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Bazar de la Cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

  • Juan Amael Vizzuet
  • Algunos encuentros con las letras de Elena Garro

En mejores tiempos para esta vieja capital, en la colonia Condesa existía el Núcleo de Estudios Teatrales, una pequeña academia cuyos estudiantes se graduaban con una puesta en escena de entrada libre. “Un hogar sólido”, “Andarse por las ramas” y “La señora en su balcón”, fueron las obras breves que una de aquellas generaciones eligió. Las tres eran de Elena Garro y los años no habían deslustrado ni su valor literario ni su capacidad de cautivar al público.

Transcurrió mucho tiempo para que se llevara a la escena una de las tragedias mayores de la autora poblana, “Felipe Ángeles”. La obra, representada por una Compañía de Chihuahua en el teatro Julio Castillo, se enfrentaba directamente a las visiones predominantes en el centro de la República sobre la Revolución Mexicana; más tarde, la Carpa Geodésica en San Ángel puso en cartelera “La mudanza”, homónima de la pieza de Vicente Leñero, pero completamente distinta.

Quienes vieron por primera vez alguna de aquellas obras, descubrieron uno de los talentos más sólidos y originales de la segunda mitad del siglo XX en las letras de México. El centenario de Elena Garro es una oportunidad para el acercamiento a su obra, que durante décadas ha recibido una difusión muy limitada.

– Una obra universal

El teatro de Elena Garro contribuyó a la renovación de la dramaturgia mexicana. Sus tramas y conflictos pueden o no ubicarse en un contexto nacional: “Felipe Ángeles” se desarrolla en el ocaso de la Revolución Mexicana, y reconstruye el proceso que intentó darle apariencia de legalidad a la venganza política contra uno de los jefes más íntegros que tuvo el movimiento. Elena Garro le rinde con este drama un tributo al general hidalguense que una historiografía sesgada había querido desaparecer de la memoria colectiva. Sin embargo, tanto los conflictos como la estética de la obra tienen alcances universales. El juicio del general Ángeles a cargo de sus enemigos era el proceso de Juana de Arco en manos de los ingleses, o el de Tomás Moro bajo el reinado de Enrique VIII.

En contraste, la anécdota de “La señora en su balcón”, como decía Murnau acerca de su película “Amanecer” (EU, 1927), “es de ninguno y de todos los lugares”. Garro no ubicó la acción en México ni en ningún otro sitio, es por lo tanto una tragedia de todo el mundo; la obra es también intemporal, sucede lo mismo en el siglo XIX, que en el XX o el XXI. Clara, su protagonista, rememora con nostalgia una era que no conoció, cuando existía la ciudad de Nínive y el mundo era plano e infinito. Para Clara el moderno mundo esférico es una prisión en la que solamente es posible marchar en círculos que no llevan sino al punto de partida.

“Un hogar sólido” transcurre en el plano metafísico. Es el encuentro de las ánimas en el mausoleo familiar, que la obra resuelve con humor y melancolía, en diálogos que expresan lo cotidiano en prosa poética: “Yo pulía los pisos para no ver los  miles de palabras muertas que las criadas barrían por las mañanas. Lustraba los espejos para ahuyentar las miradas hostiles.”

“Andarse por las ramas”, como “La señora en su balcón” pone en tela de juicio al pragmatismo que pretende imponer las rutinas materiales y proscribir la capacidad de imaginar, que para las jóvenes mentes de Titina y Polito es liberadora. Es el conflicto entre la rutina y la fantasía.

“Los perros” es una tragedia completamente distinta. Los personajes viven en el oscurantismo rural, acechados siempre por la barbarie; todos se expresan con las voces coloquiales del campo mexicano, claridosas y metafóricas. Así externan las verdades terribles y universales sobre los atropellos y su génesis: “Ya te dije que hay palabras más peligrosas que un cuchillo. Ahora, Jerónimo y los Tejones están bebiendo y hablando, en cuanto junten sus pensamientos se van a callar. Ahora dicen las palabras terribles y cuando les hayan perdido el miedo, vendrán”.

