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Habemus Papam: Francisco | Jorge Sandoval

  • Jorge Sandoval

CIUDAD DEL VATICANO.- En 2005 había sido el principal “adversario” de Joseph Ratzinger en el cónclave para elegir al sucesor de Juan Pablo II. Sin embargo, al final prevaleció el alto nivel intelectual y teológico del cardenal alemán. Ocho años después, Jorge Mario Bergoglio ingresó nuevamente a la Capilla Sixtina, junto con los cardenales electores de todo el mundo, aunque esta vez no como uno de los candidatos a convertirse en el heredero de Pedro. Fue así que, contradiciendo los pronósticos, el arzobispo de Buenos Aires, el 13 de marzo de 2013, se convirtió en el 266 Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.

En el cónclave de 2005, Bergoglio había sido el cardenal más votado después de Ratzinger, contando también con los votos de quienes apoyaban en un principio al influyente purpurado de Milán, Carlo María Martini, el cual ya antes del primer escrutinio pidió, sin embargo, que no lo votaran por estar enfermo, sugiriendo dirigir los votos a su favor hacia el cardenal argentino.

En el segundo escrutinio, los votos para Ratzinger aumentaron respecto al primero, aunque también Bergoglio obtuvo un número de preferencias no indiferente. Fue en la tercera votación, cuando al cardenal alemán le faltaban poquísimos votos para ser elegido, que diversos electores del arzobispo sudamericano cambiaron su actitud y decidieron destinar sus votos a Ratzinger; según algunas reconstrucciones, esta decisión se habría debido también a la voluntad expresada por el mismo Bergoglio.

El hecho es que, en el sucesivo cónclave, en 2013, y cuando poquísimos lo indicaban como posible sucesor de Benedicto XVI tras la inesperada y clamorosa renuncia de este último, el cardenal Bergoglio superó las incertidumbres iniciales de los votantes, muchos de los cuales se inclinaban, en un principio, a favor del franciscano estadunidense Sean O’Malley, arzobispo de Boston, descartado muy pronto por motivos de “oportunidad geopolítica”.

En las congregaciones previas al cónclave, el Colegio Cardenalicio había decretado que para quien fuera el elegido, una de sus principales tareas, si no es que la prioritaria, era la de hacer limpieza, reformando de cima a fondo la curia vaticana, culpable de una serie de escándalos que marcaron los últimos años del pontificado de Benedicto XVI y que habían perjudicado gravemente la imagen de la Iglesia en todo el mundo. En el banquillo de los acusados estaban en particular los prelados italianos, cuyo número era mayoritario en los “ministerios” de la Santa Sede.

La (difícil) tarea había sido indicada, solo faltaba decidir quién era el más idóneo para llevarla a cabo. Fue así que surgió la idea Bergoglio, considerando también su rol en el cónclave precedente, la imagen creada como arzobispo de Buenos Aires de una especie de “párroco de la calle” que se desplazaba en autobús y en ‘metro’, que estaba al lado de los más vulnerables. Era positivo también el hecho de que Bergoglio siempre se había declarado inmune a las tentaciones de poder y poco importaban las acusaciones de “haber hecho poco” en contra de la dictadura argentina, presidida en aquella época por Jorge Videla. Tampoco prevaleció el aspecto “clínico” de Bergoglio, a quien a la edad de 21 años, a causa de una pulmonía, le tuvieron que extirpar la parte superior del pulmón derecho.

Papa Francisco.

Papa Francisco.

Era importante, sobre todo, presentar al mundo a un Papa que encarnase la imagen de una Iglesia ajena al poder constituido (y al clero romano), procedente por ejemplo de un continente como el americano, y en particular de América Latina, desde siempre considerada la región “de la esperanza” para el catolicismo.

La candidatura de Bergoglio fue suscitando cada vez mayores consensos hasta que, en el quinto escrutinio, aquel 13 de marzo de 2013, se convirtió en el primer Papa proveniente de América, en el primer pontífice jesuita y en el primer jefe de la Iglesia Católica extra-europeo desde la época de Gregorio III (731-741), nacido en Siria.

Además de ser el primero en elegir el nombre de Francisco, en honor a San Francisco de Asís.

