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En estos días en que películas como la “Guerra de las Galaxias” vuelven a su segunda etapa y se convierten en fenómenos de taquilla, les recuerdo que cuando el aparato de radio fue un miembro más de la familia, la radiodifusión de México y del mundo produjo algunos programas de pavor y paranoia. En la radio nacional “El monje loco”, interpretado por el notable actor radiofónico Salvador Carrasco, fue un caso de terror familiar…

Y en Estados Unidos, el genio de Orson Welles fue responsable de un caso de histeria colectiva que vivieron cientos de miles de ciudadanos de ese país, principalmente en Nueva York y Nueva Jersey, que salieron a las calles envueltos en pánico, debido a su adaptación radiofónica de “La Guerra de los Mundos”, de H. G. Welles, obra de literatura fantástica escrita en 1898.

El 31 de octubre de 1938
Orson Welles -incipiente locutor de radio que con el transcurrir de los años llegaría a imbuir a los habitantes de éstas importantes ciudades, que los marcianos invadirían la tierra y que el propio presidente Roosevelt anunciaría la conquista, lo que propició escenas indescriptibles de terror y miedo, de estragos y violencia en sus calles.

El programa duró 59 segundos, en los primeros 40, Welles narró el patético ataque de los marcianos y, ya al finalizar la emisión, él terminaba en la azotea de la CBS muriendo a causa de los gases.

Los habitantes de la Ciudad de México también supieron de esta invasión extraterrestre y padecieron aflicción e incertidumbre, por la necesidad de proteger a los suyos, en cuanto esperaban la llegada de los atacantes. ¡Cosas para recordar!

En la línea del libro “Buenas Maneras” de Vanderbilt, obra clásica para la convivencia delicada y armoniosa tenemos el ejemplo de Pedro Joaquín Coldwell, que ha tenido altos cargos en la primera línea del Gobierno: senador de la República, gobernador de Quinta Roo, embajador de Cuba, presidente del PRI. Como es natural con motivo del fallecimiento de su padre, en principio mando mensajes de condolencia por vía internet.

Dicho libro funciona bien, su personal de auxilio y la secretaria particular viene pidiendo las direcciones de los remitentes. El mensaje está concebido en términos muy cordiales que corresponde a la altura del personaje. Entre los buenos consejos que nos da la sra. Vanderbilt están sobre redacción y mensajes de condolencia.

El ejemplo de ello que nos da don Pedro Joaquín, debe servir de pauta a otros que estén en esa situación. “Agradezco mucho las muestras de cariño y amistad con motivo del fallecimiento de mi padre.- Las palabras y muestras de afecto han sido muy reconfortantes ante tan sensible pérdida-”.

Un recado mal interpretado produce efecto contrario y aquí vemos un caso de personajes muy prominentes que cuentan con auxiliares eficaces, lo que despierta muestra de admiración y reconocimiento.

Ojala sirva para desterrar la mala costumbre de mandar al cesto de la basura peticiones, cartas de felicitación y de pésame.
Hasta los próximos 300… y… algunos más…