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Jesús Michel Narváez

  • Jesús Michel

Con la cabeza fría, sin apasionamientos que exige el corazón, habría que admitir sin aplausos desmedidos, que el presidente Peña Nieto escuchó reclamos, respondió compromisos y manifestó un dolor real, no político, no ficticio, por lo que sufren los padres de los 43 estudiantes desaparecidos entre el 26 y 27 de septiembre del año pasado. Una segunda reunión a la que asistieron, además, cuatro de los cinco integrantes del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes enviados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, y que al final de la misma expresaron que “como grupo celebramos el acercamiento”.

Y quienes encendieron de nuevo la llama de la tragedia, ayer calificaron la reunión de positiva. Fue la voz de Ángela Buitrago la que se escuchó. Sin embargo, en el Zócalo, en la carpa instalada para dar albergue a los padres que ayunan por 43 horas, sus voceros desconocieron los avances y se mostraron insatisfechos.

Entiendo el dolor. Lo que no comprendo es la razón para vivir con los ojos tapados, el corazón ardiente y la cabeza incendiada. Sin ánimo de molestar, habría que preguntarse si en realidad los padres y familiares tienen esperanza de recuperar a sus hijos o si se están prestando para ser parte de una celada en contra del Gobierno federal.

Porque nada los satisface. Porque en sus 8 puntos de reclamos plantean la creación la fiscalía especial y cuando el Presidente concede, entonces quieren más.

¿Hasta dónde están dispuestos a estirar la liga? No los convencen las opiniones de los expertos, confían en los argentinos y arrojan al basurero a todo lo que huela a mexicano.

¿Qué es lo que en realidad quieren?