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200 años sin siervo. Sentimiento de la nación / De Justicia y otros mitos / Sergio Arturo Valls Esponda

  • Sergio Valls Esponda

“ Que todo el que se queje con justicia tenga un tribunal que lo escuche, lo ampare y lo defienda contra el fuerte y el arbitrario”, frase de José María Morelos y Pavón. Quizá  imaginaba lo que pasaría en Ecatepec un 22 de diciembre pero de 1815, cuando en un cuestionado juicio de jurisdicción conjunta, Iglesia e Imperio, fue condenado a la degradación y muerte.

Los vestigios de una incipiente biografía es lo que conservamos quienes pasamos por primaria y visitamos la papelería de la colonia para comprar la monografía que pegaríamos en nuestro cuaderno o en una cartulina. No abrigamos duda de que es uno de los héroes de la Independencia y, para que no lo diluya el olvido, cada 15 de septiembre el gobernante en turno se encarga de recordárnoslo a gritos.

Esa noción básica tiene una finalidad didáctica: crear en un niño el sentido de identidad nacional. El problema es que la mayoría de los mexicanos suspenden en esa etapa el conocimiento de la historia nacional y no acontece el cuestionamiento rebelde del adolescente ni la comprensión  conceptual de la madurez.

Pero ¿quién fue y qué hizo ese señor? Nació hace 250 años en Valladolid, hoy Morelia. Destacó como alumno en el Colegio de San Nicolás, cuyo rector era Miguel Hidalgo quien, además de los dialectos de la región, dominaba los idiomas inglés y francés, por lo que era de los pocos lugares de la Nueva España en los que se transmitían las ideas europeas de la Ilustración. Quizá más que una profunda vocación católica lo que orilló a ordenarse sacerdote a Morelos fue la necesidad económica. Fue un eficiente gestor social y material de la comunidad. También se destacó como un activo progenitor.

En 1910, cuando se entera que su maestro el cura Hidalgo se levantó en armas, no dudó en ir a su encuentro. Sucede en Charo, Michoacán. La única vez en que se ven durante la Independencia, le fue encomendada la rebelión en la región sur. Se destacó en lo militar pues, a diferencia de Hidalgo, las tropas de Morelos lucían ordenadas, uniformadas y con estrategias claras. Además se castigaba a cualquiera de su tropa que no respetara la propiedad privada. El pillaje era común en la desordenada rebelión.

Es célebre su defensa de Cuautla y de Acapulco. Su obra, “Sentimientos de la Nación”, es considerada como el primer documento que enmarca los valores constitucionales del país que surgía. Él nunca se enteró de que se llamaría México. Muy probablemente hubiera preferido Anáhuac.

Tras las diferencias con López Rayón asumió el mando Insurgente  y convocó al Congreso de Anáhuac, en septiembre de 1813. Entre sus postulados sentenció “que la esclavitud se proscriba para siempre y lo mismo la distinción de castas. Quedando todos iguales, y solo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud”.

El día que se proclamó la Constitución de Apatzingán fue quizá su último día feliz. Al poco tiempo fue capturado por los realistas. La sentencia fue contundente: la degradación católica y la muerte. En una poco divulgada confesión, que nada nos autoriza a juzgar como traicionera, reveló escondites de armas y material bélico incluso el número de hombres de cada regimiento. El virrey con esa información fortaleció a las tropas realistas y el sanguinario Félix María Calleja casi aniquila al desmoralizado movimiento insurgente. En el Caserón de los Virreyes en San Cristóbal Ecatepec, hoy Estado de México, se llevó a cabo la ejecución. Fue fusilado de espaldas al pelotón, sosteniendo un crucifijo y habiendo fumado un puro como último deseo. Fue un duro golpe para la lucha que casi la aniquila de no ser por la traición que vendría unos años después pero esta vez del otro bando, Iturbide.