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Bazar de la Cultura

  • Bazar de la cultura: Juan Amael Vizzuette Olvera

  • Juan Amael Vizzuet Olvera
  • El femenino arte de los dechados

 

“De mano de doña María Ana Valiente y Sicilia. Mayo 20 de 1838”, “De mano de Joaquina María del Camino y Zequeira. Mayo 17 de 1800”, “Lo hizo Concha León, 1867”. Así firmaban sus laboriosas obras, bordadas con hilos de seda, las niñas y mozuelas que estudiaban en los colegios de la Colonia y del joven México independiente. Estas piezas, que se atesoraron durante generaciones, salen a la luz ahora en “Dechados de virtud. Bordados y deshilados, siglos XVIII al XIX”, en el Museo Franz Mayer.

-Instrucción para las niñas

Contra lo que algunos pudieran creer, en tiempos de la Colonia sí existía la instrucción para las niñas, en colegios, conventos y “amigas”, un tipo de escuela que subsistió hasta el siglo XX. Concepción Lombardo, viuda del general Miguel Miramón, cuenta en sus memorias que asistió a una “amiga” en su niñez. Silvestre Terrazas, secretario de Gobierno en el Estado de Chihuahua durante la administración villista, da cuenta de “La Amiga de la Obrera”, casa que se había fundado en tiempos del primer obispo de la capital norteña, doctor José de Jesús Ortiz: “Atendida por religiosas que por vocación se dedicaban a esas obras, teniendo por objeto atender a los niños pobres cuyas madres, necesitadas de trabajo para vivir, depositaban a sus hijos sin costo alguno o cuando más por lo que voluntariamente suministraran”. Don Silvestre refiere también que el general Villa dispuso que se le otorgase apoyo oficial a aquella institución
caritativa.

La beneficencia fue el origen de varias instituciones educativas en México. La más antigua de ellas es el famoso Colegio de las Vizcaínas, cuyo nombre oficial era Colegio de San Ignacio de Loyola. Abrió sus puertas en 1767. Su edificio es uno de los principales patrimonios de la capital de la República.

Durante la conferencia de prensa en que se dio a conocer la exposición “Dechados de virtud. Bordados y deshilados, siglos XVIII al XIX”, la directora del Archivo Histórico del Colegio de las Vizcaínas, doctora María Rita Valero, recordó que ésta es la única institución educativa en la historia de México, que ha
sobrevivido desde su fundación en el siglo XVIII hasta nuestros días. “Todavía ahora tenemos esa maravilla de seguir formando niñas y ahora también niños. El Colegio de las Vizcaínas se fundó con el firme propósito de apoyar a la mujer. Ésa fue la vocación de Vizcaínas desde un principio”.

En aquel entonces, recordó la investigadora, aquella mujer que se desvinculaba del ámbito masculino, que perdía a su padre, a su tío, a su hermano, a su marido, a su padrino podía quedar en una situación muy dramática. “No había caminos ni respuestas de la sociedad para las mujeres que estaban solas. Precisamente para atender ese problema social, que fue creciendo y que el gobierno virreinal no estaba atendiendo lo suficiente, se fundó Vizcaínas. En forma paralela se abrió el Colegio de la Enseñanza Nueva. Fue para amparar a la mujer de aquel entonces. Aquéllas que por muerte del padre o de quien las atendiera caían en una situación de abandono. Paralelamente apoyaba a las viudas, aquéllas que por otras circunstancias caían en esa tristeza de no tener cómo resolver su vida. Abre sus puertas para recoger a esas las niñas y enseñarles lo que en aquel entonces se consideraban unos conocimientos que pudieran hacerles salir adelante”.

La doctora Valero informó en qué consistía la instrucción de las menores beneficiadas: “Les enseñaban las cuatro operaciones aritméticas, que supieran sumar, restar, multiplicar… Se les enseñaba a leer y a escribir perfectamente bien, lo que demuestra que la mujer novohispana no era analfabeta como en ocasiones se ha pensado. Sobre todo les enseñaban las labores mujeriles. Entendiéndose por eso las labores de mano. Tuvieron el anhelo de enseñarles muy bien, de lograr lo que hoy llamamos una excelencia académica, llegaron a ser tan hábiles estas niñas de Vizcaínas, que empezaron a encargarles labores incluso de la Catedral, lo que ya es mucho decir. En vez de importar las piezas de Europa como se acostumbraba, las niñas lograron hacerlo mejor”.

Las piezas que expone el Museo Franz Mayer invitan a mirar con cuidado y atención el exquisito trabajo de aquellas alumnas, una de las cuales, María de Jesús Martínez, no había cumplido los seis años cuando completó su
dechado.

