boda, recibió los títulos de duque de Edimburgo, conde de Merioneth y barón de Greenwich, para ello tuvo que renunciar a sus títulos de nobleza anteriores y a su religión ortodoxa.

En febrero de 1952, la muerte prematura de su suegro, el rey Jorge VI, marcó el fin de su carrera de oficial en la Marina e inauguró la de príncipe consorte que le siguió el resto de su vida.

Foto: Reuters

Adaptación a la familia real

Durante los primeros tiempos en el Palacio de Buckingham, Felipe sufrió para adaptarse al continuo escrutinio público y las limitaciones que entrañaba su cargo, si bien con los años afianzó su rol en la familia real.

Pronto se ganó el favor de los británicos con sus apariciones en los medios, poco comunes hasta entonces entre la realeza, y a partir de 1960 dedicó parte de su tiempo a múltiples organizaciones benéficas y a la conservación del entorno natural, una pasión que heredaría su primogénito, el príncipe Carlos, heredero de la Corona.

Al mismo tiempo, continuó cultivando algunas de sus pasiones, como el polo, la conducción y la navegación.

Fue el primer miembro de la familia real que hizo despegar un helicóptero desde los jardines del Palacio de Buckingham, después de que su esposa intercediera ante altos funcionarios del Gobierno para que Felipe recibiera permiso para formarse como piloto, una actividad que se había considerado demasiado arriesgada.

Su largo matrimonio con la monarca ha combinado las continuas muestras de complicidad que ambos mostraban en público con los rumores sobre infidelidades que circularon en la década de 1950, cuando el duque emprendió un viaje en solitario durante más de cuatro meses.

Su relación con hijos y nietos

Su primogénito, Carlos, nació en 1948, y la princesa Ana lo hizo en 1950, antes de que Isabel II accediera al trono. Tras la coronación, nacieron el príncipe Andrés, duque de York (1960) y el príncipe Eduardo, conde de Wessex (1964).

Foto: Reuters

El duque ha mantenido una relación cercana con sus nietos William y Harry, especialmente tras la conmoción que supuso la muerte en 1997 de su madre, la princesa Diana de Gales.

Fue Felipe quien pidió a ambos príncipes que caminaran tras el ataúd de Lady Diana en el funeral, y quien insistió en mantener la privacidad de la familia en esos momentos dolorosos a pesar de las críticas que recibieron la reina y él por no aparecer en público hasta varios días después del entierro de la "princesa del pueblo".

Foto: AFP

Indiferente al qué dirán

Una tribu de Vanuatu llegó a venerarlo como una divinidad ligada a los espíritus del volcán Yasur.

Su temperamento fue efectivamente volcánico, sin ninguna consideración por lo políticamente correcto, aunque en los últimos años se calmó.

"¿Habéis logrado que no os comieran?", preguntó a un joven británico que venía de viajar por Papúa Nueva Guinea en 1998.

"Vosotros tenéis mosquitos, yo tengo periodistas", dijo en Dominica en 1966. Luego compararía a los periodistas con los monos de Gibraltar.

En otra ocasión, un niño le confesó que quería ser astronauta y el duque le respondió que estaba demasiado gordo para volar.

Cuando se le preguntó si le gustaría visitar la Unión Soviética, dijo: "Me encantaría visitar Rusia, aunque esos cabrones asesinaron a la mitad de mi familia" (en alusión a la suerte de los Romanov).

Su entorno le oyó maldecir mil veces su suerte, gruñir contra la pérdida de valores o contra las locuras de sus cuatro hijos en los años 1980, y hasta contra "los malditos chuchos" de la reina, siempre pegándosele a las piernas.

"La gente tiene la impresión de que al príncipe Felipe no le importa nada lo que piensen de él y tienen razón", dijo el ex primer ministro Tony Blair en sus memorias.

El príncipe Felipe de Edimburgo, fallecido este viernes a los 99 años, pasó más de siete décadas a la sombra de su esposa, la reina Isabel II, con gran lealtad y una propensión a mostrarse poco respetuoso de lo políticamente correcto.

