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Desde tierras olímpicas

  • Alberto Lati

Alberto Lati

Una descripción inmejorable sobre la nueva Villa Olímpica, la dada por las autoridades de Río 2016 al entregarla formalmente. Descripción inmejorable y, como la historia probó, inevitable: “una ciudad dentro de la ciudad”.

Hasta antes de la tragedia de Múnich 1972, cuando un comando terrorista atacó a la delegación israelí en su habitación misma, la Villa Olímpica era parte de la ciudad y quien quisiera podía acercarse a convivir, observar, conocer a los atletas.

Por supuesto que hablamos de épocas anteriores a la erupción como celebridades, especie de rock o pop stars, de los deportistas. Como sea, las Villas Olímpicas son ya el resquicio más protegido de la de por sí híper resguardada ciudad sede.

Con parte de los competidores habituados a los cuartos más lujosos y el estilo de vida más glamuroso, toda la Villa Olímpica supone cierta resignación a la austeridad. Nada que ver con lo que sus antecesores experimentaron; pensemos por ejemplo que en Londres 1948 se alojó a los varones en barracones militares y a las mujeres en residencias estudiantiles, pidiendo a todos que trajeran de casa sus propias toallas. Algo más extremo se dio en Atenas 1896, cuando, como pudieron, durmieron en el recién erigido edificio del Zappion, muy bonito en su fachada neoclásica pero con nulas condiciones como hotel.

Lo primero llamativo de la Villa Olímpica de Río 2016, es que como las de las últimas dos ediciones, se localiza muy cerca del Parque Olímpico y muy lejos de las instalaciones que no están en ese principal complejo. Lo segundo, son los equipos para intentar obstaculizar la entrada de moscos, pensando en disminuir la amenaza de propagación del Zika. Lo tercero, la ya referida austeridad, privando de televisión a cada cuarto (factor irrelevante cuando la mayoría verá lo que guste por internet).

Como ya es costumbre, esta Villa Olímpica será tema por su desatada actividad sexual, cuyo único modo de medición es la cantidad de preservativos repartidos a los atletas. Esta vez, nada menos que 450 mil condones, el triple que en Londres 2012.

Twitter/albertolati