En los lienzos aparecen letras, floreros, toros, águilas, venados, sirenas, imágenes religiosas, paisajes, pericos, lunas, corazones, fuentes, caminantes, navíos, corceles ensillados, frailes, campesinas, borregos, incluso monos araña. Las diestras manos de las niñas podían plasmar cualquier motivo.

– Tiempo de convivencia

Las labores manuales que demandan delicadeza y creatividad, como el bordado y las artesanías, ejercen un efecto de sosiego en quienes las practican, de manera que las niñas que aprendían estas habilidades, recibían un beneficio adicional. Además, como era una tarea que se realizaba en grupo, había lugar para la convivencia.

La doctora Valero explicó: “En esa reunión se comparten cosas, se acompañan todas estas niñas que estaban internas. Tienen ahí una dinámica familiar importante”. La especialista añadió que las virtudes del bordado para serenar el ánimo se han recuperado en una corriente psicoterapéutica actual en los Estados Unidos: “Se aconseja coser y bordar. Hablan de grandes financieros en la Bolsa de Valores de Nueva York que podríamos pensar que es lo más ajeno que puede haber al bordado que se juntan para coser, porque eso les da una serenidad, en términos mexicanos, con el bordado ‘se alivianan’. Es un
valor muy patente”.

La curadora e investigadora del Museo Franz Mayer, Mayela Flores Enríquez, añadió: “El Convento de la Concepción, el primero que se funda en la Nueva España, en el siglo XVI, inaugura esta tradición. Parte fundamental de todo convento era la sala de labor donde la comunidad se reunía para este quehacer, que no únicamente consistía en los dechados, trabajaban ternos, trabajaban papel picado, papel doblado, distintas labores. La comunidad se reunía a ciertas horas en esos espacios. Además ahí se llevaban a cabo lecturas de textos religiosos o morales en este estado de
reflexión, de apertura”.

Flores Enríquez explica que los conventos fueron considerados como instituciones muy importantes y que se abocaron a la educación de la mujer, no solamente fungían como conventos en el sentido de la clausura. Había en los conventos salones de labor; en los colegios había clases con horarios destinados a este trabajo. Dentro de la exposición se presenta una imagen titulada “La educación de la Virgen María”, Donde se ve a la Reina del Cielo cuando estaba aprendiendo a leer a leer en voz alta y las labores de mano junto a sus condiscípulas. En los hogares había también salón de costura. “Inclusive tenemos una fotografía del salón de costura de de la Castañeda”, dijo la curadora.

– El final de una época

La doctora Valero insistió en que era una enseñanza muy seria: “No pretendían que se entretuvieran o que pasaran el rato, no: había una pretensión muy concreta de entrenar a esa niña en ciertas capacidades que le permitieran que sobreviviese en el ámbito donde estuviera. Eso va a ir cambiando conforme van pasando los siglos, como es lógico. En el siglo XIX se dan cuenta de que para que la niña sobreviva a su entorno va a necesitar otras enseñanzas. Va a venir una gran revolución pedagógica, van dejar de enseñárseles esta maravilla de fineza del intelecto humano que serían los bordados, y a Vizcaínas llegan las máquinas ‘Singer’ como un gran paso en el futuro de México. La educación da un giro, dejan esos horarios de la sala de labores y ahora sí ya van a tener clases institucionalizadas con exámenes, ya les van a enseñar física, química y a coser sí, pero en máquina Ahí viene el gran abandono de lo de antes para asumir los retos del siglo XX”.

La antropóloga Marta Turok considera que la industria influyó en los cambios: “Lo que he visto en algunos casos, es que la educación se homogeneizó”. Opina que era muy difícil que cada plantel mantuviera su especificidad. Desaparecieron las artes tradicionales: “Los jóvenes aprendieran máquinas de combustión, herrería… se estaba evaluando que lo artesanal no les iba a aportar algo en lo que pudieran avanzar, era lo antiguo”. Refiere el caso de un tejedor de sarapes de Saltillo. Cuando se desbarataron los talleres de sarape, le dieron una plaza en una secundaria, el oficio se fue perdiendo, pero él ya tenía sus derechos, su pensión. Los talleres-escuela también sucumbieron.

La doctora Valero considera una lástima que ya no se enseñen estas artes manuales en casi ningún lado. Por eso le parece tan importante que el Franz Mayer rescate este pasaje de la historia de México.

El Museo Franz Mayer está en Plaza de la Santa Veracruz, avenida Hidalgo 45. El horario de visitas es de martes a viernes, de 10:00 a 17:00 horas; los sábados y domingos, de 10:00 a 19:00 horas. Hay descuentos para estudiantes, maestros y mayores de 60 años. Los menores de 12 años entran libremente.