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Alto Poder / Manuel Mejido

  • Manuel Mejido

  • Hoy como ayer los políticos echan mano de todo para engañar al pueblo
  • Miguel Alemán, el rico en el poder; Pedro Infante, el pobre en el cine
  • El mal uso de las series televisivas para imponer ídolos narcos

Desde hace 70 años los símbolos, las conductas, los valores y los principios de la sociedad y de los gobernantes se han ido modificando, transformando, empobreciendo, descomponiéndose e, incluso, desapareciendo.

La cara y las costumbres del país, desde entonces, han cambiado radicalmente y el pueblo se ha sometido más a los lineamientos de sus gobernantes que, sin detenerse, se han colocado en posiciones de fuerza y desvergüenza, de una manera progresiva y sistemática.

Las mayorías nacionales, esto es 75 millones de personas que padecen algún grado de hambre, miseria o pobreza, paulatinamente han legitimado el irrespeto a la ley y el encubrimiento de crímenes, bajo el argumento que en sus casas faltan tortillas y frijoles.

Montados en esta situación cambiante que se degrada a diario, se encuentran los políticos de hoy como lo estaban los de antaño. Entre los gobernantes se ha perdido el respeto a la ciudadanía y el pueblo repudia sus leyes que en muchos aspectos ya son letra muerta.

Hoy resulta de lo más común que se exhiba en las redes sociales ese gran mecanismo que creó el internet, desviaciones de los recursos públicos que quienes los manejan los convierten en ostentosas mansiones campiranas, ranchos, acumulación de centenarios en bancos mexicanos y de dólares en el extranjero.

La mayoría nacional, que no sabe hacia dónde marcha el país, ni ellos mismos, no han podido ser un contrapeso para que los gobernantes no incurran en tantos excesos y rapiña en el dinero que todos los mexicanos entregan a través de los impuestos, porque las concesiones y negocios más grandes y jugosas siguen quedando, y ahora más que nunca, en manos del grupo gobernante.

Los medios modernos de comunicación han permitido modelar o desfigurar la imagen de la nación y engañar a sus propios habitantes. La prensa, la radio, la televisión y el internet son las herramientas de que se valen los hombres del poder para tener sojuzgada a la mayoría coartándole hasta su libertad de expresión.
La información gubernamental dejó las salas de prensa

El cine también ha sido un medio de difusión muy utilizado por los gobernantes para dirigir o redirigir el pensamiento ciudadano.

Durante el Gobierno de Lázaro Cárdenas (1934 a 1940) o de Manuel Ávila Camacho (1940-1946), empezaron a funcionar las jefaturas de prensa de la Presidencia y todas sus dependencias para informar y deformar las acciones del Gobierno que se dan a conocer a la gente.

Ahora, con el brutal impacto de una radio modernizada, de la televisión y de las redes sociales, los gobernantes en lugar de moderar o evitar sus excesos lo que han hecho es aumentar su descaro.

Cuando gobernaba Ávila Camacho se implantó en el país la inconstitucional costumbre de la “Ley fuga” que simplemente consistía en ajusticiar extrajudicialmente a los asesinos o criminales contumaces.

Entonces los corridos que cantaban las glorias de los delincuentes era algo así como las canciones de los juglares de la Edad Media. El pueblo se enteraba a través de sus trovadores de todo lo que ocurría en la nación.

El cambio ha sido tan drástico que con un “teclazo” las noticias no sólo llegan a toda la República Mexicana sino al mundo a través de ese invento maravilloso y diabólico que es el internet desde que el Ejército de Estados Unidos lo desclasificó como secreto militar y lo puso al alcance de las comunidades, para bien o para mal, porque lo mismo se convoca al recibimiento de un Papa en cualquier lugar que a marchas y plantones injustos y perniciosos en la mayoría de los casos.

La llamada “Época de Oro del cine mexicano” comprende todo el sexenio de Ávila Camacho, la trama de las películas enaltecía un nacionalismo que rayaba en lo radical y marcaba, de una u otra manera, la posición de México durante la Segunda Guerra Mundial.

Durante el mandato de Miguel Alemán Valdés (1946-1952) tiende su manto sobre México el saqueo de los recursos públicos. El Distrito Federal se llenó de automóviles Cadillac último modelo, de los llamados “Cola de Pato”, un grupo de amigos del Presidente tenía los principales negocios, como los Enrique Parra Hernández, los Jorge Pasquel, Coronel Carlos I. Serrano, Melchor Perrusquía y Ramón Beteta Quintana entre algunos otros.
La pobreza como sinónimo de felicidad

El alemanismo se valió de implementos ilegales para sostenerse en una época dorada que tomó la insana costumbre de llenar los bancos de los Estados Unidos con dólares mal habidos en México. Se inició la época de las devaluaciones sexenales.

La exaltación de la pobreza, durante la riqueza alemana, quedó filmada en las películas “Nosotros los pobres”, “Ustedes los ricos” y “Pepe el Toro”. Irresponsablemente alemán y sus adláteres dejaron inscrito en el territorio nacional la lucha de los pobres contra los ricos, simulando que en la pobreza se vivía con alegría y en la riqueza con tristeza.

A don Adolfo Ruiz Cortines (1952-1958) le correspondió frenar las devaluaciones del peso, cortarle la cabeza al grupo saqueador del alemanismo y tratar de meter al país por la institucionalidad y la honradez.

Ruiz Cortines dio muestra que no era un asaltante de los fondos públicos porque al terminar su mandato presidencial tenía solamente 20 millones de pesos, una casa en el Distrito Federal y otra en el puerto de Veracruz. Estos bienes ahora los tiene cualquier oficial mayor que cuente con papel membretado, sello y firma.

Con Adolfo López Mateos (1958-1964), México se proyectó a todo el mundo y el Presidente se ocupaba más de que el país fuera reconocido y respetado en el extranjero que de cortarle las uñas a sus colaboradores deshonestos.

Gustavo Díaz Ordaz (1964-1970), fue un Presidente que a su salida de Los Pinos lamentó profundamente dejar al país con una deuda de cuatro mil millones de dólares, cuando hoy salen dando brincos de alegría porque dejaron más de 100 mil millones de deuda extranjera. Pero no le tembló la mano cuando tuvo que poner orden en el país en 1968 y esa decisión mal tomada provocó la matanza de Tlatelolco, una mancha indeleble en la historia de México.

Con Luis Echeverría (1970-1976), siguió proyectándose el país en el exterior y ese grupo de mexicanos, bueno para unos y malo para otros, ganó ante las naciones del mundo las 300 millas de mar patrimonial para México donde ahora se encuentran las más grandes reservas petrolíferas en aguas profundas de la nación.

Con Echeverría se desarrolló Cancún que, hasta el final de Díaz Ordaz, solo era una palapa y finalmente se terminó la carretera Transpeninsular de mil kilómetros entre Tijuana y Cabo San Lucas, que es un receptáculo enorme de dólares turísticos.

Al término del sexenio de Echeverría en México, se implantó el mal Gobierno, el abuso de la fuerza pública y el saqueo de los bienes nacionales. Llegando al exceso con Miguel de la Madrid de poner a la venta, a través del gran sinvergüenza Óscar Espinosa Villarreal, los bienes del Estado.

Hasta ese momento, México era un país pobre con un Estado rico y, desde entonces, se convirtió en un Estado pobre con un pueblo pobre.

Y hasta la próxima semana, en este mismo espacio.
manuelmejidot@gmail.com