"Es mejor desaparecer que alcanzar la fecha de caducidad", había dicho hace unos años con su particular sentido del humor.

Si su esposa, que llegó al trono en 1952, batió todos los récords de longevidad como monarca, Felipe fue el consorte que más años ostentó ese honor. Lo era desde 2009, cuando superó a Carlota, la esposa de Jorge III.

"Es mi roca. Ha sido mi fuerza y mi sostén", dijo una vez la reina, poco proclive a hacer demostraciones de cariño en público.

Foto: Instagram The Royal Family

Durante décadas cumplió la misión de acompañar a su esposa con tal celo que llegó a caer enfermo en 2012, cuando cerca de los 91 años resistió durante hora y media el frío y el viento en una procesión fluvial por el Támesis que celebraba el sexagésimo aniversario de la ascensión al trono de la reina.

Ataviado con su uniforme militar de gala, sin abrigo, el duque se mantuvo en pie durante todo el desfile, pero al día siguiente fue ingresado por una infección, estuvo cinco días hospitalizado y se perdió el resto de las celebraciones por el llamado "Jubileo de diamante".

En 2017 se retiró de las actividades públicas tras haber participado en más de 22 mil actos oficiales, pero su principal valor fue ser "el único hombre del mundo en tratar a la reina como un ser humano, de igual a igual", explicó una vez Lord Charteris, exsecretario privado de la monarca.

Alto y tieso, siempre detrás de la reina como exige el protocolo, Felipe asumió con mejor o peor disposición su papel de secundario.

Según admitió, le hicieron falta años de aprendizaje para encontrar su lugar a la sombra de Isabel II y en el corazón de los británicos, pero luego disfrutó de un alto índice de popularidad, al igual que su esposa.

A menudo intentó salirse con la suya, pero acabó entrando en razón.

Como en enero de 2019, cuando un accidente de tráfico reveló que seguía conduciendo a los 97 años. Pese a las críticas, volvió a tomar el volante dos días después y sin llevar el cinturón de seguridad. Pero tres semanas más tarde cedía a la presión y entregaba su permiso de conducir.

¿Una infancia traumática?

De ascendencia alemana, el duque nació príncipe de Grecia y Dinamarca, el 10 de junio de 1921 en la isla griega de Corfú. Era el quinto hijo de Alicia de Battenberg y Andrés de Grecia. La familia huyó meses después, cuando se proclamó la república helénica y se refugió cerca de París.

Gracias a la intermediación del entonces monarca británico Jorge V, la familia real griega abandonó el país a bordo de un barco de la Armada británica, donde el pequeño príncipe tuvo que viajar en una cuna fabricada con una caja de naranjas.

Durante los años de exilio en París, su familia vivió con recursos limitados, a diferencia de la suntuosidad de la corte y los tutores privados que rodeaban a la princesa Isabel, su futura esposa.

Foto: Reuters

Su padre era asiduo de los casinos de Montecarlo. La madre, depresiva, ingresó en un convento. Felipe tenía 10 años. Dejado en manos de parientes lejanos, frecuentó colegios en Francia, Alemania y Gran Bretaña hasta terminar en un austero internado escocés.

Ingresó luego en la Marina Real británica y participó activamente en los combates durante la Segunda Guerra Mundial en el océano Índico y el Atlántico.

Era un apuesto joven de 18 años cuando conoció a Isabel antes de la guerra. Lilibet, como la apodaba su madre, tenía 13 años y se enamoró.

Cuando se presentó con 25 años ante Jorge VI para pedir la mano de la princesa, Felipe era un pretendiente discutido por su origen extranjero y por su empobrecida familia.

Aún así, el monarca dio su beneplácito a la unión de los novios, que se habían intercambiado correspondencia durante la Segunda Guerra Mundial y sellaron su enlace el 20 de noviembre de 1947 en la Abadía de Westminster, en Londres, ante dos mil invitados y con cerca de 200 millones de personas siguiendo la ceremonia por la radio.

