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“Pastor con olor a ovejas” / Cuchillito de Palo / Catalina Noriega

  • Catalina Noriega

Así se lo dijo al Pontífice, Daisy Flores, empleada de una maquiladora. Resumió en una frase, la esencia de un papa Francisco, que a la mayoría nos dejó con su visita, “un buen sabor de boca”.

“De todo hay en la viña del Señor” y por supuesto hubo grupos que renegaron del tema, insistentes en cuanto a que dijera lo que ellos querían oír. Si fueron incapaces de entender el lenguaje entre líneas, así lo hubiera expresado en forma directa, tampoco les habría dado gusto.

Cuando se cierran los sentidos a la comunicación, por más que el emisor intente hacer llegar su mensaje se topa con un muro impenetrable. Lo mismo ocurre con las señales que envían ciertos representantes del Gobierno, de los partidos políticos o de cualquier otro sector. Se produce lo que en comunicación se conoce como “ruido”, que atrofia, distorsiona y bloquea lo que se busca transmitir.

Francisco rompe con los cartabones del pasado. Evita la constante alusión a la teología y se centra en lo que debería de ser el foco del planeta: el ser humano. Supone, con su discurso, el regreso al humanismo perdido en los vericuetos del Capitalismo Salvaje. A partir de su puesta en marcha en el Orbe (Margaret Thatcher y Ronald Reagan), el hombre se convirtió en un número, en una estadística solo útil en cuanto suponga un superávit para las leyes del mercado.

Se acabó la “misericordia”, la comprensión hacia los más débiles, los desprotegidos y, por el contrario se acumuló la riqueza en unos cuantos, mientras el resto, los más, pasaron a las filas de los marginados, los invisibles.

La inequidad en la distribución de la riqueza propició, de paso, la globalización de la corrupción. A la pérdida de valores, la sustitución del “ser” por el “tener” y al convertir al dinero en la medida del éxito, las sociedades se volcaron en la desmedida ambición por llegar a formar parte del grupo de los privilegiados.

El lavado de cerebro fue directo: No eres nadie si no tienes automóvil último modelo, mansión de lujo, ropa de marca. Hay que tener el armario lleno y moverte bajo la consigna del “Como te ven te tratan”.

Pelear por la dignidad del ser humano, por el respeto a sus diferencias culturales, étnicas, ideológicas, de cualquier especie, supone el único camino hacia la paz, cada vez más escasa.

Sin alterarse, sin agredir ni ofender a quienes contravienen su forma de pensar, denunció la violencia, la corrupción, la incongruencia de “quienes se dicen pastores y ni siquiera conocen a sus ovejas”.

Acompañó a los que más sufren: A los niños enfermos, a los encarcelados, a los indígenas –a quienes se les desprecia y despoja-; a los migrantes, a los jóvenes, a los trabajadores. Denunció la esclavitud, la explotación, los daños del narcotráfico, los feminicidios y demás tragedias que acosan a la población.

“No dejó títere con cabeza” y “puso los puntos sobre las íes”. Otra cuestión es que, a su convocatoria de un cambio auténtico, a quienes les urge, lo hagan. Fue claro en señalar a la pobreza como caldo de cultivo de los grandes males, del enganchamiento de los jóvenes al crimen. Fijó a las condiciones sociales como causa del triste fin de quienes lo recibieron conmovidos, en la cárcel de Ciudad Juárez.

Encuentro, diálogo y misericordia fueron los ejes centrales de su discurso y, en pocas palabras, la necesidad del cambio personal, individual. ¿Supondrá el cimiento para la metamorfosis nacional? Se ve difícil, pero el Papa nos confirmó que hay esperanza de que renazca ese humanismo todavía latente, en millones de personas.

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