“Hermanos y hermanas, ¡buenas noches! Ustedes saben que el deber del cónclave era dar un obispo a Roma. Parece que mis hermanos cardenales han decidido ir a buscarlo casi en el fin del mundo, pero estamos aquí… Les agradezco su acogida. Y en primer lugar, quisiera hacer una oración por nuestro obispo emérito Benedicto XVI. Recemos todos juntos por él, para que el Señor lo bendiga y la Virgen lo proteja… Antes de dar la bendición, les pido un favor: Antes que el obispo (el Papa, NdR) bendiga al pueblo, les pido que ustedes recen al Señor para que me bendiga. La plegaria del pueblo pidiendo la bendición para su obispo. Digamos en silencio esta oración de ustedes para mí…”.

El tono, las palabras, la sencillez, abrieron las puertas al espontáneo, inmediato y tal vez sofocado afecto de los fieles hacia el nuevo Pontífice, porque podía representar una nueva y restaurada imagen de la Iglesia.

Jorge Mario Bergoglio, después de su elección y de los tradicionales saludos a los cardenales, ahora ya como papa Francisco, regresó a la Casa Santa Marta (alojamiento de la mayoría de participantes en el cónclave) a bordo de una camioneta con otros purpurados, sin utilizar el automóvil papal. La Casa Santa Marta es hasta ahora la residencia del Pontífice argentino, elegida en lugar de los austeros departamentos papales. “Me gusta estar entre la gente”, fue el motivo aducido.

El nuevo Papa se dirigió sucesivamente a la Casa del Clero, en el centro de Roma, donde recogió sus cosas y pagó la cuenta de su estancia.

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Bergoglio ha sido el primer Pontífice en asumir el nombre de Francisco, decidiendo por primera vez, después de once siglos, adoptar un nombre jamás utilizado por un antecesor (si se excluye a Juan Pablo II, el cual unió los nombres de sus antecesores Juan XXIII y Pablo VI, al igual que Albino Luciano, Juan Pablo I, fallecido después de 33 días de pontificado en septiembre de 1978).

El 16 de marzo de 2013, Francisco, en ocasión de la audiencia concedida a los periodistas, explicó el motivo de la elección de su nombre como Pontífice.

“Durante la elección yo tenía a mi lado al arzobispo emérito de San Paolo y también prefecto emérito de la Congregación para el Clero, el cardenal (brasileño) Claudio Hummes. Cuando la cosa se volvió un poco peligrosa, él me daba fuerzas. Y cuando los votos llegaron a los dos tercios (la mayoría que se necesitaba para ser elegido, NdR), llegó el aplauso acostumbrado porque acababa de ser elegido el Papa. El me abrazó, me besó y me dijo: ‘¡No te olvides de los pobres!’… Y esa palabra, ‘los pobres’, entró de lleno aquí (indicando su corazón)…Y después, en relación con los pobres, pensé en Francisco de Asís.

“También pensé en las guerras, mientras que el escrutinio continuaba hasta el último de los votos…Y Francisco es el hombre de la paz… De esta manera llegó el nombre a mi corazón: Francisco de Asís es para mí el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y cuida la creación…y en este momento también nosotros tenemos con la creación una relación no muy buena, ¿cierto? Es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre… ¡Cómo quisiera una Iglesia pobre para los pobres!”.

La mayoría de los presentes salió del aula Pablo VI con una impresión netamente positiva del nuevo Papa, en medio de algunos escépticos que preferían, en cambio, esperar un poco de tiempo para expresar su opinión.

El escudo elegido por Francisco es el mismo elegido en el momento de su consagración episcopal, con excepción de los símbolos de la dignidad pontificia, iguales a los utilizados en el escudo del papa Benedicto XVI, como la mitra puesta entre dos llaves, una de oro y una de plata.

El color del escudo es azul, simbolizando, por su relación con el cielo, todas las virtudes más elevadas.

De esta manera, un hombre religioso procedente del “fin del mundo”, de origen italiano (sus padres y abuelos eran de la región de Piamonte, norte del país), que ingresó al seminario de Villa Devoto, Buenos Aires, el 11 de marzo de 1958, iniciando su noviciado en la Compañía de Jesús, que recibió su ordenación sacerdotal el 13 de diciembre de 1969, que fue creado cardenal por Juan Pablo II el 21 de febrero de 2001; doce años más tarde fue elegido líder espiritual de mil 200 millones de católicos.

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