Las palabras terribles son peligrosas porque preparan la acción del mal, porque desensibilizan a los malhechores para que acometan sus crímenes. En “Los perros” se entretejen los vínculos entre madre e hija, la pobreza que propicia el atropello, el terror como instrumento de opresión, las complicidades serviles con los fuertes, la perfidia con los débiles, la arrogancia que se alimenta de la impunidad y de los instintos más primitivos.

Elena Garro expone el ciclo de la violación, que ejercen, de una generación a otra, los miembros de una misma especie, que sólo cambian de nombre y apellido pero que siguen los mismos pasos. Tienen a su servicio a los seres de otra especie, la de los secuaces, con quienes se establece una simbiosis. Los secuaces hallan un placer enfermo en su sevicia para el sometimiento de una víctima, que se ve de principio a fin en abrumadora desventaja.

La madre, Manuela, revive su propio rapto y la interminable servidumbre a que la somete el violador cuando su hija, Úrsula, le advierte que un hombre “con ojos borrachos” y peones brutales la ha comenzado a acosar: “Nunca te lo dije para que no te dibujaras en lo que yo fui. Pero ahora te lo digo; así estaba yo, tan tiernita como estás ahora. No sabía lo que era ser mujer y apenas servía para darle de comer a las gallinas, cuando Antonio Rosales, el que después fue síndico de Los Lagos, se fijó en mí.”

– Antes de García Márquez

En “La mudanza” se enfrentan tres mujeres, en una atmósfera de rencores, encierro y decadencia. Como sucede siempre en el teatro de Elena Garro, hay gran rigor en los motivos y en las interacciones de los personajes. Hay un conocimiento profundo de los ángulos oscuros del alma humana, de sus flaquezas, sus mecanismos revanchistas y sus temores. La dramaturga rechaza las soluciones predecibles y demuestra que las venganzas pueden volverse en contra de quienes las perpetran.

Elena Garro contribuyó no solamente a enriquecer las letras mexicanas, sino también a la renovación de la literatura latinoamericana. Su novela “Los recuerdos del porvenir” se publicó en 1963, cuatro años antes que “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, por lo que se le reconoce como precursora del realismo mágico, si bien lo extraordinario aparece en pasajes muy señalados.

“Los recuerdos del porvenir” continúa la tradición de la novela de la Revolución Mexicana, sin embargo, su estética y su visión se alejan definitivamente de las narraciones clásicas de esta vertiente, como las de Francisco L. Urquizo, Martín Luis Guzmán, Mariano Azuela, Mauricio Magdaleno, Rafael F. Muñoz y Nellie Campobello.

La lucha armada ha terminado, un pueblo inerme vive la ocupación de los sonorenses triunfantes; la vieja casta dirigente, que se considera una aristocracia, intenta conservar su jerarquía, pero el poder ahora lo ejercen los jóvenes uniformados, recién llegados a la opulencia.

Elena Garro, como los clásicos de la narrativa revolucionaria, expone a través de la ficción una crítica acerva pero sólida del arribismo social que impulsaba a numerosos jefes, entregados a una vida decadente y hedonista, desentendidos por completo de los labriegos que pusieron la sangre a la hora de los combates. Los vencedores llegan a las comunidades no como revolucionarios, ni siquiera como reformistas, sino como conquistadores. Reclaman botines e imponen sus instintos. La astucia que pone en juego la vieja casta se desvanece ante la seducción que ejerce la juventud uniformada. La obra de Elena Garro se relegó por motivos ajenos a la literatura. No ha de abandonarse el debate acerca de su actuación política, pero es tiempo de que se difunda su teatro, su narrativa y su poesía. Elena Garro tiene mucho que aportarnos para que encontremos la lucidez en estos tiempos tan oscuros.