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360 / De Justicia y Otros Mitos / Sergio A. Valls Esponda

  • Sergio Valls Esponda

Es el número de grados de un círculo. Figura con la que nos encanta relacionar nuestra vida, pensarla así, circular, lo que permite un constante recomenzar. Por eso nos entregamos con tanto entusiasmo a la celebración del Año Nuevo. En el fondo sospechamos que nuestra vida no se ha modificado; lo único que cambió es el calendario. En términos cósmicos no sucede nada; el nuevo año es convicción de la parte occidental del mundo, la ficción de una vida como ciclo.

La vida no es un círculo. Es más una curva. Si hubiera que representarla, la vislumbro como una letra U invertida. Ya viendo la tipografía no es tan buena representación. El trazo parece demasiado recto, carente de incidentes y de sobresaltos. Mejor imaginemos un arco: las puntas más extendidas permiten la idea de que nacemos, crecemos y decaemos así sin más, pero eso es lo que nos da el carácter de mortales. Y qué bueno. Una vida eterna sería absolutamente aburrida especialmente para mexicanos, dejaríamos todo para después incluso aquello que le da sentido a la vida. Sabato no veía la eternidad como una vida interminable sino como el momento irrepetible y fugaz donde coincide lo que eres, lo que fuiste y lo que te gustaría ser. La eternidad tiene gusto a preparativo.

El ritual del encuentro familiar con todo y el obligado abrazo es gratificante pese a tener todo el año para hacerlo. Alguien me confesó: “Aproveché la Navidad para reconciliarme con mi padre; Ahora me arrepiento de haber esperado tanto”. En lo personal me gustan los días prenavideños; ya de vacaciones, claro. Me siento de mejor humor, regaño menos, incluso a mí. Apapacho más, incluso a mi familia. Me sorprendí despertando con una tonta sonrisa en mi carota. Por fortuna nadie me vio. Pienso con mayor claridad, descarto lo negativo y me quedo con lo valioso. Si para algo nos debe servir el fin de año es para hacer un balance. Y como se trata de algo tan personal podemos ser honestos.

Quienes seguramente en estos días están viviendo la mejor parte del año son instructores de gimnasio, vendedores de cigarros eléctricos y nutriólogos. Psicólogos y cantinas gozarán de unos días de merecido descanso.

Le voy a dar un dato que quizá le sorprenda. El 24 solemos celebrar la fiesta que representa el nacimiento de Cristo (aunque recibir al simpático barbón con panza y nariz de cervecero, llamativo atuendo y bolsa de regalos sea más estimulante). Puede usted tener la conciencia tranquila si no fue a misa o no cantaron las letanías y la nacida del Niñito Dios (así le dice mi mamá). Mañana seis de enero tendrá otra oportunidad, ya que según algunos es la fecha real de la Natividad. Fue Constantino quien decidió cambiar el día para hacerlo coincidir con aquel en que los romanos festejaban al Sol, lo que se consideraba una costumbre pagana por la Iglesia. En lugares como Armenia aún se celebra la Navidad el 6 de enero. Hay estudiosos que afirman que fue en abril, otros señalan agosto, que es cuando los pastores estaban en su labor a media noche, allá por los rumbos de Belem. O que fue 14 años antes, pues son los tiempos de Herodes. Para los católicos el significado es lo importante; la fecha exacta es lo de menos.

Regreso al título de la presente colaboración: 360 son los días que le restan al año y la razón de cuestionar la fecha del nacimiento de Jesús la comparto no solo para incomodar, para decirle que lo positivo en una vida no tiene nada que ver con el calendario, para que sienta como yo que cualquier día del año es buen momento para iniciar un proyecto, fijarse un propósito, agradecer, decir “te amo” o simplemente encontrar un momento de paz interior. Nadie cuestiona el número de grados en un círculo ni el número de semanas en un calendario. Tener una vida plena no tiene que ver con números, tiene que ver con nuestra capacidad de decidir y sentir. ¡Feliz nuevo día!