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Un capítulo nuevo e incierto en Sinaloa, el Estado natal de “El Chapo” / Paulina Villegas y Alberto Arce

  • Paulina Villegas y Alberto Arce

LOS MOCHIS, Sin.- La captura de Joaquín Guzmán Loera impactó al mundo e hizo que el presidente mexicano, Enrique Peña Nieto, se ganara la ronda de aplausos que tanto necesitaba. No obstante, aquí, en Sinaloa, el Estado natal del capo de los narcóticos, la noticia cayó como zapotazo.

Para muchos habitantes en esta ciudad del Pacífico, de construcciones bajas y coloridas, y calles limpias, donde los marines mexicanos capturaron a Guzmán el viernes por la mañana, era y sigue siendo El Señor, un personaje mítico que inspira respeto tanto como miedo.

“Es bueno e inteligente, trata en la forma correcta a la gente con la que hace negocios”, comentó Ismael Pimental, un vendedor de fruta en Los Mochis.

Desde fuera, muchos ven a Guzmán y a su organización como una red de criminales que incumplen la ley y corrompen a sus instituciones, pero la perspectiva local es lo opuesto: que, de hecho, el cártel de Guzmán mantiene el orden, a menudo con mayor eficiencia que el Gobierno, y es todavía más adepto a ayudar a brincar servicios básicos.

“Si dejas abierto tu coche, nadie se lo lleva, un teléfono celular sobre una mesa, pasa lo mismo”, continuó Pimental. Contó que a los ladrones los golpean por el primer delito. El castigo que impone el cártel por el segundo delito es muchísimo más duro que el que daría la policía.

La justicia callejera mexicana puede ser brutal, pero a los ojos de algunos, al menos es justicia. Ahora que ya no está Guzmán, conocido como “El Chapo”, algunos temen que su ausencia pudiera desatar nuevas oleadas de violencia.

“Estábamos perfectamente a gusto cuando Chapo estaba aquí”, dijo Elvira, una adolescente de 16 años, en una cafetería local. “Ahora nos preocupa que alguien más vaya a venir aquí y trate de llenar su lugar”.

Aparte de las cuestiones sobre quién aspira a ser el nuevo El Señor, hay inquietudes sobre alteraciones en las filas del cártel de Sinaloa.

“Ahora que ya capturaron al Chapo, me preocupan todos esos jóvenes que él empleó que van a quedar colgados y desempleados”, comentó Martha López, cuya casa está a unas yardas del sitio donde ocurrió la balacera que llevó a la captura de Guzmán, temprano, el viernes.

La ambigüedad moral al tomar partido con los narcos o de sentir una perdurable empatía hacia ellos, no se pierde para los ciudadanos de Sinaloa o de Los Mochis.

“Pero con toda la corrupción, ya no distingo entre el bien y el mal”, añadió López.

Al paso del tiempo, el cártel de Sinaloa se ha convertido en un Estado sombra: construye vivienda, escuelas y hospitales en comunidades empobrecidas. Pimental, el vendedor de fruta, dijo que es frecuente que la gente llame al cártel cuando tiene problemas de plomería y eléctricos, en lugar de depender en la con frecuencia inefectiva burocracia estatal.

Se han reducido drásticamente los homicidios y secuestros, algo que señala el Gobierno del Estado con orgullo, pero muchos habitantes de Los Mochis, conocida por sus tacos picantes y muchos pugilistas profesionales que fueron campeones, atribuyen la estabilidad al cártel.

El barrio que se convirtió en el último escondite de Guzmán es uno de clase media y media alta, un enclave relativamente seguro. El secretario de Gobierno del Estado vive ahí, al igual que la madre del gobernador. Aun así, habitantes contaron, con una mezcla de temor y asombro, que esa mañana las calles, de pronto, se convirtieron en el escenario de una redada en masa.

Todavía estaba oscuro afuera cuando López se despertó a las 4:30 a.m., cuando los helicópteros de la Armada que volaban encima hicieron vibrar los vidrios de las ventanas.

Un recorrido a pie por el barrio brindó su propia narrativa. Conforme descendían los marines en la casa donde se quedaba Guzmán, se desata la balacera. Mientras continuaba, Guzmán y un alto lugarteniente se escabulleron por un desagüe, han dicho autoridades.

Salieron a poco más de una milla de distancia y periodistas que examinaron después el desagüe encontraron un rifle automático cubierto de tierra.

De ahí, Guzmán y el otro hombre le robaron el coche a alguien que pasaba, lo cual resultó ser un error. No obstante, en esta ocasión el escape no fue espectacular. El dueño del coche alertó a la policía y las autoridades federales detectaron el vehículo en las afueras de la ciudad, donde capturaron a los dos hombres a la fuga.

No obstante, la duda nunca está lejos de la mente de los mexicanos cuando se trata de la versión oficial de una historia, en especial una tan crucial como ésta.

Por ejemplo, aunque se dijo que habían muerto cinco personas en la balacera en la casa, casi no había ninguna evidencia física de los balazos en los muros externos. Funcionarios no han dado explicaciones. Se llevaron bajo custodia a otras personas en la casa, en tanto que otros más pudieron haber huido.

En Los Mochis, la vida parecía haber recuperado rápidamente sus rutinas normales. Nadie parecía sentir la más ligera alarma un día después de la redada. Pocos expresaron sorpresa de que después de fugarse de una prisión de máxima seguridad, Guzmán hubiera decidido regresar a su lugar de origen en Sinaloa.

“Siempre regresan a su terruño, donde se sienten seguros”, comentó Juan Carlos Pacheco, un profesor en la Universidad de Durango que vive en Sinaloa. “Sinaloa es así. Luchar contra el Gobierno, la política, es parte de nuestra esencia”.

Funcionarios locales y federales vieron una forma diferente. La mayoría estaban ocupados dándose palmaditas en la espalda unos a otros por haber hecho un buen trabajo. Y lo que en otros países podría contar como el fracaso de las instituciones de seguridad, en Sinaloa era un motivo de orgullo.

Mario López, el gobernador del estado, sugirió que el hecho de que se capturara dos veces a Guzmán allí le da crédito a Sinaloa.

“Significa que este lugar nunca ha sido un refugio seguro para él y que todas las familias ahora pueden disfrutar de la tranquilidad y la paz que merecen”, comentó en una entrevista.
2016 New York Times News Service