El nuevo príncipe consorte, que dejó de fumar un día antes de la boda, recibió los títulos de duque de Edimburgo, conde de Merioneth y barón de Greenwich, para ello tuvo que renunciar a sus títulos de nobleza anteriores y a su religión ortodoxa.

En febrero de 1952, la muerte prematura de su suegro, el rey Jorge VI, marcó el fin de su carrera de oficial en la Marina e inauguró la de príncipe consorte que le siguió el resto de su vida.

Foto: Reuters

Adaptación a la familia real

Durante los primeros tiempos en el Palacio de Buckingham, Felipe sufrió para adaptarse al continuo escrutinio público y las limitaciones que entrañaba su cargo, si bien con los años afianzó su rol en la familia real.

Pronto se ganó el favor de los británicos con sus apariciones en los medios, poco comunes hasta entonces entre la realeza, y a partir de 1960 dedicó parte de su tiempo a múltiples organizaciones benéficas y a la conservación del entorno natural, una pasión que heredaría su primogénito, el príncipe Carlos, heredero de la Corona.

Al mismo tiempo, continuó cultivando algunas de sus pasiones, como el polo, la conducción y la navegación.

Fue el primer miembro de la familia real que hizo despegar un helicóptero desde los jardines del Palacio de Buckingham, después de que su esposa intercediera ante altos funcionarios del Gobierno para que Felipe recibiera permiso para formarse como piloto, una actividad que se había considerado demasiado arriesgada.

Su largo matrimonio con la monarca ha combinado las continuas muestras de complicidad que ambos mostraban en público con los rumores sobre infidelidades que circularon en la década de 1950, cuando el duque emprendió un viaje en solitario durante más de cuatro meses.

Su relación con hijos y nietos

Su primogénito, Carlos, nació en 1948, y la princesa Ana lo hizo en 1950, antes de que Isabel II accediera al trono. Tras la coronación, nacieron el príncipe Andrés, duque de York (1960) y el príncipe Eduardo, conde de Wessex (1964).

Foto: Reuters

El duque ha mantenido una relación cercana con sus nietos William y Harry, especialmente tras la conmoción que supuso la muerte en 1997 de su madre, la princesa Diana de Gales.

Fue Felipe quien pidió a ambos príncipes que caminaran tras el ataúd de Lady Diana en el funeral, y quien insistió en mantener la privacidad de la familia en esos momentos dolorosos a pesar de las críticas que recibieron la reina y él por no aparecer en público hasta varios días después del entierro de la "princesa del pueblo".

Foto: AFP

Indiferente al qué dirán

Una tribu de Vanuatu llegó a venerarlo como una divinidad ligada a los espíritus del volcán Yasur.

Su temperamento fue efectivamente volcánico, sin ninguna consideración por lo políticamente correcto, aunque en los últimos años se calmó.

"¿Habéis logrado que no os comieran?", preguntó a un joven británico que venía de viajar por Papúa Nueva Guinea en 1998.

"Vosotros tenéis mosquitos, yo tengo periodistas", dijo en Dominica en 1966. Luego compararía a los periodistas con los monos de Gibraltar.

En otra ocasión, un niño le confesó que quería ser astronauta y el duque le respondió que estaba demasiado gordo para volar.

Cuando se le preguntó si le gustaría visitar la Unión Soviética, dijo: "Me encantaría visitar Rusia, aunque esos cabrones asesinaron a la mitad de mi familia" (en alusión a la suerte de los Romanov).

Su entorno le oyó maldecir mil veces su suerte, gruñir contra la pérdida de valores o contra las locuras de sus cuatro hijos en los años 1980, y hasta contra "los malditos chuchos" de la reina, siempre pegándosele a las piernas.

"La gente tiene la impresión de que al príncipe Felipe no le importa nada lo que piensen de él y tienen razón", dijo el ex primer ministro Tony Blair en sus memorias.

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